El secreto que nunca confesaré: crónica de un viaje en el tiempo
Reseñas generalesLo que contaré a continuación es enteramente un texto de ficción.
Si lo hago pasar por real, es solo por tres motivos.
El primero: para que no dejen de leer.
El segundo: para obtener la ayuda necesaria para ganar este desafío.
El tercero —y quizá el más importante—: para que, por nada del mundo, consideren, ni remotamente, que se trata de un hecho verídico.
Nadie, en su sano juicio, creería lo que estoy a punto de relatar.
¿Entendido?
Existe apenas un rumor escrito en un pedazo de papel (extraviado, a propósito, en una biblioteca) que afirma venir del futuro, obra de un viajero en el tiempo. El manuscrito está esperando a ser hallado –por motivos egocéntricos– para revelar lo que, haciendo esta excepción, accederé a contarles. Cito: «Un ingeniero que había quedado desempleado, y, no por necesidad real sino, más bien, por no saber en qué ocupar su, tan de golpe, excesivo tiempo libre forzoso, y, de paso, para dejar de pensar negativamente, decidió jugar a que era capaz de viajar en el tiempo. Quiso Dios, el Destino, o el libre albedrío, que, tras obstinarse tenazmente en esa empresa, el desempleado ingeniero lograra su cometido. Eufórico, irresistiblemente ansioso, no quiso perder más tiempo para meditar en el asunto (acciones, repercusiones, responsabilidad) y se apresuró para realizar la primera prueba de su flamante máquina con el mismo arrebato con el que un niño destroza el empaque de un juguete nuevo para usarlo por primera vez, después de desearlo tanto.
De todas formas, algo de conciencia pareció albergar en su accionar el debutante como inventor, ya que se dispuso a realizar el primer experimento, pero con el cuidado de enviar un objeto pequeño y no por mucho espacio hacia atrás en la línea temporal. Esta medida, ciertamente, era más que todo un principio de conveniencia para su investigación y no para resguardar el contínuo espacio-tiempo, ya que pensaba que, si no incluía esa precaución, los resultados podrían ser incomprobables por él mismo. Y efectivamente estaba en lo cierto, porque lo comprobó. Paso a explicar con claridad a lo que me refiero.
La máquina constaba de escasos controles, pero uno de sus componentes clave era el instrumento que le permitía ingresar a quién la usara, una fecha y unas coordenadas geográficas de destino. Lo primero ( cómo indicar la fecha) es muy largo de explicar para que suene verosímil, y no quiero correr el riesgo de que abandonen la lectura, por un lado más bien egocéntrico, lo confieso, pero, por otro lado, desde la perspectiva ética, me aseguro de que, al omitir la explicación de lo que considero mucho más difícil de lograr, es decir, de saber cómo es posible indicarle a una máquina a qué tiempo debe ir, algo mucho más difícil de no sólo comprender sino más aún, de lograr, que indicarle las coordenadas geográficas, las cuales, como todos concemos, un simple GPS las entiende y con una muy alta precisión, me aseguro de que, al menos yo, no seré el responsable de que alguien más pueda replicar ese peligroso dispositivo.
Pues bien, como les decía, el ingeniero logró su objetivo. Luego de realizar con éxito uno de varios intentos, se dio cuenta de que, si se excedía de un márgen de unos pocos días, por alguna razón que no sabe explicar, no volvía a reencontrarse con lo enviado, quizás porque se materializaba en otras coordenadas geográficas, distintas a las ingresadas y suficientes para no saber dónde buscar el objeto enviado. Primero envió la publicación mensual de un bazar del centro.
Encuentra sobre la mesa, con fecha del año siguiente, la revistita de “Bazar complementos”. Piensa que es un error de imprenta y no le da mayor importancia y se va al trabajo. Cuando regresa a casa, la hojea apenas y luego la tira a la basura. Al poco tiempo lo despiden, y se propone lo de viajar en el tiempo.
No fue hasta que tuvo éxito con el primer objeto (un elefante de porcelana con un billete sujetado por la trompa) que recordó la revista, la fecha impresa en ella, y pensó, algo asustado, que ese fue el verdadero primer objeto en viajar, y que, de ser así, el mero acto de hojear la revista y tirarla a la basura, podría haber determinado otro futuro, en el cual decidió que el primer objeto viajero fuese diferente.
Temeroso de las inimaginables repercusiones por alterar el fluir original de los sucesos o el tiempo, se abstuvo al principio de seguir haciendo experimentos. Pero cuando el miedo cedió lo suficiente, fue recobrando el interés, casi infantil, de seguir jugando al insolente.
Leer en la sección policiales que una mujer había sido detenida por robo, y que había alegado que lo hizo porque sus hijos necesitaban comer, disparó ideas en su mente que lo llevaron a querer salvarla de esa mancha. Para ello, rastreó el nombre que el diario local publicaba de la ladrona y dio con su domicilio, luego visitó el mismo con un instrumento que lo ayudó a precisar mejor las coordenadas geográficas de la casa para que, al enviar el siguiente objeto (dinero), este apareciese dentro de su terreno, asegurando el hecho de que ella lo encuentre.
Envió el dinero. Buscó el mismo ejemplar del diario y lo abrió en policiales, leyó todos los encabezados, luego todos los cuerpos de noticias para asegurarse de que no había la menor mención a la mujer. Al parecer, había logrado evitar que esa mujer robara.
Siguió buscando en la sección policiales y ayudando a personas en problemas. Hasta que se dio cuenta de algo, algo tan evidente que quizás, inconscientemente, eligió no ver. Todos los días, a pesar de su ayuda, aparecía la sección policiales, el crimen se renovaba como Medusa. Es más, hasta era irónicamente el responsable, al salvar a algunas personas, de enviar a parar a esa sección del diario a otras que, sin su ayuda, la habían evitado. Temeroso, decidió abandonar sus experimentos.
Si, al enviar por primera vez la revista al pasado, alteró el curso original del tiempo, que derivaba en el envío de la revista al pasado, derivando, en cambio, en el envío del elefante, es posible que, de esa manera y, sinceramente sin proponérselo, haya evitado un bucle temporal, –lo cual, luego de entenderlo, lo atemorizó con la sola posibilidad de que pudiera haber ocurrido, y luego lo calmó la certeza de que no ocurrió.
Me refiero al bucle que, según la teoría, se produce si el hombre que envió la revista al pasado alcanza el momento donde la envió y vuelve a enviarla, y así indefinidamente, causando que, más o menos al mismo tiempo, su versión del pasado reciente se llene de revistitas de Bazar complementos, inundando primero su casa y, luego, probablemente, el planeta.
Pero no, eso es absurdo, piensa, haría la prueba solamente para enrostrarse a sí mismo lo absurdo e imposible de la situación. Acepta más la teoría de las líneas de tiempo paralelas que se crean al viajar al pasado, según la cual, cada vez que él enviara esa revista al pasado, crearía una nueva línea de tiempo, donde más adelante enviaría al elefante o quizá otra cosa, y ya deja de pensar porque esa teoría le resulta igual de terrible, y mejor no aceptarla tampoco si lo que quiere ahora es calmarse. Probablemente no cambió nada más que el envío de una cosa por otra, y, a la vez no, porque recién ahora, que vuelve a tomar distancia y mira de nuevo el cuadro completo, concluye lo obvio: lo primero que envió fue la revista y el elefante lo segundo.
Probable lector, como habrás adivinado, además del narrador, soy también el personaje de todo esto, el ingeniero. Es curioso cómo –sin faltar a la verdad– llamarme narrador o personaje pareciera aliviar la gravedad del asunto, aunque sea un poco. Lo real es que no es ficción y a lo sumo soy autor, narrador y personaje de una suerte de crónicas de no ficción, escondidas entre el mar de espejos que resulta esta biblioteca. Esta es mi cobarde confesión, fragmentada y escondida, para evitar que me culpen o me tilden de loco si lo cuento abiertamente y en persona.
El secreto no es que viajé en el tiempo.
El secreto es que entendí que salvar a alguien siempre condena a otro.»
¿Queda claro por qué este secreto debe irse conmigo a la tumba? Ya sé que ha dejado de ser un secreto, pero, por lo menos les pido que no salga de acá, que, como se dice en mi país, “mueran callados”. Otro pedido, aún más importante, es que ni se les ocurra pensar en crear una máquina del tiempo. Pero, si lo hacen, otro pedido más importante aún: no la usen. Y, si me desobedecen doblemente, y la usan, no toquen nada, no hablen con nadie, no interrumpan nada, y regresen lo antes posible a su punto de partida, ni más adelante ni más atrás. Y, cuando lo hagan, y sin que nadie se entere:
¡¡¡DESTRUYAN EL ENGENDRO QUE CREARON!!!


































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