El Susurro del Abismo
CuentoMi primer recuerdo de él es de cuando tenia 10 años, recuerdo estar de vacaciones en un lindo hotel con mi familia y justo a la orilla de la playa, con el solo quemando mi piel y la arena bajo mis pies, pensé: “¿A dónde iría si muero hoy?”. Esa simple, pero completa pregunta, fue la que le dio paso a él para que entrara en mi vida. No vino a mí una noche de tormenta, ni salió de debajo de mi cama. Mi monstruo siempre ha estado aquí, una sombra silenciosa que se instaló en el rincón más profundo de mi mente y, con el tiempo, se convirtió en mi compañero más constante.
Realmente fue amable, no se interpuso en mi camino sino despues de un tiempo desde nuestro primer encuentro, fue paciente y esperó, me dejó disfrutar solo un poco más de lo que era mi vida hasta ese momento. Y entonces, dos años despues trajo a una amiga, ella no esperó, y me atacó con todas sus ferzas desde el primer momento. No me dejaba dormir, pensamientos disparatados entraban y salían de mi mente cada noche, recordandome cosas que no necesitaba recordar, o haciendome pensar que habias dejado las tareas del colegio sin hacer del día siguiente. Me atormentaba. Pero, a diferencia de lo que pudieras pensar, él no hizo nada para evitarlo, y tampoco hizo nada para empeorarlo. Él solo estaba observando y esperando.
Fue entonces un dia, exactamente despues de cumplir los 14, que él decidió actuar. No había razón aparente, ninguna tristeza específica, solo un peso irracional en mis hombros. Fue en ese momento, en la quietud de mi habitación, cuando sentí su presencia de una manera casi tangible, no el miedo de un monstruo, sino la quietud de un viejo conocido. Las cosas que hacia no me aturdían, tampoco eran violentas; eran silenciosas y persistentes, como una flor que florecia lentamente en el campo de batalla de una guerra. Me robaba las ganas. Las mañanas se volvieron un desafío monumental, levantarme de la cama era como intentar mover una montaña con solo un dedo. Los colores del mundo se fueron apagando, las risas de mis amigos se escuchaban distantes y borrosas y la comida perdió su sabor. Él no me obligaba a hacer nada, pero su presencia inmutable drenaba mi energía, mi interés, mi chispa. Se sentaba a mi lado en el sofá, me acompañaba al colegio, se acurrucaba a mis pies por la noche. No pedía nada, pero su sola existencia era una carga. Y lo más insidioso es que, a diferencia de su amiga, no sentía rabia por él; solo una resignación profunda, como si este fuera, simplemente, el nuevo orden de m vida.
Mi amigo el monstruo sabía que tenia poder sobre mi, asi que poco a poco, empezó a ordenarme cosas, me pedía que hiciera cosas que su amiga, a pesar de haber puesto las imagenes en mi mente, jamas me pidió hacer.
No soy fiel creyente, pero si tú, que estas leyendo esto si lo eres, entoncs supongo que fue graciaas a algun ser divino. Al cumplir 15 una profesora me brindó ayuda, me dijo a donde podía ir para que aquél molesto engendro molesto se fuera de una vez por todas de mi vida. Y así lo hice.
Estuve entonces en este lugar, en donde una mujer con bata blanca me sentaba en una silla y me ayudaba a conbatir contra él. Y estuvo bien por un tiempo.
Hasta que no lo fue más.
Un tiempo después, mi madre, que hasta este punto se mantenía a raya de la situación, se dio cuenta que, en esta batalla que libraba silenciosamente, yo, que era su única hija, estaba perdiendo. Así que no mucho tiempo después, ella, junto con mis tías, me llevaron de nuevo con aquella mujer de bata blanca. Esta vez, y para sorpresa de todos, aquella mujer con superpoderes para pelear contra las bestias de otros, me dio una pócima milagrosa; ella decía que, mientras estuviese tomándola, ni el monstruo ni ninguno de sus amigos podría visitarme más.
¡Estaba más que feliz!
Así pasaron unos años, en donde, gracias a ésta misteriosa pósima, aquél maligno montruo no habia ido a molestarme nuevamente. Y entonces, pasó algo. Mi abuela, el pilar incondicional de mi vida, enfermó de una enfermedad terminal.
Fue un golpe. No solo para mí, sino para toda la familia. Ella, mi refugio, la voz suave que siempre me anclaba, se desvanecía lentamente. Con cada noticia, cada visita al hospital, sentía cómo la burbuja de protección que la pócima había creado comenzaba a quebrarse. Las mañanas se volvieron grises de nuevo, la energía se escurría de mis dedos, y un peso familiar empezó a instalarse en mi pecho. Por más que me aferraba a la pócima, el dolor y la angustia por mi abuela eran fisuras por donde él, mi viejo amigo el monstruo, comenzó a deslizarse de nuevo. Al principio, era solo una sombra en la periferia de mi visión, un murmullo lejano. Pero con el tiempo, su presencia se hizo innegable, cada vez más fuerte, hasta que una tarde, mientras lloraba en silencio por todo, sentí su aliento frío en mi nuca. Había regresado, más potente que nunca, aprovechándose de mi vulnerabilidad y de la ineficacia de la milagrosa pócima frente al duelo más crudo.
Mi abuela falleció 6 meses después de su diagnóstico, y con su partida el monstruo decidió invitar nuevos amigos: Ansiedad, aquella vieja amiga que me atormentaba de jóven, una criatura con ojos felinos y tamaño diminuto, solo que contaba con unas garras tan afiladas que me arañaba el pecho hasta dejarme sin aliento, haciendo que no pudiera respirar y me desperara con cada pequeño pensamiento intrusivo. Insomnio, a él ya lo conocía, iba y venia de mi vida a su antojo, era un espectro de ojos rojos que se sentaba a mi lado cada noche, burlándose de mi agotamiento y repitiendo un bucle interminable de miedos y arrepentimientos hasta el amanecer. Y luego estaba Anhedonia, ella era una mujer alta y elegante, de cabello oscuro y ojos vacíos, la más silenciosa pero quizás la más cruel de todos; esta amiga robaba el brillo de cada alegría, haciendo que mis pasiones y mis placeres se sintieran vacíos y sin sentido.
Mi monstruo principal, mi depresión, el viejo y conocido, observaba con una sonrisa complacida cómo estos nuevos invitados desmantelaban lo poco que quedaba de mi estabilidad. Ya no necesitaba darme órdenes; sus amigos hacían el trabajo por él.
Me gustaría decir que, ya todo esta bien, que no hay nada que me aterre y que duermo plácidamente por las noches. Pero no es el caso. He decidido estrechar la mano de mi viejo amigo, aprender a convivir con él y con sus molestos amigos. Asi que ahora, incluso tomando aquella milagrosa pócima y visitando a la mujer de bata blanca, sé que la batalla no era para erradicarlo, sino por negociar la paz.
Sé que él y sus amigos están siempre cerca, sentados en la orilla de mi conciencia, listos para deslizarse hacia el centro cuando la vida se pone difícil. Aprendí a reconocer sus pasos, susurros y las punzadas de dolor antes de que se conviertan en un torbellino incontrolable. La pócima milagrosa no lo desvanece, sino que lo mantiene a una distancia manejable, como un perro guardián que, aunque ruge, no muerde con la misma ferocidad. La mujer de bata blanca no me enseña a matarlo, sino a construir muros, a encontrar ventanas para que entre la luz, y a fortalecer mi propia voz para que no se ahogue con la suya.
Ya no busco la ausencia total de mi monstruo, sino la capacidad de convivir con él, de ignorarlo cuando sus exigencias son irrelevantes, y de aprender de él cuando tiene algo que decir sobre mis límites o mi dolor. No es una vida fácil, y hay días en los que su presencia es abrumadora y sus amigos gritan tan fuerte que ni si quiera puedo escuchar el eco de mi voz. Pero ahora, al menos, no estoy sola luchando en la oscuridad. Conozco a mi monstruo, lo he nombrado, y he comenzado a entender que, aunque no lo quiera, una parte de mi viaje es coexistir con él, un día a la vez.



Comentarios 0
Todavía no hay comentarios.