El monstruo que no mató a nadie: la ternura oculta de 'El espíritu de la colmena'
Reseñas generalesPor Esteban Eordogh, cinéfilo de vocación
Hay películas que se ven, se disfrutan y se olvidan. Otras, en cambio, se instalan en algún pliegue del alma y se niegan a irse. El espíritu de la colmena (1973), de Víctor Erice, es de esas raras obras que no se miran: se habitan. Que no se contemplan desde la distancia: se respiran como se respira el aire de un pueblo castellano en invierno, ese que entra frío y te recuerda que estás vivo.
Recientemente tuve la oportunidad de revisitar esta joya del cine español en una sala oscura, y salí de ella con la sensación de haber atravesado un portal en el tiempo. No al 1973 de su estreno, sino al 1940 que retrata: los años grises de la posguerra, donde el silencio no era ausencia de ruido, sino presencia de todo aquello que no podía decirse.

Cuando el monstruo no da miedo
La historia es aparentemente sencilla. En un pueblo perdido de Castilla, donde el viento lame las paredes de adobe y las colmenas del padre parecen contener el único misterio permitido, llega un camión de cine ambulante. Dos hermanas, Isabel y Ana, asisten a la proyección de Frankenstein (1931). Para Isabel, la mayor, la película es un juego, un secreto que compartir. Para Ana, la pequeña de mirada inmensa interpretada por una inconmensurable Ana Torrent, lo que ocurre en esa pantalla blanca es una revelación.
Cuando el monstruo, en la película de Whale, ahoga a la niña junto al lago y luego es perseguido por los aldeanos, Ana no entiende de culpas ni de castigos. Lo que ve es soledad. Ve a un ser distinto, incomprendido, que busca algo tan simple como no estar solo. Y entonces Isabel, con esa mezcla cruel y tierna de las hermanas mayores, le susurra un secreto que cambiará su forma de mirar el mundo:
el monstruo no ha muerto; vive en una casa abandonada a las afueras.
Lo que sigue es una de las búsquedas más conmovedoras del cine. Ana sale al campo en busca de ese "espíritu", y lo que encuentra es a un soldado herido, escondido del mundo. Para la niña, aquel fugitivo no es un enemigo ni un símbolo político. Es su monstruo:
un ser que sólo necesita que alguien lo mire con cariño.
En ese gesto tan simple, Erice condensa toda la ternura que la España de la posguerra parecía haber extraviado.

La poesía de lo que no se dice
Lo que hace magistral a El espíritu de la colmena es lo que elige no mostrar. Los adultos de la película —un padre interpretado por Fernando Fernán Gómez que observa sus colmenas como quien busca respuestas que las palabras no pueden dar, una madre que escribe cartas a un amor ido— son figuras que vagan por la casa como fantasmas que olvidaron cómo sentirse vivos. No hay grandes diálogos entre ellos porque el dolor ya lo ha dicho todo. Esa economía narrativa, esa apuesta por el silencio, convierte cada gesto en un poema.
Y qué decir de la fotografía de Luis Cuadrado. Esa luz dorada que se cuela por las ventanas con forma de panal, ese contraste entre la inmensidad del paisaje castellano y la pequeñez de las figuras humanas. Cuadrado, que trabajó en esta película sabiendo que la ceguera le acechaba, nos regaló algunas de las imágenes más hermosas del cine español. Cada fotograma parece un cuadro de Velázquez o de Zurbarán, como si Erice hubiera decidido que la única manera de hablar de la posguerra era a través de la belleza.
Hay una escena que me persigue desde que la vi por primera vez. Ana, acostada en su cama, mira por la ventana la luna llena. Su rostro, iluminado por esa luz blanca y fría, parece contener todos los misterios del universo. En ese instante, Erice no está filmando a una niña:
está filmando a la infancia misma, ese territorio sagrado donde lo real y lo imaginario se funden sin pedir permiso.
El cine como refugio
El espíritu de la colmena se estrenó en 1973, en el último tramo de la dictadura franquista. Y quizá por eso, sin ser explícitamente política, es una de las películas más políticas de nuestro cine. Porque Erice entendió que, cuando las palabras están prohibidas, la poesía se convierte en el único lenguaje posible. Y porque supo que la mejor manera de hablar de un país roto era mirarlo a través de los ojos de una niña, que no entiende de bandos, sino de vacíos.
Hoy, más de cincuenta años después, la película sigue siendo una rendija mágica en medio del silencio. Sigue recordándonos que crecer es aprender a vivir con lo que falta. Que la inocencia no muere, sino que se vuelve memoria. Y que, a veces, los monstruos no son aquellos que matan, sino los que necesitan que alguien los mire con ternura.

Un veredicto que late
No sé si El espíritu de la colmena es la mejor película española de la historia. Esas clasificaciones siempre son tramposas. Lo que sí sé es que es una de esas películas que te cambian por dentro. Que te hacen mirar el mundo de otra manera. Que te recuerdan que el cine, en su forma más pura, no es entretenimiento:
es encuentro.
Con nosotros mismos, con nuestra historia, con aquello que hemos decidido olvidar para poder seguir adelante.
Mi calificación no puede ser otra que:
💫💫💫💫💫. No porque sea perfecta —¿qué obra lo es?—, sino porque se ha ganado el derecho a habitar ese pequeño altar que cada cinéfilo guarda en su memoria para las películas que lo han marcado para siempre.
Ficha técnica:
· Título: El espíritu de la colmena
· Año: 1973
· Director: Víctor Erice
· Reparto: Ana Torrent, Isabel Tellería, Fernando Fernán Gómez, Teresa Gempuy
· Duración: 97 minutos
· País: España
Si aún no la has visto, hazte un favor:
busca una sala oscura, si puedes, o la pantalla más grande que tengas. Apaga el móvil. Deja que la luz de Cuadrado te envuelva. Y escucha lo que la película no dice, porque quizá ahí, en ese silencio, esté todo lo que necesitas oír.






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