H.G. Wells, La Guerra de los Mundos y el nacimiento de la ciencia ficción como género pensante
Reseñas generalesJulio Verne: uno de los padres fundadores de la ciencia ficción. Pero el tema esencial de la obra de Verne es la aventura, el viaje a lugares desconocidos, el conocer nuevas civilizaciones, el toparse con cosas nunca antes vistas. Cuando a Verne se le agotan los medios tradicionales de transporte y los destinos exóticos - viajar a caballo, en globo o en tren; ir por todo el planeta, sea por encima o por debajo (como Viaje al Centro de la Tierra) -, entonces debe inventar medios de transporte nunca antes vistos para sondear zonas desconocidas de nuestro planeta (el submarino, en 20.000 Leguas de Viaje Submarino; fortalezas volantes como Robur, el Conquistador) o salir a explorar nuevos mundos (como De la Tierra a la Luna).

Pero si para Verne la sci fi es sólo la excusa para una aventura más, sólo que en un entorno desconocido e inalcanzable para la época, para H.G. Wells la ciencia ficción es alegoría pura, y nunca mejor expresado que En La Guerra de los Mundos (1898).
La invasión marciana no es más que un pretexto para lanzar una ácida crítica a la postura expansionista del Imperio Británico. Cegado de ambiciones, sometiendo a civilizaciones menos avanzadas para explotar sus recursos en pos de ganar la carrera industrial y armamentista que se venía cocinando en Europa a finales del siglo XIX, y conspirador incansable para someter a gobiernos débiles ya establecidos bajo su égida, de manera de tener plantada su bandera a lo largo de todo el globo. No hay un propósito noble en el colonialismo, sólo la expansión debido a la explotación o, en el caso relativamente menos dañino de todos, el tomar posición en terrenos que son considerados estratégicos en un sentido militar y comercial: desde el Peñón de Gibraltar hasta el canal de Suez.

Pero los marcianos de Wells vienen a darle al Imperio una cucharada de su propio chocolate. He aquí el ejército más poderoso de su época, doblegado ante una fuerza de origen desconocido y tecnología infinitamente más avanzada. Como una cachetada a la hubris británica, ahora el Imperio es esclavizado y explotado por una superpotencia que viene del espacio, dispuesto a saquear sus recursos (en este caso, los mismos humanos como alimento). El chiste de todo es que Wells - un reconocido ateo - provoca la derrota de los invasores debido a su falta de inmunidad natural frente a los virus de las enfermedades humanas, “las criaturas más pequeñas que Dios ha creado cuando forjó al mundo”. Una ironía de que el ser más minúsculo del universo sea capaz de avasallar al ejército más poderoso jamás conocido - y que incluso se puede leer de manera profética, con la resistencia pacífica de Mahatma Gandhi que culminó con la independencia de la India en 1947 -.
Y es entonces cuando la ciencia ficción pasa de ser un relato pasatista a ser una historia pensante, un género de grandes ideas.

Ahora estamos en 1938, y Orson Welles se despacha con su versión radiofónica de La Guerra de los Mundos. Actualiza la historia a los tiempos que corren, utiliza el formato de un falso noticiero radial. La gente que sintoniza la transmisión tarde, no alcanzó a escuchar la breve advertencia inicial de que todo esto es una obra de ficción. No importa si los testimonios que inventa Welles son disparatados - cohetes cayendo del cielo, naves gigantes surgiendo de los cráteres dejados por el impacto; trípodes gigantes exterminando personas con rayos de energía de existencia imposible hasta ese momento -: la gente escucha lo que quiere escuchar. Y con los nazis lanzados a una campaña de conquista rampante en Europa - aún no estalló la Segunda Guerra Mundial, pero el temor a Hitler es tan profundo y aterrador que los pueblos se rinden ante él sin disparar un solo tiro -, lo que escucha / imagina el público norteamericano son hordas de invasores germanos pisando suelo norteamericano y doblegando a las fuerzas armadas con una tecnología increíble. ¡Los nazis llegaron a Estados Unidos!. El inconsciente colectivo - que piensa que el conflicto con la Alemania Nazi será inevitable - ve materializada la peor de sus pesadillas, ya que miles de personas han tomado la transmisión como real, y se han lanzado a las calles para huir de las ciudades. Uno puede recrear el terror de ese 30 de Octubre de 1938 en el telefilme La Noche que Aterrorizó a América (1975).

Fines de los años 40s. La Segunda Guerra Mundial ha terminado, y la ciencia ha abierto la Caja de Pandora del poder nuclear. Estamos en la Era Atómica. Estados Unidos y la Unión Soviética son superpotencias. El cine de ciencia ficción se populariza, y hay un puñado de filmes que intentan dar un mensaje optimista - Destino: La Luna (1950) -, en donde la tecnología nos traería un futuro de bienestar, o que somos capaces de controlar el poder del átomo para un propósito útil y altruista. Pero la sensación reinante es que hemos abierto las puertas del Apocalipsis y estamos mirando directo al abismo. Nadie se atreve a decirlo de manera directa - habrá que esperar a En la Playa / La Hora Final (1959), para que alguien hable de manera franca sobre ciudades exterminadas a causa de una guerra nuclear entre las potencias -; mientras tanto, los marcianos pueden hacer las veces del agresor comunista. Primero, como quintacolumnas - saboteadores silenciosos que se ven como nosotros, están escondidos en la multitud y propagan la ideología comunista entre las masas o van socavando los cimientos de la democracia: La Invasión de los Usurpadores de Cuerpos (1955), Me Casé con un Monstruo del Espacio Exterior (1958) -. Y luego a plena vista de todo el mundo, como la versión 1953 de La Guerra de los Mundos de Byron Haskin y producción de George Pal. Las hermosas y letales mantarrayas marcianas son la versión alegórica de una invasión a gran escala del ejército rojo a Estados Unidos. Como en el original de 1898 y la versión de Welles de 1938, la tecnología militar no alcanza para doblegarlos; ni la bomba atómica es suficiente para hacerles mella.

Por supuesto ni Pal ni Haskin entienden la ironía del original de Wells. Cuando los marcianos perecen por las bacterias, es obra de un milagro de Dios - todo, acompañado de coros celestiales y campanas repiqueteando alrededor del mundo -. No captan la idea del ejército más poderoso del mundo arrasado en cuestión de días por un enemigo superior, una lección a la arrogancia del poderío militar norteamericano de la época.
Para que La Guerra de los Mundos mantenga su sentido alegórico, es necesario adaptarla a las épocas que corren. El tratarlo como un drama victoriano perdió sentido - la fidelidad al texto sacrifica el verdadero significado del mismo -. Es por eso que, más allá de miniseries británicas y norteamericanas hechas en el nuevo milenio, el único sucesor espiritual de la obra es la versión de Steven Spielberg del 2005. Ya los Estados Unidos dejaron de ser un territorio inexpugnable y virgen frente a cualquier ataque externo; los atentados de las Torres Gemelas de Septiembre de 2001 desnudaron que el horror puede llegar a las puertas de los hogares norteamericanos para experimentarlo en vivo y en directo y, esta vez, el enemigo es el terrorismo. Cuando Tom Cruise huye de la masacre provocada por el trípode que ha caído a cuadras de su casa, la gente evaporada por los rayos de calor de las naves extraterrestres se ha transformado en nubes de polvo… y Cruise queda bañado en sus restos, tal como las imágenes de los rescatistas del 11/9. En medio del caos y la desinformación, los hijos de Cruise le preguntan si ésto es un ataque terrorista. Y la respuesta es un pálido paliativo para infundir algo de seguridad en los niños, aunque el adulto esté aterrorizado hasta los huesos de ver tanta masacre.

El terror viene del espacio; pero en realidad es una excusa para examinar los más profundos temores que moran en nuestros corazones. El mérito de la obra de H. G. Wells es probar que la ciencia ficción sirve para crear escenarios imaginarios en donde reflejar los temores de la época. Esa visión se expandirá a otros temas y subgéneros: la sobrepoblación mundial y la escasez de recursos - Edicto Siglo XXI: Prohibido Tener Hijos (1972); Cuando el Destino nos Alcance (1973) -; la desquiciada carrera armamentista como forma infalible para la aniquilación de la humanidad - la advertencia extraterrestre en El Día que Paralizaron la Tierra (1951); el intercambio atómico en Dr. Strangelove (1964) y su contraparte seria Fail-Safe del mismo año; el clímax devastador de El Planeta de los Simios (1968); la guerra nuclear aquí y ahora en El Día Después (1983) y su contraparte británica Hilachas (1984) -; la mutación genética debido a causas ambientales provocadas por el abuso del planeta por parte del hombre, lo que nos lleva al borde de la extinción - Niños del Hombre (2006) -; esa genialidad que es Duna (1965) de Frank Herbert y sus diferentes versiones, que habla desde la lucha de las superpotencias por el control de los recursos, el cuestionamiento de la naturaleza del héroe, hasta el misticismo que emana del desierto y que da lugar a numerosas religiones encadenadas al medio ambiente; hasta distopías en donde la tecnología está omnipresente, el hombre ha perdido su individualidad y todas sus acciones son monitoreadas por fuerzas superiores que manejan con mano de hierro a la población, como las distintas adaptaciones del 1984 de George Orwell. Lo que era un género pasatista se transformó en un género serio y pensante; y aunque hay lugar para la imaginación febril, la aventura y el mero entretenimiento, las obras más importantes del género son aquellas que trascienden el papel y el celuloide, y le dejan al lector (o al espectador) una serie de reflexiones sobre el estado actual de la sociedad humana.



























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