Crítica de "El diablo viste a la Moda 2": Vestidos, bolsos y la muerte del arte
Reseñas generalesVeinte años después de una película en la que, inocentemente, llegué a pensar que Meryl Streep encarnaba literalmente al diablo, llega la secuela que —como ya es costumbre en la industria— nadie pidió. Sin embargo, ese debate sobre si era necesaria o no otra entrega se desvanece en el instante en que las luces de la sala se apagan y la obra comienza.
Es a partir de esa premisa que debemos analizarla. Además, seamos honestos: esto no es Star Wars, donde si le cambias el color del sable de luz a un personaje, los fanáticos amenazan con incendiar tu casa. ¿Qué podían hacer mal aquí? Sobre todo, teniendo en cuenta que la obra original tampoco pretendía ser El Padrino.
Esta entrega me recordó a la secuela de Un viernes de locos. Hablamos de una cinta con un target femenino claramente definido, protagonizada por dos estrellas consagradas que utilizan el paso del tiempo y su propia edad como engranajes esenciales de la trama. Aquella secuela funcionó bastante bien al subvertir la fórmula del intercambio de cuerpos e introducir capas interesantes.
En cuanto a este regreso, vemos que durante estas dos décadas la historia siguió su curso natural. Cada personaje persiguió sus sueños y poco más. No obstante, es la actualidad —con las crisis inherentes a nuestra sociedad contemporánea— la que irrumpe en la vida de ambas mujeres: primero, dejando sin empleo a Andy (Anne Hathaway) y, segundo, presentándole una oferta caída del cielo que la pondrá nuevamente frente a frente con Miranda (Meryl Streep).
Más allá de compartir el mismo ADN visual (recordemos que el director original también regresa), de reciclar el humor y de replicar la fórmula inyectando dosis generosas de fan service, es un filme con una puesta en escena muy solvente.
Lo que resulta verdaderamente fascinante es el subtexto que se oculta bajo tantas capas de vestidos, zapatos y bolsos de diseñador. Está latente el dilema del cambio: la necesidad de adaptarse para sobrevivir, aun si el costo implica sacrificar la tradición, los valores y, en última instancia, el arte. Aquí, la moda funciona como una gran metáfora sobre el estado actual de la creación artística. También se recurre al propio arte para hacer una declaración de intenciones sobre la película en sí, como se evidencia de manera brillante en la escena de la Última Cena.
Se aborda el auge de la IA, pero el guion esquiva con elegancia el agotador discurso apocalíptico de que "la inteligencia artificial acabará con todo". En realidad, cuando disertan sobre el mundo de la moda, las revistas y el periodismo, están hablando metatextualmente del cine mismo. Denuncian cómo la inmediatez, la voracidad por lo efímero y la "generación TikTok" están erosionando aquello que es invaluable; "lo mejor que hemos creado como especie", en palabras de la propia Miranda. Esta tesis moderna (e inédita respecto a la cinta anterior) fue lo que realmente capturó mi interés, ya que el desfile interminable de vestuarios de las protagonistas no logró moverme un pelo.
Solo queda esperar que el público, deslumbrado por el glamour y los mil y un guiños referenciales, se tome un momento para reflexionar sobre esta tesis y sobre cómo, con nuestros hábitos de consumo, probablemente estemos colaborando para alejarnos cada día más de lo verdaderamente trascendental.










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