Sobre una revisión de It (1990) y los cambios de perspectiva

Reseñas generales

No somos pocos los que, de niños, fuimos aterrorizados por la película It de 1990 en nuestra infancia. Algunos aún la recuerdan como una de las películas más terroríficas de su vida y como una experiencia que les generó un pánico tal que los marcó para siempre. Hay escenas concretas —como cuando los perdedores miran el libro en el baldío y una fotografía cobra vida; la escena de la ducha del personaje de Eddie; o ver la cara del payaso en la luna— que pueden ser indelebles en la mente de un niño. Todo esto se lo debemos principalmente a la excelente actuación de Tim Curry en el rol del payaso Pennywise y a la visión adaptada de la novela que propuso el director Tommy Lee Wallace.

No es la razón de este escrito ahondar en la película en sí misma —para esto pueden hallarse cientos de textos al respecto, tanto en línea como en otros medios físicos—, sino en los efectos que nos genera volver a verla ya pasado un tiempo, con más conocimientos sobre cine y habiendo perdido, en cuantía, la inocencia.

Existe, registrado en video, una entrevista al escritor argentino Ernesto Sábato en la que habla de sus relecturas de la obra Crimen y castigo, de Fiódor Dostoievski. De su prédica podemos rescatar la idea de que la percepción de una gran obra cambia no solo con la edad de quien la interpreta, sino también por valores sociológicos, históricos y relativos a temáticas ético-morales acordes a los tiempos que corren. Del mismo modo, podemos llevar esta postura al arte cinematográfico y reflejarla en nosotros, los amantes del cine, a partir de esta película.

Si vemos de nuevo It —recopilación de la miniserie en un solo largometraje que supera las tres horas— y prestamos atención a los comentarios, revisiones, confesiones y anécdotas sobre el filme, sabremos que este se aleja bastante de la obra original (una novela de más de mil páginas) y que, a pesar del éxito de la película, su incapacidad de abordar aquel monumento literario fue motivo de disgusto tanto para los fans de Stephen King como para el mismísimo King. Podemos notar, al ver con mayor cuidado la cinta, que los efectos especiales fueron impresionantes para la época, pero hoy parecen irrisorios, especialmente las prótesis de plástico o goma utilizadas para manos o rasgos de deformidad en los rostros. Si hemos leído a autores como Joseph Campbell, es evidente que la historia de los perdedores cumple casi al pie de la letra los doce pasos del viaje del héroe, sin variaciones, y que los personajes son entrañables porque resultan bastante cliché y poseen personalidades marcadas, como si cada uno cumpliera un rol específico diseñado para un único fin —sin contar que responden a los arquetipos clásicos que se le achacan a Stephen King en buena parte de su obra—.

Por otra parte, si bien la trama del filme es buena, es posible que el espectador sienta que el payaso Pennywise es un tanto cobarde, o que disfruta más de asustar que de asesinar y comer niños, lo que nos hace dudar de su condición como amenaza real, puesto que las muertes de los personajes secundarios ocurren fuera de escena; existen varios comentaristas en foros que juegan con listas de «formas de vencer al payaso Pennywise con artículos hogareños» y sus justificaciones parecen convincentes. Si le tenemos miedo al payaso del filme es, como dijimos al principio, por la actuación de Tim Curry y por la impresión que nos provoca la imagen terriblemente degenerada de un ser humano que debería transmitir alegría (razón central de la coulrofobia). En cuanto a las temáticas, podemos pensar que la obra intenta abordar más asuntos de los que puede desarrollar y que su presencia le da cierto color a la narrativa, pero no los explota porque no puede: el alcoholismo, la sobreprotección, la violencia intrafamiliar, la depresión, la culpa, la imagen corporal, el abuso físico y psicológico por parte de compañeros de escuela, por mencionar algunos, y cómo estos se extienden hasta la adultez.

En consonancia con lo anterior —temas de la vida real que darían mucho material para trabajar en un filme—, no hay que olvidar que hablamos de una película en la que un extraterrestre con poderes imposibles de describir y que parece inmortal se disfraza de payaso para asustar a niños cada veintisiete años —guarismo cuya razón no queda del todo clara—. Ese mismo ser, parcialmente vencido por un pedazo de metal disparado por una resortera y por el poder de la valentía y la amistad, será perseguido por los ahora adultos a quienes aterrorizaba, en una burda forma de terapia de shock, a fuerza de buscarlo por viejas alcantarillas, ya que éste no puede esconderse en otro lugar. Si todo esto suena ridículo, ni hablar del final de la película, del cual no discurriremos, pero que trasgrede cualquier parámetro de sentido y coherencia, y que invitamos al lector a explorar por otros medios.

 

Sin embargo, aquí se encuentra el centro de este escrito: al ver la obra comprendemos que esta no cambió; somos nosotros, los amantes del cine, quienes cambiamos. Ganamos experiencias y conocimientos, podemos apreciar nuevos detalles (el uso de la palabra «nuevos» se acerca a un oxímoron), distinguir la realidad de la ficción y transitar otra etapa de la vida. Esa transformación personal altera la intensidad y el sentido con que la obra nos afecta, hasta llegar a una apreciación más profunda que la original. En lugar de destacar errores o desventuras, podemos resaltar sus aciertos y pensarlos desde una nueva perspectiva. Por ejemplo, la miniserie dura tres horas, pero no se sienten como tales porque, incluso en su posible ridiculez argumental, no deja de ser entretenida y nos impulsa a querer saber qué sucede con esos personajes tan particulares. Notamos que la banda sonora sigue siendo consistente a la fecha: utiliza sonidos distorsionados que anticipan el horror o acompañan a la perfección un sobresalto, y demuestra que la música de carnaval puede ser tenebrosa cuando se la asocia al rostro de Pennywise interpretado por Tim Curry; no toda obra logra ese cometido. Podemos decir que el no abordaje profundo de las temáticas realistas antes mencionadas tiene como finalidad, justamente, no desarrollarlas, sino utilizarlas como artificios simbólicos que vinculan la niñez con la adultez, la importancia de la amistad y su persistencia en el tiempo, la prevalencia del amor como fuerza motriz para seguir adelante y la relevancia de la valentía para enfrentar aquello que tememos, muchas veces abstracciones de la cotidianidad que parecen creadas para asustarnos.

Si observamos los vestuarios, los carteles, las tomas urbanas, las etiquetas, los tipos de automóviles y demás elementos de utilería en It, estos funcionan como marcas claras de una época que ya pasó, exhibiendo el encanto de las producciones de los años noventa que intentaban recrear tiempos pasados. Se percibe un cuidado particular en las elecciones y los detalles en escena: se optó por reducir al mínimo lo digital y apostar por lo práctico y lo mecánico para impresionar. Todo esto juega con un factor clave: la nostalgia de «tiempos mejores» del cine, más atravesados por la maestría de un utilero o de un especialista en efectos especiales que por el uso intensivo de pantallas verdes y efectos digitales de posproducción. En definitiva, se advierte un esfuerzo por empatizar con el espectador y por asustar desde lo visual y lo material, algo que hoy quizá se ha perdido un poco.

El cine —y toda obra de arte en general— no existe en una burbuja estática, sino en un diálogo constante con el tiempo y con la percepción de quienes lo valoran. El paso de los años modifica nuestro bagaje conceptual y emocional, y altera nuestros criterios estéticos. No es extraño que un libro que nos pareció apenas entretenido en la adolescencia se convierta, décadas después, en una lectura reveladora. O que, en nuestro ejemplo, una película que nos resultó terrorífica en su estreno hoy nos conmueva o incluso nos cause gracia al recordar cuán fácil era asustarnos. Quizá eso nos arranque una sonrisa afectuosa hacia la cinta y hacia el niño interior que alguna vez fuimos.

 

Este fenómeno no es solo anecdótico; tiene raíces en la manera en que la crítica y la apreciación artística se transforman históricamente. Cada época relee las obras a la luz de nuevos marcos conceptuales y sociales, reinterpretando su significado con el tiempo, aunque no debemos olvidar que estas reinterpretaciones son impulsadas por las voces más relevantes —o más vociferantes— del campo especializado, que no siempre son las mismas. Desde una perspectiva filosófica del arte y la literatura, la crítica no solo evalúa una obra, sino que la reinterpreta constantemente, situándola en contextos que no existían cuando fue creada. Roland Barthes, en su influyente ensayo La muerte del autor, sostiene que el significado de una obra no está fijado por la intención original del creador, sino que permanece abierto a múltiples interpretaciones por parte de cada lector o espectador. Este proceso no solo enriquece nuestra relación con la obra, sino que puede hacer que nos guste más con el tiempo. Quienes volvemos a ver It de 1990 sentimos que aquello que era terrible ya no lo es, pero nos obliga a repensar qué era lo que nos asustaba entonces y a reencontrarnos con el terror como género.

Por eso, la crítica y la apreciación artística no se agotan en una primera lectura o visionado; estamos convencidos de que It (1990) puede ser un excelente ejemplo de este fenómeno. Para los amantes del cine, el séptimo arte nos acompaña desde la niñez, y nuestra percepción de él es una conversación que se renueva con cada etapa de la vida, creciendo como crecieron los personajes de la obra —y, por qué no, creciendo junto a ellos—. Lo que fue un hito en un momento puede significar algo completamente distinto años después, y eso, lejos de ser una contradicción, es una de las virtudes más hermosas del arte: su capacidad de crecer con nosotros.

Si usted, querido lector, vio It de 1990 en su niñez y le causó espanto, lo invitamos a verla nuevamente. Se encontrará con una obra extraña y renovada, cuidada incluso en sus imperfecciones, bien actuada y capaz de recordarle quién fue usted años atrás. Esperamos que, como a nosotros, lo enamore otra vez del género de terror, ese que ya no da tanto miedo.

 

 

Escrito por Marcos Emanuel Pelosso

27/01/2026

Comentarios 6

F
fedman31 de enero de 2026
Se inspiraron en John Gacy.
R
Railin Sano29 de enero de 2026
muy buen articulo
S
Sanabria 66629 de enero de 2026
El artículo propone una lectura madura y honesta de It (1990), alejándose de la nostalgia ciega para reflexionar sobre cómo cambia nuestra percepción del cine con el paso del tiempo. Con referencias literarias y filosóficas bien integradas, el texto analiza aciertos y limitaciones de la miniserie sin caer en el desprecio fácil, destacando el peso de Tim Curry, la nostalgia noventera y el valor simbólico de sus temas. Más que una crítica a la película, es un ensayo sobre el espectador que crece y reaprende a mirar. Reflexivo, claro y afectuoso, logra trascender el objeto analizado.
E
elalesound29 de enero de 2026
Uf! ahora, la tengo que ver de vuelta...
J
John-11728 de enero de 2026
Me gustó mucho leerte porque se siente que no hablas solo de una película, sino de tu propia memoria, de tu infancia y de cómo el tiempo cambia la forma en que miramos el mundo. Hay una melancolía muy honesta y una reflexión madura que nace de alguien que ama el cine y que piensa lo que ve. Tu texto no es solo crítica: es autobiografía intelectual. Felicitaciones, porque logras que It sea un espejo de crecimiento personal, no solo una obra de terror.
A
Angelo Pelosso28 de enero de 2026
Muy bueno!! este artículo no intenta demostrar que It es buena o mala, sino explicar por qué ya no nos da miedo y por qué eso también es hermoso.

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