Translúcida
FantasíaMi dedo meñique izquierdo desapareció el día que el doctor le dijo a Mateo que le quedaban seis meses.
Leucemia linfoblástica aguda, estadio cuatro. Recordaría después las palabras exactas, pero en el momento solo oí estadio cuatro y lo demás fue ruido. Salí del consultorio y vomité en el baño del pasillo, ese que olía a desinfectante de pino y tenía una fuga en la llave que hacía un goteo constante, y me quedé ahí un momento después de vomitar solo escuchando ese goteo porque era lo único constante en ese momento, algo predecible, algo que no acababa de decirme que mi hijo se iba a morir.
Al volver al consultorio, Mateo seguía en la camilla con el papel que cruje y todavía tenía la mancha de tomate en la comisura de la boca. Habíamos comido spaghetti antes de la cita porque él quiso, y yo había dicho que sí aunque eran las once de la mañana y los dos sabíamos que era rarísimo comer spaghetti a las once, pero a veces una dice que sí a cosas porque no sabe cuántos síes le quedan.
Tenía siete años. Siete y medio, me corregía siempre él.
—¿Me voy a morir, mami?
Sentí que algo se me rompía en el pecho pero dije:
—No, mi cielo. Vas a estar bien.
Y fue ahí cuando pasó.
Mi dedo meñique izquierdo simplemente ya no estaba.
No dolió. Eso fue lo raro, lo que no encajaba con ninguna lógica. La piel terminaba lisa en el anular, sin cicatriz, sin marca de nada. Me miré la mano y cuando pasé el pulgar por donde debería estar el meñique solo encontré aire. Tibio. Con la forma exacta de lo que faltaba, o eso me pareció, aunque probablemente eso me lo inventé después.
Volví al baño. Levanté la mano bajo las luces fluorescentes que hacían ese zumbido que tienen las luces de hospital, ese zumbido que uno no escucha hasta que de repente lo escucha y ya no puede dejar de escucharlo. Conté. Uno, dos, tres, cuatro. Parpadeé. Cuatro dedos.
Le enseñé la mano al doctor Ramírez. Él la examinó despacio con esa cara que ponen los doctores cuando no quieren mostrar lo que están pensando, pidió radiografías. Esperé en el pasillo casi media hora sentada en una silla de plástico naranja junto a un señor mayor que tosía cada dos minutos y una mujer joven que no levantó los ojos del teléfono en todo el tiempo. Cuando el doctor colgó las placas en la caja de luz y las estudió, negó con la cabeza.
—Señora, usted siempre ha tenido cuatro dedos en esa mano.
Esa noche Diego me vio la mano. Estábamos sentados a la mesa con la comida servida que ninguno de los dos iba a comer, eso ya estaba claro desde que nos sentamos, pero los dos seguíamos ahí con los tenedores en la mano como si en algún momento fuéramos a tener hambre.
—¿Qué te pasó?
Se me llenaron los ojos.
—¿Lo ves? ¿Ves que me falta el meñique?
—Sí, ¿cómo te lo lastimaste?
El dedo no estaba. Pero para Diego, para el doctor Ramírez, para todos, siempre había sido así. El mundo recordaba una versión de mí incompleta y ni siquiera lo sabía.
Seguí mintiendo las semanas siguientes porque qué otra cosa iba a hacer. Mateo preguntaba y yo contestaba lo que podía.
Le dije que la quimio no iba a ser tan fea, que había niños que la pasaban bastante bien, que él era fuerte. Mi índice derecho desapareció esa misma tarde, mientras lavaba los platos y pensaba que tenía que llamar a mi mamá para contarle y no quería llamar a mi mamá para contarle.
Le dije que el pelo iba a volver a crecer rápido y bonito, que conocía a una señora a quien le había crecido más bonito que antes incluso. Tres dedos del pie izquierdo de golpe, como si alguien jalara un hilo.
Le dije que cuando regresara a la escuela nadie lo iba a ver raro, que sus amigos lo iban a recibir igual. Dos del pie derecho mientras esperaba en el carro afuera de la farmacia con la bolsa de medicamentos en el asiento del copiloto.
Cada mentira con su precio. Llevaba la cuenta sin querer.
A las pocas semanas ya no podía caminar. Las piernas terminaban en las rodillas, los muñones redondos y lisos como si un cirujano invisible hubiera hecho los cortes con mucho cuidado. Diego consiguió una silla de ruedas sin preguntar nada, la armó en la sala mientras Mateo dormía y yo lo vi desde el sillón armar esa silla sin decir una sola palabra, y eso fue de las cosas más tristes que había visto en mi vida aunque no supe explicar por qué exactamente.
Cuando Mateo preguntó qué me había pasado le dije que me había caído. Otra mentira más. Esa noche perdí más.
Una tarde Mateo necesitaba que lo pasara a la silla de ruedas del hospital. Estaba sentado en la cama y me acerqué y metí los brazos por debajo de sus hombros como había hecho siempre.
Mis manos pasaron a través de él.
No sé cómo explicarlo mejor que eso. Pasaron a través. Como si él fuera aire o como si yo fuera aire, no lo sé. Sentí la tela de la bata del hospital y después nada. Mis brazos seguían ahí, extendidos, en el espacio donde debería estar su cuerpo, pero no había nada que cargar.
Mateo me miró.
—¿Mami?
Me quedé con los brazos así, congelada, porque no sabía qué hacer. Diego entró justo en ese momento. No dijo nada, solo me vio con los brazos todavía extendidos y después cargó a Mateo y lo sentó en la silla.
Lo peor no fueron los dedos. Tampoco las piernas.
Lo peor fue cuando me empecé a ver en las ventanas del hospital. En los vidrios, en los espejos del baño, en cualquier cosa que reflejara algo.
Mi cuerpo se estaba volviendo transparente. No de golpe sino poco a poco, de adentro hacia afuera, como si la piel fuera lo último en enterarse. Si me paraba frente a la ventana con la luz de cierto ángulo podía ver el pasillo del hospital a través de mi estómago. No nítido, no del todo, pero ahí estaba. Diego me ponía la mano en el hombro algunas veces y los dedos se le hundían un poco en mi carne, o en lo que quedaba de ella.
Una mañana me vi en el espejo del baño del hospital y lo que me asustó no fue el cuerpo. Fue la cara. Tenía la cara de alguien que ya sabe cómo termina esto.
Me paré más cerca del espejo. No sé para qué, como si de cerca fuera a entender algo que de lejos no.
Las baldosas azules del piso. Las veía a través de mis piernas.
Levanté la mano despacio y la puse frente al foco. Las tuberías del lavabo estaban ahí, detrás de mis dedos. No detrás. A través. Hay una diferencia y no sé explicarla pero la hay.
Me quedé así. No sé cuánto tiempo. La mano levantada, mirándola, esperando no sé qué. Que cambiara algo. Que no cambiara nada. Las dos cosas a la vez, que es lo más inútil que puede esperar uno.
Cuando volteé Mateo estaba en la puerta. Tenía puesta la bata azul con los pingüinos, esa que yo odiaba porque se le veía muy de hospital pero él decía que los pingüinos le daban suerte.
No dijo nada. Yo tampoco. Se quedó ahí nomás, mirándome.
Después de un rato dijo:
—Te puedo ver, mami. Todavía te puedo ver.
Mentira. Los dos lo sabíamos pero él lo dijo de todas formas y yo no lo corregí.
Esa noche no pude dormir. Me la pasé pensando que en algún momento iba a desaparecer completamente y Mateo se iba a quedar solo en ese cuarto de hospital con Diego dormido en el carro afuera y las enfermeras que solo entraban cada tres horas a checar el suero.
Pero fue Mateo quien lo paró.
Apareció junto a mi cama a las dos de la mañana un miércoles. Pijama de dinosaurios que ya le quedaba corto de las mangas, descalzo, con el pelo que le había empezado a crecer de nuevo después de la segunda ronda de quimio, ese pelo suave y raro que no era exactamente su pelo de antes. Estaba muy flaco. Llevaba semanas mirándolo y todavía no me había acostumbrado a lo flaco que estaba.
—Sé que me has mentido.
Abrí la boca. Mateo me miraba con esa cara que ponía cuando esperaba que alguien terminara de hacer algo que ya sabía que iba a hacer.
—Y sé por qué te estás desapareciendo.
Nadie dijo nada un rato. Pensé en decir algo y no dije nada y Mateo tampoco dijo nada y el pasillo del hospital hacía sus ruidos de hospital.
—Me asusto más cuando mientes —dijo Mateo—. Porque después no sé cuándo estás mintiendo y cuándo no.
Pensé en mil cosas. Ninguna era la verdad o era solo parte de la verdad, que es casi lo mismo que mentir.
—¿Quieres que te diga la verdad de verdad?
Mateo asintió.
—Sí. Te estás muriendo. Los doctores dijeron tres semanas, más o menos.
Esperé que algo más desapareciera, que la verdad también tuviera su tarifa.
No pasó. Me vinieron cosquillas en las manos, en los pies, ese hormigueo de cuando la sangre regresa a un lugar que estaba dormido. Los dedos primero, uno por uno. Después las manos completas. Los pies. Las piernas.
Mateo se subió a la cama y se acurrucó contra mí sin decir nada más. No lloró. Yo sí, pero callada, mordiéndome el labio con más fuerza de la necesaria.
Las últimas tres semanas fueron de otro tipo. Mateo preguntaba cosas y yo contestaba sin rodeos porque ya no tenía energía para los rodeos y porque él me lo había pedido sin pedírmelo exactamente.
—¿Va a doler?
—Probablemente, sí.
—¿Me voy a dar cuenta cuando pase?
—Creo que sí, un momento. Creo.
—¿Te vas a olvidar de mí?
Esa la contesté rápido, sin dudar.
—Nunca.
—¿Y papá?
—Tampoco.
—¿Nadie?
—Nadie, mi cielo.
Había días buenos metidos entre lo malo, días que guardé después con mucho cuidado en algún lugar de la cabeza porque sabía que los iba a necesitar. A veces Mateo se sentía bien y jugábamos UNO en la cama del hospital con un mazo que tenía las cartas ya medio dobladas de tanto usarlas. Mateo hacía trampa, se guardaba cartas en el bolsillo de la pijama cuando yo miraba para otro lado. Lo sabía desde la segunda partida pero lo dejé ganar todas las veces. Él se hacía el desentendido. Los dos sabíamos.
Lucía, la enfermera de pelo rojo con las raíces negras muy visibles ya, le traía paletas de limón de la cafetería a Mateo. No eran parte de su trabajo, eso era obvio, simplemente las traía. Mateo decía que eran las mejores paletas que había comido en su vida. A mí me sabían a nada, a medicina, a ese sabor genérico de hospital que se me había pegado a todo, pero igual le daba las gracias a Lucía cada vez porque Lucía era de las pocas personas en esas semanas que hacía cosas sin que nadie se las pidiera.
Diego dormía en el carro algunas noches. Decía que era para estar cerca por si algo pasaba. Yo sabía que a veces simplemente necesitaba no estar en ese cuarto, respirar aire que no oliera a hospital, y lo entendía porque yo también lo necesitaba y no podía permitírmelo. Así que Diego se iba al carro y yo me quedaba en la silla de plástico azul que ya tenía exactamente la forma de mi cuerpo.
Una tarde de martes que no había nada especial, Mateo preguntó si los perros iban al cielo. Nunca habíamos tenido perro. Diego era alérgico y siempre habíamos dicho que cuando Mateo fuera más grande veríamos lo del perro.
—Espero que sí —le dije—. Si no, qué chiste tiene el cielo.
Mateo pensó en eso un momento.
—¿Y los peces?
—También.
—¿Y los peces que uno se come?
No supe qué decir. Mateo se rió un poco, esa risa corta que tenía cuando él mismo le encontraba gracia a algo que había dicho. Me la grabé ahí, esa risa, en ese momento.
Otra tarde preguntó si a Diego le iba a doler. No preguntó por mí. Ya sabía esa respuesta o no necesitaba oírla.
—Sí —le dije—. A los dos. Todos los días.
Mateo asintió como si eso fuera razonable, como si hubiera hecho la pregunta solo para confirmar algo que ya sabía.
—Perdón —dijo después.
No encontré nada que decir. Ninguna palabra cabía en ese espacio.
Murió un martes a las cuatro de la mañana, con el hospital en ese silencio raro que tienen los hospitales de madrugada, ese silencio que no es silencio del todo porque siempre hay algo, un carro afuera, una puerta, alguien en el pasillo.
Me había quedado dormida en la silla de plástico azul. Alguien me tocó en el hombro, una enfermera que no era Lucía, una que no había visto antes. Mateo tenía los ojos abiertos.
—Mami.
—Aquí estoy.
Tenía la boca seca, se le notaba en la voz. Pensé en darle agua y luego pensé que ya para qué y eso fue uno de los pensamientos más crueles que había tenido en mi vida aunque era solo la verdad.
—Tengo miedo.
—Yo también.
Le agarré la mano. Diego se despertó del otro lado y agarró la otra. El monitor hacía bip bip bip como había estado haciendo días y días pero yo no lo había escuchado de verdad hasta ese momento, hasta que de repente fue lo único que había en el cuarto además de nosotros tres.
—Gracias —dijo Mateo, tan bajito que casi no lo oí.
—¿Por qué?
—Por quedarte. Por decirme la verdad.
—Siempre —le dije.
Mateo respiró una vez, completa. Otra vez, menos. Y después no respiró más.
El monitor cambió de sonido. Ese pitido largo que uno ha escuchado en películas y que en la realidad suena diferente, más pequeño, más banal casi. Diego dijo algo, no procesé qué. La enfermera entró y dijo lo siento, era un niño muy hermoso, otras cosas que sonaban a frases aprendidas de memoria y que probablemente eran frases aprendidas de memoria pero qué otra cosa puede uno decir, no hay palabras para esto, nunca las ha habido.
Me quedé agarrando la mano de Mateo. Sentí cómo pasó de tibia a fría. Eso es lo que recuerdo con más claridad, ese cambio de temperatura tan específico y tan concreto, más real que cualquier otra cosa de esa noche.
En algún momento, no supe cuánto después, Diego me dijo Carmen, tienes que soltarlo.
No lo hice. Hasta que sí.
La gente empezó a llegar al hospital. Mi mamá. La mamá de Diego. Amigos. Todos preguntaban cómo estaba.
—Bien —les decía—. Voy a estar bien.
Mentiras chiquitas que no importaban pero que igual se cobraban su precio. Cuando llegué a casa esa noche y me vi en el espejo del baño, estaba otra vez un poco transparente. No como antes. Pero lo suficiente. Podía ver el lavabo detrás de mi estómago si me ponía en cierto ángulo. Me quedé ahí parada un rato largo mirándome y pensando que ya daba igual.
El funeral fue flores y gente y sándwiches que alguien trajo y que no toqué. Me preguntaban cómo estaba y cuando decía terrible la gente no sabía dónde meter los ojos y buscaban a alguien más a quien hablarle. La suegra me abrazó largo tiempo sin decir nada, que fue lo más inteligente que hizo alguien ese día. Cuando se separó de mí sus brazos se habían hundido un poco en mi espalda, lo sentí, y vi en sus ojos que ella también lo había sentido pero no iba a decir nada.
Pensaba en que tenía que comprar leche. Ese pensamiento volvía cada tanto, tengo que comprar leche, y lo odiaba y al mismo tiempo me aferraba a ese pensamiento porque era algo concreto y manejable en medio de todo lo demás.
Durante el servicio me paré junto al ataúd. El cura hablaba de cielos y propósitos y palabras que no significaban nada. Miré hacia abajo y vi la tapa del ataúd, esa madera café brillante, y después me vi a mí.
Podía ver la tapa a través de mi cuerpo.
No tanto como antes, cuando las mentiras me consumían. Pero lo suficiente. La madera brillante visible a través de mi estómago, como si yo fuera agua turbia y él estuviera ahí abajo, debajo de mí, debajo de esa tapa.
Diego me agarró del brazo y me llevó de vuelta a la silla. Sus dedos dejaron marcas en mi piel que se veían blancas por un rato largo.
Ahora, dos años después, guardo el primer diente de Mateo en un frasco de mermelada vacío que estuvo en el cajón de los calcetines hasta que un día lo encontré y lo puse en la mesita de noche. A veces lo abro. No huele a nada, nunca huele a nada, pero igual lo huelo cada vez como si esa vez fuera a ser diferente.
A veces olvido. Voy al súper en modo automático y agarro el cereal de la rana verde que le gustaba a Mateo, el que pedía siempre aunque estaba lleno de azúcar y yo le decía que era veneno disfrazado y él decía que era el mejor cereal del mundo. Llego a casa con el cereal y lo pongo en la mesa y ahí está, la rana verde en la caja, y entonces recuerdo y tengo que sentarme.
Diego se quitó la barba un día sin decir nada. Llevaba meses dejándosela y un martes ya no estaba. Ahora se afeita todas las mañanas, despacio, con espuma, y lo he visto hacerlo por el espejo del baño y no sé qué pensar de eso ni he preguntado.
Mateo sigue muerto. Eso no cambia ninguna mañana.
Pero yo sigo aquí, contando dedos antes de levantarme. Uno dos tres cuatro cinco en cada mano. Diez. Todos los días están.




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