"Una batalla tras otra": revoluciones oxidadas y la utopía del futuro incierto

Reseñas generales

La historia de la humanidad puede leerse como una serie de sacudidas que interrumpen la quietud del plano fijo, como si alguien moviera la cámara para recordar que nada permanece estático demasiado tiempo. La Revolución Neolítica fue el primer gran giro: dejó atrás el nomadismo y apostó por la agricultura, inaugurando un travelling lento pero decisivo que encendió a las civilizaciones y organizó el trabajo colectivo. La Revolución Francesa llegó como un montaje brusco y necesario, decidido a derribar a la monarquía y los privilegios heredados, y afirmando con ruido y sangre la idea de que la soberanía podía residir en el pueblo. La Revolución Industrial transformó el decorado por completo: fábricas humeantes, ciudades desbordadas, cuerpos convertidos en engranajes, y el capitalismo arrancando como una máquina poderosa que multiplicó la producción, pero también profundizó desigualdades y concentró riqueza.

Las revoluciones independentistas atravesaron continentes a partir del siglo XVIII para terminar con el saqueo de las potencias europeas. En toda América, del Norte al Sur, rompieron el vínculo colonial y ensayaron proyectos de emancipación que buscaron, con distinta suerte, traducir la libertad política en justicia social. En África la descolonización avanzó más tarde pero con la misma urgencia, reclamando el derecho a decidir sobre tierras con fronteras inventadas por los invasores y destinos largamente explotados, un saqueo de recursos que se convirtió en el mayor genocidio de la historia con la esclavitud, al igual que había sucedido en América con la exterminación de los pueblos originarios de estas tierras.

Luego, el siglo XX propuso su trilogía socialista: la Revolución Rusa, la China y la Cubana compartieron una misma lógica de ruptura, con masas organizadas, líderes como Fidel Castro, Ernesto “Che” Guevara, Vladímir Lenin y Carlos Mar o Mao Tse-Tung, surgidos de la lucha y la promesa de que la historia podía ser tomada por asalto para reducir desigualdades y redistribuir el poder. De Petrogrado (hoy San Petersburgo) a Pekín y la Sierra Maestra, la cámara acompañó a obreros, campesinos y barbudos revolucionarios convencidos de que el futuro no debía esperar, aunque el montaje posterior —marcado por tensiones, burocracias y derivas autoritarias— complejiza el destino final de ese impulso original.

Como en una buena película de corte político, toda revolución comienza con una energía colectiva difícil de detener, atraviesa un desarrollo conflictivo y deja un final abierto que se discute mucho después, cuando los créditos ya corrieron y la pregunta persiste: ¿qué parte de esa promesa de emancipación logró, efectivamente, llegar a la pantalla grande?

A fines del siglo pasado, mientras el sur de nuestro continente se llenaba de sangrientos dictadores manipulados como títeres desde el Norte, en los mismos Estados Unidos la agitada década del 70 plasmó su espíritu revolucionario a través de los movimientos contraculturales. De esa resistencia interna nacieron dos corrientes que funcionarían como un virus dentro del mismo sistema: el hippismo anti guerra de Vietnam, que promovía la paz, libertad sexual, la psicodelia y la apuesta por una vida más artística y espiritual en armonía con la naturaleza; y el Black Power que brindó el marco social para que las comunidades de afrodescendientes atacaran con firmeza los vestigios de la esclavitud y la segregación racial a través de figuras emblemáticas como Malcom X y Martin Luther King.

Y aquí llegamos al momento donde transcurre la historia de nuestra última entrega del año. En los hijos de los hippies y las Panteras Negras, y en la novela “Vineland” de Thomas Pynchon, está inspirada “Una batalla tras otra”, la última joya de Paul Thomas Anderson, once veces nominado al Oscar y el único director en ganar el premio mayor de los tres grandes festivales europeos: Cannes, Venecia y Berlín. Es la segunda adaptación que Anderson hace tomando como fuente una novela del misterioso escritor de Long Island, la primera fue “Vicio propio”. En lo personal, es la película que más me gustó en este 2025. El director californiano, responsable de grandes filmes como “Petróleo Sangriento”, “Magnolia”, “Boogie Nights”, “The Master”, “El hilo fantasma” y “Licorice Pizza”, entre otras, le da una vuelta de página a esos movimientos con una dosis de ironía brutal personificada en los herederos de aquellas ideas y sus hijos en el siglo XXI.

¿Cómo se puede ser revolucionario en este tiempo? ¿Cómo envejecieron aquellas ideas de igualdad y libertad en la era digital? ¿Cuáles son sus desafíos en el presente? ¿A qué enemigos se enfrentan y de qué manera? ¿Cómo envejecieron esos mismos enemigos y cómo mutaron en el tiempo? El reparto principal de “Una batalla tras otra” incluye a Leonardo DiCaprio como Bob Ferguson, o Ghetto Pat Calhoun como era su nombre de batalla en sus épocas de revolucionario al servicio de los “75 Franceses”, un grupo paramilitar comandado por Perfidia Beverly Hills, interpretada por Teyana Taylor con una potencia sublime. El anarco grupo comando se dedica a liberar migrantes encarcelados y luchar contra la segregación y la desigualdad. Su gran enemigo es el Coronel Steven J. Lockjaw en la piel de Sean Penn. Entre sus sublimes actuaciones y una trama que no da respiro, se destaca el rol de Benicio del Toro como Sergio St. Carlos, un latino al servicio de su comunidad escondiendo migrantes en túneles e iglesias; y el de Chase Infiniti como Willa Ferguson, la hija de Bob y Perfidia. 

La película se divide en dos partes, la juventud del grupo revolucionario atacando el sistema, asaltando bancos y cuarteles, y su paso a la clandestinidad 16 años después donde la trama se centra en la relación entre el viejo Bob y su hija Willa, que viven recluidos en un bosque en medio de la nada. Los aires de rebeldía del padre se convirtieron en humo de marihuana, una vida de vagancia y paranoia. Quiere ser progre pero ya no le da la energía. Quiere estar al día con los avances de los derechos civiles pero está un poco anticuado en sus principios. Y cuando la acción lo llama a ponerse en la piel del guerrillero que supo ser, saltan a la luz todas sus contradicciones y limitaciones. Los malos del presente, en la película, son los mismos pero potenciados. Persiguen a los inmigrantes y sueñan con un mundo de supremacía blanca. Es incomprensible que esto aún exista en el mundo real.

Pensaba luego de ver la peli si es que así envejecieron los movimientos revolucionarios de los ‘70, y también en cómo debería ser hoy un grupo de resistencia antisistema hoy, si es que eso es aún posible en este tiempo de domesticación extrema y manipulación invisible del pensamiento de la sociedad a nivel global. ¿Debería ser una tecno revolución cibernética que ataque al corazón del sistema representado por los tecnócratas que nos controlan? ¿Debería ser una revolución económica que ponga freno a la concentración de la riqueza extrema? ¿Debería ser una lucha política global para poner freno a las guerras que sólo sirven para defender los intereses de las multinacionales antes de que nos dominen los robots? ¿Es posible una revolución verde en defensa de la naturaleza?

DiCaprio dice de la película: “Es increíblemente extrema. Hay personajes increíblemente defectuosos, pero creo que el hecho de que esté hablando de dónde estamos hoy en este mundo es un reflejo del extremismo. Cualquiera puede identificarse con el hecho de que nadie quiere que las familias estén separadas. Tenemos nuestras propias creencias políticas, pero esta película es un espejo de dónde estamos y en qué estado nos encontramos como país y como mundo a través del humor y lo absurdo. Y se estrena en un momento muy interesante de nuestra cultura, de nuestro mundo. No hay creencias políticas que esté tratando de imponer a la audiencia: este es el mundo en el que vivimos y vamos a dar un paseo loco con ellos”. Del Toro es más directo con respecto a Anderson: “Camina por una cuerda muy floja con respecto a lo que está pasando hoy en día con el racismo y los inmigrantes”. Personalmente, creo que “Una batalla tras otra” es un película profundamente política, pero desde la incorrección, desde la contradicción y desde el fracaso existencial de ambos bandos. Es demoledora con el presente que construimos como humanidad, pero deja abierta la ventana del mañana. 

¿Quién sabe cómo será el futuro de la rebeldía? 

Comentarios 1

L
Licano2 de febrero de 2026
Qué forma tan brillante de entrelazar historia y lenguaje cinematográfico.

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