¿POR QUÉ AMAR DUELE TANTO?
NarrativaAl alma melancólica le cuesta creer
que un verano mágico pueda abrir sus párpados
después de un largo y amargo invierno…

que toda la naturaleza marchita reviva,
que de las semillas infértiles
broten robustos tallos, y que esos tallos
sonrían con sus flores y frutos
al mundo,
rían cómo ríos,
agradezcan con sus hojas…
No lo cree el alma escéptica,
acostumbrada a moldear interrogantes,
a darles forma
como si estuviera engendrando
vasijas de barro persas…

No cree el alma que un viento sin origen,
que no proviene del norte ni del sur,
un viento libertino, un ventarrón de versos,
¡por medio de una caricia!,
haya despejado el nubarrón de tristezas
que enturbiaba el cielo…
¡No cree el alma surcada de arrugas
y desilusiones que la Dicha
haya guardado para ella la más genuina
de las sonrisas!
No concibe el alma maldita
que la poesía pueda ser hija
de la más descontrolada alegría…
No lo concibe el alma seducida
por tanta desgracia, por tantos
días preñados de presagios funestos…

¡Sigue siendo escéptica el alma
acostumbrada a fantasear sólo de noche!,
el alma cansada, hastiada de extraerle
melodías bellas a pianos desgastados,
de tanto que el azar pulsó sus teclas…
No da crédito el alma a las lágrimas
de éxtasis que resquebrajan los diques
de la mirada y se desbordan por los abismos
de las mejillas, no lo cree… no lo cree…
¡imposible!
¿Habrá llorado Dios como llora esta alma
ante el florecimiento de un universo de amor
con el que jamás soñaron sus manos
de demiurgo fracasado?
¿Habrá llorado Dios como llora
esta alma ante el repentino despertar
de unos versos que dormían igual
que Lázaro en lo recóndito de sus tumbas?
¿Habrá creado Dios los mares
con el llanto que manaba de su corazón,
como cataratas, al ver que su verbo
lo salvaba de quedar sepultado
bajo el peso de una cósmica soledad?
¿Habrá dudado de su propia creación,
tal y como lo hace en estas horas edulcoradas
esta alma enclaustrada en el cuerpo de un mísero mortal,
esta alma divinizada por obra y gracia de la pasión?
Esta alma cuyos pies la alegría acaba de ungir,
simplemente no cesa de menear la cabeza,
incrédula de estar protagonizando semejante
opus magnum…
¿Y qué le resta a la pobre? ¿Celebrar? ¿Galopar?
¿Qué? ¿Amar el absurdo con cada uno de sus huesos?
¿Abrazar la corteza sangrante de este árbol ancestral?
¿Morder la fantasmagoría, blanda e hidratante,
exquisita como la piel del aguacate?
¿Qué? ¿Qué? ¿Qué? ¿Seguir trepando la araucaria
de la felicidad, así no vea la cumbre, así no distinga
la corona de ramas doradas, y sólo pueda sentir el vértigo
del ascenso intrépido y descarado,
y sólo la acompañe la intuición de que tarde o temprano
sus dedos se romperán y lo único que verá será los ojos
fulgurantes de la muerte, la sonrisa macabra de esta,
que se burla de su inútil osadía de besar la gloria,
que se burla de su caída estrepitosa,
al tiempo que desenvaina el pavoroso filo de su mueca?
No lo sabe el alma, no lo sabe el cuerpo.
Solo sabe el poeta que por fin
ha hilvanado sus versos
con un material muy distinto
al de la resignación,
que sus versos ya no son aguas residuales,
sino manantiales surgidos de una cordillera
más imponente que la de los Andes,
que sus versos están purificados por la magia
torrencial de un ideal tan noble
como aquel que impulsó
a nuestra Cacica Gaitana a sacrificarse
por la libertad,
como aquel que hizo perder la cabeza
y los miembros al último gran Inca
descendiente y heredero de la realeza imperial,
el valiente Tupac Amaru II,
y como aquel que sacudió
las entrañas de nuestros ancestros bolivarianos
que cabalgaron por las caderas africanas
de Nuestra América
para defenderlas de los azotes
de su Majestad la reina de España.
Ahora sabe este poeta
que sus versos respiran
con pulmones nuevos,
que su sangre es impulsada
por un corazón nuevo,
y que una estrella nueva es la que guía
a sus camellos hacia un desconocido
Oriente.




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