El Ascenso Final
Narrativa
Nunca imaginé que sería capaz de volver a Matera, Italia. Mucho menos a ese lugar en donde permanecen los restos de Vesper Lynd, a quien alguna vez amé y odié. En efecto me refiero a la primera mujer que me desarmó y no sólo en mi profesión, sino que ablandó mi corazón y a la vez me lo endureció al traicionarme.
No pasa ningún día en que no dejó de pensar en ella y su traición. Tal parece nunca aprendo la lección y lo recalco tras lo sucedido con Madeleine Swann al asumir que su pasado al que temía yacía vinculado a la organización terrorista referida como Spectre. Tal vez no un vínculo tan directo pero de que había algo, lo había o de lo contrario nunca me hubiese insistido en acudir a la tumba de Vesper para perdonarla.
Abrir mi corazón y mi mente expuso mi vulnerabilidad y de nuevo cuenta me vi envuelto en un asunto de vida o muerte, y es que no puedo confiar en nadie ni mucho menos en una mujer referida como una hija de Spectre gracias a su padre el Sr. White.
No me arrepiento de haberla abandonado en el tren, de desaparecer de su vista, pero es que ya estaba harto en ese momento que, tratándose de la segunda vez, en mi mente no podía permitirme caer una tercera vez. Tan así que ahí se lo dejé a MI6 para que se hicieran cargo de investigar a sus propios amigos. Sea lo que sea que estaba ocultando tarde o temprano la iba a consumir como pasó con Vesper.
El sólo hecho de mencionar su nombre me hizo pensar en ella, en esa primera vez en que la conocí a bordo del tren con destino a Montenegro. Nunca la vi venir, cuando menos la esperaba ella me atravesó con esa seguridad, actitud y personalidad.
Obvio que no era mi tipo, la muy astuta me dijo “inteligente”. A lo que yo respondí “soltera” porque las prefería casadas. Nos dijimos cosas tan duras y como campeones nos aguantamos cada sutil insulto. Aquella tarde me enamoré, si no mal recuerdo, había sido de las pocas veces que de verdad he disfrutado de la compañía de una mujer, y más cenando un cordero ensartado.
Cómo fue que a simple vista me midió el traje, ni idea, pero juro que esa mujer podía leerme la mente y como la aborrecí por eso, por no confiar en mí. Yo podía haberla protegido, fácil, yo la hubiera salvado, pero era evidente que no quería ser salvada, y M tenía razón. Ella hizo un trato para salvarme a mí y no me di cuenta hasta que estuve delante de su tumba. Es gracias a Madeline que al decidirme por perdonarla y dejar atrás el pasado fue cuando capté el infierno por lo que pasó ella en sus días finales, los dos porque necesitaba incluirme o de lo contrario hubiese sido como si no hubiese pasado.
Mathis sí que tenía razón en que la perdonase, a ella y a mí. Si por mi fuera me hubiese quedado horas mirando la fotografía inscrita en la lápida junto con las palabras de “Como tú eres ahora, una vez fui yo. Como soy ahora, tú serás". Me pregunto si me las habrá dedicado o estaba quizás pensando en alguien como yo, aunque lo dudo porque de seguro esas palabras las eligió mucho antes de que me conociera.

La cruda realidad era que dolía, dolía saber que jamás volvería a sostener su mano, besar sus labios o sólo quedarme sentado ahí en la regadera a un lado de ella sintiendo el abrazo del agua caliente sobre nosotros mientras le quitaba la sangre de sus dedos con mi boca. Este momento lo sigo atesorando a pesar de que pareciese que el tiempo no avanzaba por a veces sentirlo como si apenas hubiese pasado.
Éramos tan jóvenes e ingenuos en ese entonces, tan seguros de nosotros mismos, echaba de menos esos días, ese romance que al menos experimenté y volví a experimentar cuando andaba detrás de Spectre. Toda mi pasaba en destellos, y siendo curioso de que rimara con la lluvia de misiles que se dirigían a la Isla Kalsoy, cerca del faro de Kallur.
El sentimiento era igual de emocionante e incómodo que cuando me reencontré con Madeleine en su programada visita con Blofeld. Juro que ambos pudimos identificar la invasión de toda clases de sentimientos, y es que nunca dejamos de amarnos y tras descubrir la jugada sucia de Blofeld, sin duda fue un tonto en asumir lo peor de ella y todo por culpa de Vesper, porque fue más su traición lo que terminó por dañarme, no su suicidio y por un tiempo pensé que podría haberla perdonado si hubiese optado por vivir, y no me dejo opción más que seguir almacenando ese rencor y resentimiento, Madeleine estaba frente a mí, y con o sin secretos, tuve que hacer lo que no pude hacer con Vesper y fue salvarla.
Esta vez, sería yo quien moriría para que mi familia pudiese tener la vida que tanto Vesper como yo no pudimos tener. Desde la cima de estas instalaciones clandestinas en donde me encontraba, el paisaje era tan hermoso de contemplar, e incluso pacifico. No había a donde huir, no cuando yo era el veneno.
Literalmente hablando, el que yo estuviese con vida significaría que mi hija nunca estaría a salvo, y el validarlo con Madeleine diciendo que tenía mis ojos, era suficiente para saber que era verdad. Lo sabía. Ahora, más que nada, podía estar seguro de que moriría con la certeza de haber logrado lo que alguna vez deseé y no pude tener con Vesper durante esos días que pasamos juntos en el Casino Royale.

El haber experimentado un amor verdadero y tener una familia, fue suficiente sin importar que haya sido tan fugaz. Para mí se sintió toda una eternidad que me llevaré por siempre en mi corazón, y eso bastará para garantizarles todo el tiempo del mundo.
Sin palabras ni pensamientos, sin arrepentimientos o desesperación, sólo había paz y seguridad conforme la muerte me sonreía desde el cielo. Antes era cuestión de minutos, ahora sólo quedaban segundos. Dentro de mí me encontraba listo para pagar mis pecados con este sacrificio. Más que una misión, esto había sido personal.
En mi mente me despedía de Madeleine y enseguida de Mathilde porque no tenía la capacidad de articular las palabras.
“Si existe algo después de la muerte, estoy listo” expresé pensando en Vesper ante la posibilidad de quizás reencontrarme con ella.
Y sin más por agregar, sólo cerré los ojos y me dejé consumir por el fuego infernal del cual en un instante borró toda evidencia de mi existencia.

Hasta aquí llegó James Bond, aquel que dejó de existir para vivir.






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