Hamnet (2025): El dolor que engendró a Hamlet
Reseñas generalesHay películas que uno sale a defender antes de que terminen los créditos. Hay otras que necesitan días para asentarse, para que la cabeza entienda lo que el cuerpo ya sintió dentro de la sala. Hamnet pertenece a esa segunda categoría, y eso, en un panorama cinematográfico obsesionado con la gratificación inmediata, es casi un acto de resistencia.
Chloé Zhao regresa aquí a lo que mejor sabe hacer: encontrar lo trascendente en lo cotidiano. Después del tropiezo comercial y crítico de Eternals, muchos dudaban de si la directora de Nomadland podía recuperar esa sensibilidad particular suya, esa capacidad de filmar a las personas como si fueran paisajes y los paisajes como si fueran personas. La respuesta está en los primeros veinte minutos de esta película: sí, puede. Y con creces.
La historia parte de la novela de Maggie O'Farrell, quien coescribió el guión con Zhao, y eso se nota en cada decisión narrativa. Estamos en la Stratford-upon-Avon isabelina. Agnes Hathaway, curandera, mujer de instintos certeros y mirada que parece ver lo que otros no pueden, conoce a Will Shakespeare cuando él tutoriza a sus hermanastros. El flechazo es inmediato pero la película se toma su tiempo en construirlo, en hacernos creer en ese amor antes de prepararnos para lo que viene: la muerte de su hijo Hamnet, once años, víctima de la peste. Y de ese dolor, dice la película, nació Hamlet.
Lo primero que hay que decir es que Jessie Buckley entrega aquí la actuación del año. Sin discusión. Es una de esas interpretaciones que no parecen actuadas sino habitadas, como si la actriz hubiera decidido no interpretar el duelo sino simplemente tenerlo. Hay una escena concreta, cuando Agnes descubre el cuerpo de su hijo, donde Buckley emite un sonido que no es llanto exactamente, algo más primitivo, más animal, que físicamente aplasta al espectador contra su butaca. No exagero cuando digo que nunca he escuchado algo así en una sala de cine.
Paul Mescal, por su parte, tiene el papel más ingrato: hacer de William Shakespeare sin que se convierta en caricatura de sí mismo. Lo logra porque Zhao y O'Farrell tomaron la decisión inteligente de mostrar a un Will inseguro, torpe con los negocios familiares, más perdido que genial durante la mayor parte del metraje. Su grandeza llega después, como consecuencia del dolor, no como condición previa. Mescal interpreta esa transición con una sutileza que merece más conversación de la que está recibiendo.
La fotografía merece párrafo aparte. Zhao filma la Inglaterra isabelina con tierra real, lluvia real, luz natural que entra oblicua por ventanas pequeñas. No hay glamour aquí, no hay la hermosa suciedad romantizada de otras épocas de Hollywood. Todo pesa, todo huele, todo tiene una textura táctil que te ancla en ese siglo XVI con una efectividad que el presupuesto de producción no alcanzaría a explicar por sí solo. Es pura decisión artística.

Donde la película me generó más preguntas fue en su manejo del realismo mágico. Agnes tiene una conexión con la naturaleza que la película presenta de manera intermitente, con visiones y presencias que nunca terminan de definirse como sobrenaturales o como productos de su mente. Esta ambigüedad es deliberada y respeta la novela, pero en pantalla hay momentos donde esa indefinición se siente más como evasión que como misterio. ¿Qué quiere decirnos exactamente Zhao con esas secuencias en el bosque? La pregunta se queda flotando de una manera que no siempre resulta enriquecedora.
El tercer acto, sin embargo, borra cualquier duda anterior. La escena final en el Globe Theatre, con Agnes viendo Hamlet representado por primera vez, es cinematográficamente perfecta. La decisión de usar la composición On the Nature of Daylight de Max Richter, que Jessie Buckley pidió que pusieran durante el rodaje y que terminó moldeando sus decisiones interpretativas, es un ejemplo de esa feliz contaminación entre proceso y resultado que solo ocurre cuando una película se está haciendo bien. Quien haya visto Arrival o Shutter Island reconocerá la pieza y entenderá inmediatamente por qué funcionó aquí.
La Academia ha nominado a la película en ocho categorías, incluyendo Mejor Película y Mejor Directora para Zhao. Los Globos de Oro ya le dieron la estatuilla a Mejor Drama y a Buckley como Mejor Actriz. Hay algo de "Oscar bait" en su empaque, sí, hay una solemnidad de fondo que no siempre resulta cómoda. Pero el reproche es menor comparado con lo que la película consigue: hacernos sentir que el origen de Hamlet no fue la genialidad de un hombre, sino el desgarro de una familia. Eso cambia la manera en que leeremos a Shakespeare de ahora en adelante, y eso es lo que hace el buen cine: intervenir en nuestra percepción del mundo incluso después de que las luces se encienden.
8.5/10 — Una película que duele como debe doler. Buckley es extraordinaria, Zhao recupera su mejor sensibilidad y el resultado es de esas obras que el tiempo terminará ubicando donde corresponde.




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