Un día malo y unas buenas personas hicieron el cambio
Reseñas generales
Era un día cualquiera de esos que te ponen a prueba, y el tiempo siempre es corto. Yo quería hacer todo en menos tiempo. Salí de mi oficina a comer algo porque sino el estómago me lo cobraría caro con una úlcera si no cuido mi alimentación a sus horas y a punta de puro café. Sé que mi trabajo es exigente y debo estar todo al día estar inundado en planos y las demás cosas me agobian.

Fui a una pizzería a comer una pizza margarita; la quería simple, para una mejor digestión, y puse mi tubo portaplanos en el asiento contiguo de la mesa y mis lentes de ver cerca mío para comer y concentrarme en comer aquella pizza rebosante de queso. Estaba caliente y humeante, y por un momento me olvidé de todo.
Comí aquella pizza con sabor especial; era barata, pero mi estómago me lo agradecería, y luego de transportarme a otro lado, no sé a dónde, al mundo de las pizzas exquisitas, y beber un jugo de melón, pagué, agarré mis lentes y me fui.
Tenía que ir a un lugar específico para llevar una cosa, y llegué al lugar donde se requería algo importante, y como un idiota llegué hasta donde estaba el ingeniero que me esperaba a mí con el tubo, y lo saludé y me puse a hablar de la mañana ajetreada que había sufrido el día de hoy, y el ingeniero me veía con cara de esperar algo, y yo con cara de querer tomarme un café negro que se estaba tomando el capataz, hasta que el ingeniero me pregunta:
— ¿Y los planos?…
Antes de poder tomarme el cafecito negro que me dio el capataz en un vaso desechable pequeño, me quedé frío con la mirada puesta en la nada y puse el café en un muro y me llevé la mano a la cara asombrado de mi propia torpeza.

Si todo el día ese plano me había traído sobresaltos y algunos problemas con los otros compañeros debido al estrés y la urgencia de ellos, y yo estaba ahí parado como un badulaque, hablando tonteras y bebiendo café que no pude tomar, me sentí un torpe, un tonto.
La pena con el ingeniero fue grande y ahora buscar donde había olvidado los planos, busqué dentro del carro e hice un recorrido mental de dónde estuve yo, y regresé al trabajo busqué por todos lados en la oficina y no lo encontraba y hablé para que me ayudarán a buscar ni la secretaria encontró nada, ¿qué hice yo con esos planos tan importantes que nos saco canas verdes de tanto hacer cambios y arreglos por capricho del cliente que nos mando hacer el edificio?
Después de ese lapso de tiempo que tuvimos paralizados esperando que salgan los nuevos permisos del ayuntamiento y demás cosas para que la constructora pudiera proseguir con el edificio, ahora yo vengo y pierdo algo tan valioso como esos planos.
Estoy hecho un traste, me siento mal; por los cambios a esos planos yo iba a cobrar extra, y ahora sin tiempo, sin planos, ¿qué voy a hacer? Me senté como un fracasado en mi silla, de mi oficina, pensando con la mano puesta en mi boca. “¿Esto puede hacer que me boten?" Con ese pensamiento mis ojos se abrían más. Un frío más frío recorría todo mi cuerpo, la angustia ya no era por los planos sino por mi puesto de trabajo.
Me sentía un perdedor. Tenía la mirada puesta hacia el frente, hacia la nada, porque si era lo que veía, una gran nada, había muebles ahí de recepción y un matero con una mata de adorno, pero yo veía era la nada. No me ahorcaba de broma.
Cerré mis ojos y me puse la mano para sostener mi frente, y mis dedos cubrían mis ojos dando un poco de oscuridad, y lentamente fui recordando que me fui con los planos en la mano a comer en la pizzería y puse el tubo portaplanos en una silla contigua en mi mesa, y mi estómago saltó no de alegría sino de susto; alguien puede sentarse a comer y llevárselo sin saber para qué sirve y botarlos por ahí.
De un salto ya estaba saliendo de la oficina y dirigiéndome al ascensor corriendo, sin importar que me vieran los compañeros y los que aún estaban bravos conmigo por la pérdida de los planos. Llegué a la pizzería y busqué en mi mesa en la silla donde los había dejado con esperanza de encontrarlos, pero no había nada.

Mi tristeza y decepción de mí mismo regresaron y la esperanza se fue, y me senté como un derrotado en la mesa justamente en la silla de enfrente de donde yo había estado sentado hace varias horas atrás. La joven que siempre me atendía se acerca con su sonrisa de siempre.
—¡Buenas tardes! ¿Qué pedirá para hoy, lo mismo de siempre o una pizza de margarita?
—¡Un tubo portaplanos para llevar!…
Respondí con una voz muy baja y una tristeza que se me salía por los ojos.
—¡Ah, señor, usted es el dueño de los planos! Una muchacha se sentó ahí después que usted se fue y los encontró y me los entregó. Los tengo guardados; ya se los traigo…
Me vino el alma al cuerpo y quedé asombrado, emocionado, e impávido de que algo tan valioso haya sido encontrado y que alguien tan generosamente, sin esperar nada a cambio, se lo entregara a la moza.

Me había salvado la vida y se lo dije:
—Gracias, mil veces gracias. Usted y la otra persona me salvaron la vida. Gracias…
Le quise dar una propina por el gesto de guardarme los planos dentro en un sitio seguro, y no quiso aceptarlo y me dijo:
—No, no se moleste en darme nada; es nuestro deber guardarles a las personas las cosas que se les queden y devolvérselas. Se lo debe a la muchacha que fue la que me lo entregó.
—Yo le debo a las dos que el alma me haya regresado al cuerpo; estos planos son valiosos.
Me despedí feliz, parecía que había resucitado, ese tubo portaplanos negro, me lo llevé sin perderlo de vista.
Me hizo sudar frío, caliente, hasta picazón en la piel me dió, pero fue la angustia que me produjo el haber perdido algo tan valioso en el cuál trabaje tan arduamente, para venir a dejarlo en cualquier sitio.
Eso me hizo pensar que aún hay personas increíbles en este mundo, sin conocerme, sin pedir nada a cambio se lo dejó a la muchacha de la pizzería y la muchacha de la pizzería pudo haber aceptado algo por su gesto y no quiso aceptar mi dinero.

Aún hay personas tan honestas y justas en este mundo que me hacen sentir que aún se puede confiar en el ser humano. Llegué con ese tubo delante del ingeniero; se le veía en la cara un poco molesto por la pérdida de dos horas valiosas. El tiempo es dinero para la constructora y para mí también.
Proseguimos con el trabajo y esta vez no tomé café, no tomé nada; no quería distracción ni del estómago ni de sus caprichos de que si no me das algo delicado no hago digestión. Ahora con ese susto menos iba a hacer digestión.
Llegué a mi casa cansado; posiblemente sea la desesperación que sufrí en el día. Ese agotamiento no era normal; comí un sándwich y bebí un vaso de leche. Encendí la televisión tocando botones porque el control remoto se me perdió, pero no me importó; no me iba ahora a poner a buscar un control remoto.
Como la pérdida del control remoto me recordó que perdí los planos, apagué el televisor y me fui a dormir, a ver si tengo bonitos sueños y me olvido de este día, pero no de las buenas personas que estuvieron ahí por mí en la pizzería. ¡A ellas no las quiero olvidar!, a una que nunca conoceré, mi salvadora, la mujer sin rostro y a la otra que siempre me traerá una pizza de margarita.
El día siguiente era sábado; pude descansar sentado en el sofá, y buscando por las rendijas del mueble, encontré el control remoto y encendí el televisor, pero mi mente no olvidaba el día anterior, el "viernes negro." Un viernes que quiero olvidar: fue de carreras, búsqueda, y desesperación; el solo recordarlo me revuelve el estómago.
Procuro cambiar de pensamientos, pero son pensamientos intrusivos. El televisor no me distrae; salgo de la casa a ver la calle en pantuflas, a ver si el cerebro cambia el chip y me deja en paz. Saludo a las personas que pasan y me conocen; son vecinos míos, y otros pasan como si no me conocieran. Eso a mí no me importa.
El lunes vuelve con su ritmo acelerado, otro día más en mi trabajo, en mi oficina, y en la tarde procuro comer cerca de la constructora para evitar torpezas, aunque esta vez no tengo nada que perder, pero la experiencia del viernes fue tan desagradable que creo que si como cerca no perderé nada y al comer en otro sitio recuerdo el rostro de la moza de la pizzería y su gentileza.




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