¿Quedarse o irse?

Reseñas generales

A veces creemos que el pasado está cerrado, bien archivado, como una conversación vieja que ya no pesa. Sin embargo, basta un “hola” para que todo se mueva de lugar. Hoy las redes sociales son ese puente extraño: un canal que te conecta con gente a la distancia y, sin avisar, también con versiones antiguas de ti mismo.

Mi historia empezó así: con un mensaje de mi ex pareja, la primera relación que tuve en la vida. Habían pasado cuatro años. Yo ya no era el mismo, y ella tampoco. Volvimos a hablar con una naturalidad que rara vez ocurre con un desconocido, porque cuando alguien no te conoce, casi siempre te muestras “editado”: dices lo justo, escondes lo que crees que no va a gustar, suavizas tus defectos. Con alguien que ya te vio de cerca, en cambio, la máscara se cae más rápido.

Esa cercanía traía confianza, risas, recuerdos… pero también un límite silencioso: en ese momento, ella estaba en una relación. Yo lo respeté. Aun así, me sorprendió la apertura con la que me contaba lo que vivía: que la trataban mal, que venía cargando experiencias parecidas con otras parejas, que le costaba estar sola, que se cerraba y ocultaba cosas para “aguantar” y no perder a alguien. Yo, que ya había atravesado un proceso fuerte de amor propio, terminé en un papel raro: aconsejar a mi ex.

Le hablé de aprender a estar sola, de mirarse con más compasión, de ponerse primero sin volverse egoísta. Y mientras más hablábamos, más notaba que, aunque su vida parecía “bien” por fuera, por dentro había algo quebrado.

Con los días, sin planearlo, volvió una sensación antigua: esa llama que uno jura que se apagó, pero que solo estaba dormida. Y ahí entendí que no se trata de echarle leña sin pensar: una llama mal cuidada también quema. Un día nos vimos y bastó estar frente a frente para confirmar lo que ya venía creciendo en mensajes: la cercanía, la forma en que nos mirábamos, cómo el tiempo parecía comprimirse. Reímos, bailamos, nos molestamos como antes… y, sin embargo, el golpe real llegó después, cuando cada quien estaba en su casa.

De noche, otra vez desde una pantalla, ella escribió lo que en persona no se atrevió a decir. Y así, directo, me preguntó:

—¿Me quieres besar?

Me quedé en blanco. Se me vinieron encima el pasado, el presente y la idea de un futuro que ni siquiera sabía si era posible. Dudé… y al final respondí que sí. Le pregunté si ella quería, y su respuesta me dejó suspendido: “Siento que quiero”. Nos reímos, como quien intenta fingir que no es tan serio, y acordamos vernos de nuevo.

Desde ahí todo se volvió más cercano: hablábamos más seguido, nos mandábamos fotos del día, hacíamos videollamadas por la noche. Incluso dormimos en llamada. Hubo un día en que ella se sentía mal por su pareja y yo intenté calmarla tocándole la guitarra. Me dijo que no quería dormir sola; que no le gustaba. Y se quedó ahí, al otro lado de la pantalla, durmiéndose mientras yo la miraba en silencio. Me sorprendí sonriendo cada vez que se movía o hablaba en sus sueños, se sentía como si mi corazón reconociera algo que mi cabeza todavía no aceptaba. En mi pecho se mezclaban emociones: ¿era amor de verdad, o nostalgia? ¿Extrañaba a la persona, o extrañaba el recuerdo? No tenía respuestas; solo supe que lo que sentía era real.

Otro día nos volvimos a ver y terminamos solos en un parque: el parque del conjunto donde ella vivía, que años atrás también fue mío. Fuimos vecinos; por eso nos conocimos. Yo vivo en el conjunto de al lado y todavía puedo ver su ventana desde el mío. Volver a ese lugar fue como volver al inicio: ahí estuvieron nuestras tardes, el vóley con los amigos, la primera vez que la vi, mi primer beso, el día que le pedí ser mi pareja.

Hacía frío. Juntamos las chaquetas como si fueran una sola manta y nos cubrimos. Nos abrazamos, nos tomamos de las manos, y en esa cercanía el pasado dejó de ser “pasado”. Hablamos de recuerdos bonitos: la infancia alrededor, nosotros siendo los mayores entre tantos niños, esas escenas simples que se quedan para siempre. Luego llegó el silencio, ese momento donde nadie dice nada pero todo se entiende. Ella estaba apoyada en mi hombro; levantó la mirada, no hacia mis ojos, sino hacia mi boca. Me acerqué despacio y pasó lo inevitable: nos besamos.

No hubo incomodidad. Fue como si el cuerpo recordara la ruta. Cuando terminamos, apoyamos la frente uno contra el otro y nos reímos, sabiendo que lo habíamos extrañado. Después nos despedimos con otro beso y, al llegar a casa, volvimos a hablar por llamada. Estábamos bien… pero no todo era bonito: ella seguía con alguien y la culpa apareció. Me dijo que lo que pasara entre nosotros “se quedaba entre nosotros”.

Al día siguiente, casi no hablamos. Yo seguí mi rutina de levantarme temprano y entrenar; le dije buenos días, pero ella estuvo ausente hasta la noche. Entonces llegó el mensaje: “Tenemos que hablar”. Me explicó que había terminado con su pareja. Estaba cansada del trato, de la falta de interés, de sostener algo que la desgastaba. Me dijo que había tomado en serio lo del amor propio. Me alegré por ella. Esa noche, para acompañarla, vimos una película y traté de que no se sintiera sola.

Pasaron los días y algunas veces nos veíamos. Seguían los besos. Por momentos parecíamos una pareja: bailábamos, jugábamos, reíamos. Ella repetía que mi forma de ser la estaba “sanando”, que se sentía más vista, más valiosa, más fuerte. Así duramos alrededor de un mes. Y entonces llegó la caída, como llega siempre: lo que sube, baja.

Ella ya me lo había dicho antes: todavía amaba a ese chico. Y un día lo confirmó con una sinceridad que dolía: que lo amaba, que para ella era “el hombre de su vida”, que entre nosotros no iba a pasar nada. No más besos, no más abrazos. Pero quería que siguiéramos siendo amigos.

Ahí fue cuando la pregunta del título se volvió real: ¿quedarme o irme?

Si me quedaba, me esperaba una forma de dolor que ya conocía: estar cerca sin ser elegido, sostener una amistad donde mi corazón iba a estar siempre en desventaja. Y no era la primera vez que me pasaba: conectar con alguien que no sabe lo que quiere y terminar escuchando “necesito tiempo” o “quiero estar sola”.

Entonces me pregunté algo incómodo: “¿Por qué no me escogen?”. Se me cruzaron teorías, heridas… pero fui entendiendo algo más simple y más duro: quedarse donde no te eligen no es amor propio y el que no te escojan no es tu culpa, es que no estaba destinado. Luchar por lo que quieres puede ser válido, sí, pero también hay que preguntarse si vale el costo.

Yo podía ser feliz si me quedaba, porque me gustaba estar con ella. Y también podía ser feliz si me iba, porque ya había aprendido a reconocer mi valor. Además, me di cuenta de algo: amar bonito no es el problema. El problema no es ser detallista, ni ser caballero, ni querer de verdad. Lo que pasa es que hay personas que todavía cargan inseguridades y heridas sin mirar, y por eso se enganchan con quien les da migajas, con quien no se compromete, con quien repite patrones. Y aun así, yo no quería convertirme en lo que no soy solo para “ganar”.

También pensé: “¿Y si me quedo para ayudarla a sanar?”. Pero aprendí que sanar no es evitar sentir; sanar es atreverse a sentir de nuevo, pero con vínculos seguros y a veces nos toca en la vida sanar solos , un proceso donde uno se conoce a si mismo y se hace la preguntas mas personales que uno se puede hacer. Una cosa es acompañar y otra es quedarse a medias. Ser “solo amigos” con alguien que amas, cuando tú no quieres eso, es un veneno lento: te da una felicidad falsa, pero por dentro te consume.

Así que tomé una decisión que dolía, pero que era coherente conmigo.

Se lo dije con calma: que yo no podía ser su amigo porque la amaba; que sería un obstáculo para su proceso, y también para el mío; que yo quería seguir, no frenarme. Y me fui, no desde el ego, sino desde el amor propio.

Ha pasado un tiempo desde que no hablamos. Los recuerdos siguen ahí, claro, pero aprendí algo que me dejó en paz: su regreso fue una prueba para demostrarme a mí mismo que me amo, que puedo seguir adelante, y que la persona correcta no me va a sostener en “casi”, sino que va a elegirme de verdad. Mientras tanto uno se sigue construyéndose desde el amor, agradecido por el regreso de ella, que nisiquiera tuvo ese inicio porque no era el momento o no estaba predestinado, pero me siento tranquilo con mi decisión y eso vale mas que el dolor.

Nada reemplazará lo que se perdió. Lo vivido siempre tendrá su lugar. Pero se abrirán otros caminos… con otra forma de belleza.

 

 

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