Yiya: Otra del monstruoverso nacional

Reseñas generales


Escrito por Cristian L. Pires

Lunes 22 de diciembre de 2025

 

La historia de María Bernardina de las Mercedes Bolla Aponte de Murano, mejor conocida como Yiya Murano, la “envenenadora de Monserrat”, es un espejo retorcido de la Argentina urbana de los setenta: aspiraciones de clase, vínculos quebrados por el dinero, una teatralidad social que hacía del gesto amable una máscara. La miniserie YIYA, de cinco episodios, abraza ese espejo y lo coloca frente al espectador con una frialdad elegante. No se limita a reconstruir el expediente; intenta capturar el clima emocional que convirtió tres tazas de café en un crimen irreparable y a una mujer en figura de culto macabro. El resultado es un relato compacto que rehuye tanto el morbo como el didactismo: apuesta por la ambigüedad, por el detalle, por la tensión de lo no dicho.


YIYA se centra en una protagonista que elige la seducción antes que la fuerza, el cálculo antes que el arrebato. La serie dibuja a Yiya Murano en capas: su sonrisa como herramienta, su palabra como arma, su casa como trinchera.  La Yiya de la pantalla no busca únicamente dinero; ansía pertenecer. La pertenencia a un mundo de apariencias —vecinas bien, reuniones, porcelanas impecables— actúa como motor dramático. La ambición no se declara: se intuye en los gestos, en la manera de medir los silencios y elegir las compañías. La serie sugiere que Yiya comprende el poder de parecer frágil. La fragilidad —vestuario sobrio, ademanes contenidos— funciona como coartada simbólica. Es un personaje que entiende el teatro social y lo convierte en estrategia.
 

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Julieta Zylberberg como Yiya Murano

En lugar de subrayar la maldad, la narrativa elige mostrar una ética resbaladiza. Yiya negocia consigo misma: relativiza, reescribe, ensaya explicaciones. La serie no la absuelve, pero evita la caricatura; la muestra como alguien que racionaliza su necesidad hasta el borde de lo criminal. Más allá del hecho, el veneno es metáfora. En el universo de YIYA, el veneno es lo invisible que altera el vínculo. A la protagonista le basta con insertar una duda en el gesto más cotidiano —una taza, una visita— para transformar lo doméstico en peligro.

Precisión y tensión contenida


El reparto entiende que esta historia se sostiene por la tensión subcutánea. Nadie grita cuando puede sonreír. Nadie acusa cuando puede insinuar. La dirección apuesta por actuaciones de bajo voltaje visible, que, sin embargo, acumulan electricidad interna.
La interpretación de Yiya oscila entre dos estados —la anfitriona cálida y la estratega imperturbable— sin que la transición se vuelva abrupta. Es una actuación que construye su fuerza en las pausas, en las miradas que se sostienen un segundo más de lo normal, en el modo de sostener una taza con una delicadeza que, de pronto, inquieta.


Las amigas no son meros peones del relato criminal. Cada una tiene un ritmo, una forma de estar en el mundo: una más confiada, otra más prudente, otra más orgullosa. Esta diferenciación aporta densidad emocional; el espectador no asiste al “hecho” sino al desgarro concreto de vínculos tejidos en años.

Yiya Murano - Wikipedia, la enciclopedia libre
Yiya Murano “La envenenadora de Monserrat”


Jueces, familiares, vecinos, periodistas: el mundo alrededor opera como un coro que modula la culpa y la sospecha. Las actuaciones secundarias funcionan como fuerzas centrífugas que empujan a Yiya hacia la exposición pública, y fuerzas centrípetas que la atrapan en su propio relato. Hay una apuesta por la economía del gesto. La contención evita el melodrama y favorece la lectura activa del espectador. La serie confía en que entendemos más por el roce de una mano que por una confesión vociferada.


La miniserie es rigurosa en la materialidad del mundo que presenta. La puesta en escena no es ostentosa, pero sí meticulosa: construye la época y, al mismo tiempo, la convierte en atmósfera emocional.


Los departamentos de barrio —pasillos angostos, cocinas pequeñas, comedores con muebles pesados— se filman de modo que el encuadre parezca acortar el aire. La intimidad deviene claustrofobia. El hogar, tradicional refugio, se transforma en escenario de sospecha.
Predominan tonos apagados, marrones y verdes cortados, iluminaciones que parecen caer desde arriba y encuadres cerrados. La luz nunca es frontalmente cálida; es funcional, puntual. Esta elección plástica acompaña la idea de un veneno que opera sin ruido, que oscurece y no exhibe.
Tapados, carteras, manteles, vajilla: cada objeto habla de aspiraciones de clase y de una estética del “quedar bien” que sostiene el juego de apariencias. El vestuario y la utilería evitan el fetiche vintage; buscan coherencia. La época está sugerida por lo que rodea, no subrayada.
 La música se usa con parsimonia. El diseño sonoro apuesta por texturas: cucharitas golpeando porcelana, pasos sobre mosaico, el cierre de una puerta que suena un segundo más. El silencio no es vacío; es distancia emocional.

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Yiya Murano: Ficcion vs Realidad 

Relato compacto y progresivo


El formato breve es un riesgo calculado: la historia exige foco. En cinco episodios, la miniserie debe presentarla, tensarla, romperla y dejar residuo. Lo hace con una arquitectura que equilibra lo judicial y lo íntimo.


•     Episodio 1 — Presentación del mundo: El primer capítulo instala los códigos del barrio, el encanto de Yiya y su red de relaciones. No cae en la trampa del prólogo excesivo. Introduce el tema del dinero como pulsación de fondo y sugiere, sin decir, que el capital afectivo también puede cotizarse.


•     Episodio 2 — Fricciones y manipulación: Se tensan los vínculos. Aparecen favores, pequeñas deudas, reclamos maquillados. La manipulación no es abierta; es cortesía insistida. El capítulo abre grietas donde antes había confianza.


•     Episodio 3 — El punto de quiebre: Los envenenamientos ocurren sin regodeo. La puesta se mantiene sobria y el ritmo acelera. La serie deja que el espectador complete el horror; muestra consecuencia, no espectáculo. La investigación inicial se planta como un contrapunto de método frente al caos emocional.


•     Episodio 4 — Juicio y espectáculo mediático: La narrativa se vuelve coral. Entramos al teatro público: testimonios, cámaras, titulares. El caso trasciende el expediente y se convierte en relato nacional. El episodio trabaja el choque entre verdad jurídica y verdad social.


•     Episodio 5 — Memoria y caída: El último capítulo no busca la moraleja. Explora lo que queda: reputaciones, culpas, relatos que se fijan. La cárcel es espacio físico y metáfora: encierra y también expone. La serie elige terminar con una pregunta abierta sobre la persistencia del mito.


El formato de cinco episodios actúa como diapasón: marca tono y intensidad. No sobra ni falta, porque el foco está en la transformación de la percepción social y en el deterioro de la confianza íntima. La concisión evita rellenos y favorece un visionado con continuidad emocional.


YIYA es una serie que confía en el espectador. No corre a explicar; sugiere y deja que la lectura se complete en la mirada. El ritmo evita el vértigo, pero no el estancamiento.
 

El punto de vista oscila: a veces entramos por Yiya, otras por las amigas, otras por investigadores. Esta alternancia impide la empatía unidireccional y permite que la tensión se distribuya.

Lo que no se muestra pesa. Una puerta cerrada, una cocina vista desde el pasillo, una conversación escuchada parcialmente. El fuera de campo no es truco; es una ética del relato que evita la pornografía del crimen.
Las escenas se conectan con transiciones limpias, sin subrayado musical. El montaje administra la ansiedad del espectador: acelera cuando el relato precisa decisión, detiene cuando la emoción requiere digestión.


YIYA es una miniserie que elige el camino difícil: contar un caso célebre con paciencia, precisión y elegancia. Su protagonista está construida desde la insinuación, no desde el grito. Las actuaciones sostienen una tensión sin histeria, la puesta en escena convierte lo doméstico en una zona con filo, y el formato de cinco episodios ofrece un relato que se siente completo sin necesidad de expansión. Más que explicar a Yiya Murano, la serie la mira; más que definirla, la rodea; más que juzgarla, la contextualiza.

Pablo Rago, Cristina Benegas y Julieta Zylberberg


El resultado es un true crime que se rehúsa a ser consumo rápido de morbo. Prefiere que el veneno opere como idea: lo invisible que vuelve peligrosas las relaciones cuando la ambición, el deseo de pertenecer y la fragilidad performativa se cruzan. En tiempos en que el delito televisivo suele multiplicar capas para mantener la atención, YIYA apuesta por el corte limpio y la densidad emocional. No busca convencer; busca inquietar. Y lo logra con una serenidad que, paradójicamente, duele.

 

 

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