FANTASMAS

Cuento

FANTASMAS
La voz me dijo, otra vez,  en susurros: "el abismo tiene hambre". Le dije que hoy no quiero. Que no tengo ganas de alimentar nada. Para qué? El abismo nunca se sacia. Sólo traga sin parar y nunca sé si digiere lo que le tiro. O si me lo escupe, sólo para pedírmelo otra vez. "El abismo tiene hambre", me repite la voz. Y hasta cuándo me vas a insistir? Tú voz no me intimida ni me asusta. Sólo me duele. Y hasta de éso me harto o me acostumbro. Qué me puede hacer el abismo? Tragarme a mí entero? Por qué espera? Por qué me pide a mí alimento? Por qué tengo que ir hoy también detrás de alimentos que no son para mí? Si. Ya sé. El abismo no razona. No explica. No entiende razones. Tu voz tampoco. Es sólo un reloj cu-cu con su propio sentido del tiempo. Sólo tus ojos son hielo, tu voz sigue siendo dulce y amable. Parece invitación, pero sólo es persistente. La amabilidad persistente es sólo un protocolo con buenos modales. No me insistas más. Que el abismo busque sus provisiones sólo. O buscáselas vos. Mis tripas no se renuevan, sólo mis costuras. Qué más quiere el abismo de mí, que yo sólo pueda darle? Basta de protocolos y de modales. El que tiene hambre acá soy yo. Que se pudra el abismo. Y no me sigas con tu voz. No me sigas con mis propias tripas. Hace rato se las tiré al abismo y el muy maldito me las devuelve. Qué puedo hacer con ellas? Volverlas a poner donde estaban? Funcionarán como siempre? Preguntále al reloj de arena roto de mi pieza, cuántas veces quise juntar su polvo y no pude. Cuántas veces quise hacer encajar las piezas. No me insistas. Que mis frazadas me abriguen o me entierren. Ya no me importa.

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