La intrusa
Misterioso
En los registros eclesiásticos de la parroquia de Nuestra Señora del Carmen, en Turdera, aún puede encontrarse una nota marginal fechada el 17 de diciembre de 1898, donde el padre Ambrosio, con letra temblorosa, consigno lo siguiente:
“Se encomienda el alma de una mujer sin apellido conocido, de raza mestiza, hallada muerta en el campo de los Nilsen. Fue sepultada sin ceremonia en el lote 34 del cementerio de Lomas.”
Con ese párrafo borroso comienza y termina el único documento oficial que recuerda la historia de Juliana, aunque en los testimonios orales recopilados medio siglo después por un cronista llamado Santiago Dabove, su nombre todavía flotaba en los patios como una presencia que no se terminaba de ir.

Los hermanos Nilsen, conocidos entre los vecinos como los Colorados, eran hombres delgados y rústicos, de origen incierto, probablemente descendientes de inmigrantes escandinavos que habían recalado en la provincia durante el boom ganadero de 1870. Vivían en un rancho de ladrillo sin revoque, al borde del camino real entre Lomas y Turdera, en una zona de tránsito habitual para troperos, cuarteadores y buscavidas. Se decía que habían trabajado en las estancias de Guernica y que habían servido de guardia informal para algún comisario amigo durante los levantamientos rurales de 1893. Pero lo cierto es que no figuraban en ningún padrón civil y que vivían al margen de todo control estatal.
A comienzos del invierno de 1897, Cristián Nilsen regresó de un viaje al Mercado de Abasto con una mujer morena de rostro afilado y trenzas húmedas. No la presentó como esposa ni como empleada, pero ella comenzó a cumplir funciones domésticas desde el primer día: lavaba la ropa, cocinaba con leña de sauce y dormía en la pieza contigua, aunque pronto se supo que compartía el catre del mayor.

Su nombre era Juliana, y algunos decían que provenía de Entre Ríos, donde había trabajado como peona jornalera en un obraje algodonero. Otros aseguraban que había pasado por el Hospital Rivadavia con diagnóstico de “neurosis femenina” —un eufemismo médico de la época para designar a las mujeres sin tutela masculina. Lo cierto es que era joven, callada, y tenía una belleza de esas que no despiertan ternura, sino zozobra.
Eduardo Nilsen, el menor, fue el primero en quebrar el pacto tácito. Una madrugada, cuando Cristián se fue a una fonda de Llavallol, volvió ebrio y se metió en la pieza de Juliana sin mediar palabra. Al día siguiente, la mujer no se mostró distinta ni evasiva. Y eso fue lo que lo arruinó: su silencio, su falta de reproche, su aceptación de la doble condena.
Desde entonces, compartieron a la mujer como si fuera un bien mueble. No hay constancia escrita de la convivencia, pero en el acta de una denuncia policial de octubre de ese año, se menciona a “una mujer no casada en situación irregular con dos hombres del barrio Los Hornos”.
Sin embargo, los problemas comenzaron cuando Juliana, sin decirlo, dejó entrever que prefería al menor. Fue un gesto. Tal vez la forma en que le pasaba el mate, o el modo en que se reía de sus tonterías cuando creía que nadie la escuchaba.

Cristián no dijo nada. Solo propuso un viaje.

El 5 de noviembre, los hermanos la llevaron en una carreta desvencijada hasta Morón, donde funcionaba un prostíbulo tolerado por la autoridad municipal bajo la figura legal de “casa de descanso para mujeres trabajadoras”. Allí la vendieron por doce pesos de la época, entregando también un rosario de vidrio, una manta de alpaca, y un bolso con una muda de ropa.
Repartieron el dinero en silencio. Luego se emborracharon.

Durante las semanas siguientes, los vecinos del camino a Las Flores los vieron volver a sus rutinas: juego, alcohol, peleas. Pero con una melancolía rara, como si hubieran perdido algo que no sabían nombrar. Se sabe, por registros orales recogidos en 1941, que ambos regresaron por separado al prostíbulo de Morón. Cada uno inventaba excusas para volver a verla.
Hasta que un día —un domingo caluroso de marzo—, Cristián unció los bueyes y le dijo al hermano:
—Vamos a dejar unos cueros en lo del Pardo.
Tomaron el Camino de las Tropas. La tarde caía sobre los pajonales. En un claro, Cristián bajó de la carreta, arrojó el cigarro y dijo:
—Ayer la maté.
Eduardo no dijo nada.

Volvieron al caserón con la misma calma con la que otros vuelven de misa.
Juliana fue hallada por unos niños dos días después, tendida bajo un espinillo. No había signos visibles de violencia, pero el médico rural anotó “agotamiento general y colapso nervioso”. La enterraron sin nombre.

Cristián y Eduardo vivieron veinte años más, siempre juntos. Murieron con una semana de diferencia, en la misma cama. El acta de defunción de uno aún se conserva en el Registro Civil de Lomas. El del otro, nunca fue encontrado.

Nadie volvió a hablar de Juliana. Pero en ciertas noches húmedas, cuando el viento sopla desde el sur y pasa por las tapias como un lamento, las mujeres del barrio dicen que escuchan pasos descalzos en el polvo.
Y que huelen a yerba tibia recién cebada.





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