¿Cuál es tu peli favorita de Tarantino?
¿Cómo se elige una sola película de Quentin Tarantino?
No se trata de ranking, nostalgia o preferencia personal. El problema con Tarantino es que cada una de sus películas representa una etapa decisiva en la historia reciente del cine. No como testimonio, sino como una intervención. Desde Reservoir Dogs en adelante, no filmó para pertenecer a una tradición, sino para empujar sus límites.
La evolución como director es visible en cada aspecto de su trabajo. Pasó del montaje frenético y la fragmentación narrativa a una puesta cada vez más madura, más depurada, sin perder el filo. En Los ocho más odiados elige filmar en 70mm, una rareza para el siglo XXI. No para lucirse, sino para intensificar la tensión en espacios cerrados, para que sintamos la intimidad de los primeros planos en los rostros. Lo que en cualquier otro sería un gesto estético, en él se convierte en herramienta dramática. Los primeros planos, con esa definición inmensa, exponen la incomodidad, el sudor, la mirada sostenida. La violencia está latente mucho antes de explotar.
Tarantino siempre tuvo una relación quirúrgica con la escena. Nada es accesorio. La cámara entra tarde y sale justo antes de que el espectador respire. Cada silencio está cronometrado. El ritmo no lo da la acción, lo da la amenaza. Y eso exige precisión milimétrica en el guion, pero también un trabajo actoral que permita sostener largos bloques de diálogo como si fueran coreografías.
Pero no todo es tensión. En Érase una vez en Hollywood aparece algo que antes no estaba tan visible: una forma de ternura contenida. El modo en que filma a Sharon Tate, interpretada por Margot Robbie, revela un cuidado inusual en su cine. La sigue mientras camina por las calles de Los Ángeles o se ríe viendo su propia película en un cine casi vacío. No hay cinismo ni nostalgia impostada, sino una voluntad de suspender el tiempo, de proteger esa imagen como si supiera que lo que viene después no merece ser contado. Es una decisión formal, pero también profundamente emocional.
Podrá gustar más Pulp Fiction, por su impacto generacional, o Kill Bill, por su despliegue visual. Se podrá discutir si Jackie Brown es su obra más subestimada o si Bastardos sin gloria alcanza el mejor equilibrio entre forma y contenido. Lo que no se puede negar es que cada una de ellas redefine lo que puede hacer el cine en su propio contexto. Tarantino no repite fórmulas. Las dinamita y las arma de nuevo.
Con cada estreno, propone una lección. No desde la teoría, sino desde la práctica. Y por eso, más que elegir una, conviene verlas todas en perspectiva. Porque no son solo películas. Son capítulos de una obra mayor, hecha por un director que no necesita justificar su lugar y siempre, siempre lo construye, plano a plano.
Porque si algo sabemos, es que no hay nadie en este mundo que ame tanto al cine como él, y por eso lo queremos tanto.
Mirella Pomares
@lic.mirellapomares










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