A Ghost Story y el tiempo dislocado: sobre el duelo, la belleza y cinco minutos que duran una eternidad

Recomendaciones

Descansa ya, descansa, espíritu turbado.

Pues bien, señores míos,

con todo amor me encomiendo a vosotros,

y lo que un hombre tan humilde como es Hamlet

pueda lograr para expresar su amor

y su amistad hacia vosotros,

no ha de faltar la buena voluntad.

Entremos juntos, y tened el dedo

sobre los labios, os lo ruego.

El tiempo está fuera de quicio.

Oh, amarga maldición, que naciera yo un día

para poner en orden su estropicio.

Pero no, marchémonos juntos

 

Hamlet, Acto Primero, Escena V

Hace unos días subí un post (canchereándola un poco, debo admitir) tirando un “facto sobre cine”. El punto del mismo era cuestionar cierta afirmación sobre un plano de la película Brand New Day que decía básicamente que Sadie Sink podría ser “lo más lindo que alguien vio en una película”. Desde mi perspectiva, una afirmación tan taxativa requiere mínimo ser cuestionada y exige un margen comparación. Por eso sugerí, con nombre y apellido, un puñado de actrices (desde Audrey Hepburn, Grace Kelly o Mia Farrow) para que la gente vea más cine antes de subir tales afirmaciones, para que tengan un marco más amplio y no suenen tan ”verdes". Claramente metí la gamba al usar el calificativo de “pelotudeces”, pero ya saben los que me leen que lo argentino me sale por todos lados.

Image descriptionLa verdad ni me esperaba la que se venía. Más de setenta mil visualizaciones, casi doscientos comentarios, gente citándome diciendo cosas que nunca dije, acusaciones de imponer una opinión que en ningún momento impuse, y hasta alguien insinuando, con vueltas, que el post escondía algo turbina por la edad de la actriz. Obviamente terminé cerrando comentarios, abriendo comentarios, discutiendo semiótica y filosofía con desconocidos, aclarando una y mil veces la distinción entre “goce estético” y “goce sexual”, hablando de Kant, hablando de Lacan… Fue agotador. Aunque también fue, sin que lo planeara, el mejor ejercicio de pensamiento que tuve en meses, porque me quemaron la gorra. Y tengo que admitir que un poco entré como un caballo en algunas provocaciones, pero, para no caer en comparaciones sobre la actriz, y cual era mas linda y cual no, sino para reforzar mi punto sobre planos cinematográficos, me puse a pensar: A ver ¿cuál es ese plano para mí? Cual era ese que cumplía con “lo más lindo que alguien vio en una película”. Y ahí, buscando la respuesta, me encontré pensando en algo completamente distinto a Sadie Sink en el parque, a Grace Kelly en La ventana indiscreta, a Mia Farrow en Rosemary's Baby, o a Sissy Spacek en Carrie, y a cualquier canon de belleza convencional. Me vino a la mente Rooney Mara, comiéndose una torta, sentada en el suelo, descalza. Y lo posteé.

El plano que no debería ser el más lindo

La escena es de la peli A Ghost Story (David Lowery, 2017), una de esas películas que la mitad de la gente abandona a los veinte minutos y la otra mitad no se saca de la cabeza nunca más. Yo claramente pertenezco a ese segundo grupo. Acá conocemos a M (Rooney Mara), quien acaba de perder a su marido C (Casey Affleck). Alguien le deja una tarta (en inglés, a pie). Ella se sienta en el piso de la cocina y se la papea prácticamente entera, en una toma fija de unos cinco minutos, sin cortes. No hay diálogo. No hay música empujando la emoción. Solo el tenedor, el plato y un cuerpo procesando un duelo que no tiene forma de acortarse. Lowery de hecho contó que filmaron la escena en una sola toma y que no quiso hacer repetir a Mara una experiencia semejante.

Image descriptionAcá no hay luz favorecedora, ni maquillaje pensado para embellecer, ni nada que se parezca al glamour clásico de Hollywood. Y sin embargo, para mí, es uno de los planos más hermosos que filmaron con una actriz en la última década. No porque sea el más lindo en el sentido convencional o que entendemos en el sentido común o desde nuestros supuestos por lindo, sino desde una categoría kantiana, la de lo bello: una experiencia de placer asociada a la forma, la proporción y una cierta armonía de nuestras facultades. Eso que describe Kant es la sensación que me producía, por ejemplo, Grace Kelly entrando en cuadro en La ventana indiscreta. Desde las sombras, sútil, casi fantasmal. Lo de Mara entra, para mí, en otra categoría kantiana: lo sublime. Una experiencia que puede surgir cuando algo nos desborda, nos incomoda o incluso nos enfrenta con una sensación de dolor, pero que al mismo tiempo produce una forma particular de placer estético. No es simplemente “lo bello pero más intenso”. Es otra clase de experiencia estética. Verla no me daba deseo. Me daba tristeza, ternura, ganas de abrazarla. Y esa mezcla contradictoria es justamente lo que más me interesa. Rooney Mara tiene algo que hace que sea terrena y etérea al mismo tiempo (por algo la eligieron como la madre del Salvador en otra película, y si te pones a pensar es el casting perfecto si seguís esta lógica).

Roland Barthes, otro de mis amigos franceses, tiene un término mejor todavía para lo que me pasó viendo esa escena: punctum. En La cámara lúcida él distingue dos conceptos: el studium, aquello que podemos apreciar culturalmente, la composición, la referencia, el contexto, el “es una linda foto”, y el punctum, ese detalle que te atraviesa a vos en particular, que te “pincha”, sin que necesariamente puedas justificar por qué. Simplemente te gusta, aunque más que gusto, te sobrepasa, como dije antes. Si bien Barthes está hablando de fotografía, no de cine, me sirve como ejemplo, ya que eso es lo que me pasa con ese plano. Lo elegí porque me pinchó. Porque nueve años después de haber visto la película, sigue ahí. Viviendo, como dicen, rent free, en mi cabeza.

Dos formas de estar en el tiempo (o fuera de el)

Obviamente, la gimnasia mental no terminó ahí. Leyendo los comentarios de la gente en este nuevo post, noté algo más en esa escena, algo que descubrí escribiendo, no mirando. A Ghost Story es una película sobre el duelo, sí, pero también es (quizás sobre todo) una película sobre el tiempo. Hasta me atrevería a decir que es una película sobre una especie de viaje en el tiempo. Y ahí es donde el título de este artículo cobra más sentido.

C muere al principio, se convierte en fantasma y queda condenado a merodear la casa envuelto en una sábana blanca con dos agujeros por ojos (la imagen más ridícula y triste que dio el cine en años, y lo digo como hincha de River) por la eternidad. Su experiencia del tiempo se rompe: la película salta entre semanas, años, siglos, y no te avisa. Vemos crecer una ciudad entera sobre las ruinas de su casa, retrocedemos hasta una familia que vivió antes que él y también nos proyectamos hacia un futuro lleno de edificios. C vive literalmente entre el futuro y la frase de nuestros abuelos que decían “antes todo esto era campo”. La propia sinopsis oficial de A24 describe al fantasma como alguien que ha quedado “unstuck in time”. Para C, pasado, presente y futuro dejan de ordenarse en una fila narrativa convencional. La película los presenta como capas que pueden coexistir en un mismo espacio. Es casi una ilustración cinematográfica de lo que el filósofo J. M. E. McTaggart llamó la distinción entre serie A y serie B del tiempo. La serie A o Teoría A del Tiempo, organiza los acontecimientos como pasado, presente y futuro. La serie B o Teoría B del Tiempo los organiza simplemente según relaciones de anterioridad y posterioridad: un acontecimiento ocurre antes que otro, independientemente de cuál consideremos “ahora”. Obviamente, A Ghost Story no está demostrando la Teoría B de McTaggart, ni C tiene una experiencia metafísica del tiempo en estos términos. Pero si parece dramatizar visualmente algo parecido: para el fantasma, el tiempo deja de comportarse como una línea y empieza a comportarse como un espacio. Porque si el tiempo es todo el tiempo a la vez, solo te queda el espacio ¿no?

Image descriptionPor su parte, M vive exactamente lo contrario. Su escena, la de la tarta, es una de las grandes rupturas temporales de la película (para nosotros) precisamente porque hace lo opuesto al resto del metraje. Durante unos cinco minutos no podemos escapar. No hay montaje que nos salve, no hay elipsis que nos permita avanzar, no hay una nueva información que nos distraiga. Estamos atrapados. Tenemos que esperar con ella. Es, en ese sentido, una experiencia cinematográfica mucho más cercana a la serie A: el presente se impone, segundo después de segundo, y cada instante tiene que pasar antes de que podamos llegar al siguiente. Mientras C flota disociado por siglos, M está clavada al segundo exacto de su propio dolor. Y vos lo vivís con ella.

Hay una tercera capa extradiegética, y hasta metanarrativa diría: el tiempo del espectador, que son ambos. Ferdinand de Saussure, hablando de lingüística, distinguía entre sincronía y diacronía: el estudio de un sistema en un momento determinado frente al estudio de sus transformaciones a través del tiempo. No es una teoría del tiempo cinematográfico, obviamente. Pero como analogía me sirve. Nosotros, como espectadores, pivotamos entre las dos teorías o percepciones del tiempo, la A y la B. Con C vemos pasar décadas y siglos en pocos minutos. La historia se acelera y nosotros viajamos con ella. Con M ocurre lo contrario. Nos quedamos quietos. Cinco minutos son cinco minutos. Y lo que normalmente haría cualquier película para protegernos de la duración (cortar, adelantar, resumir, musicalizar) desaparece. El duelo de M se vuelve algo físico y palpable para nosotros. Y eso es más dificil que mostrar a alguien simplemente llorando.

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Funciona justamente porque el tiempo deja de ser una herramienta narrativa y se convierte en una experiencia. La película nos hace sentir, en el cuerpo, dos formas casi opuestas de relacionarnos con el tiempo. Con C, el tiempo se vuelve espacio. Con M, el tiempo vuelve a ser duración. Y nosotros quedamos en el medio.

Conclusión

Vean esta película. No sé si A Ghost Story es la joya oculta que el desafío pedía, pero sí es de esas películas que mucha gente ve una vez, la etiqueta de “rara” o “lenta”, y nunca vuelve a pensar en serio. Yo la sigo pensando, como dije antes, nueve años después. Y si me preguntás por un plano bello, uno que me sobrepase, yo te voy a decir: no es Sadie Sink, no es Grace Kelly, no es Audrey Hepburn. Es Rooney Mara en patas, llorando y comiéndose una tarta.

Porque quizás el problema está en creer que la belleza cinematográfica tiene que ser algo que simplemente vemos. A veces lo más hermoso no es lo que se ve, sino lo que sentís. Eso que te rompe, y no te suelta.

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