The Running Man (2025) - ¿La JOYA Malentendida del Año?
Reseñas generalesDesde el estreno de Carrie en 1976, la obra maestra dirigida por Brian De Palma, la relación entre el cine y el trabajo de Stephen King ha sido tan constante como irregular en términos de fidelidad. A lo largo de las décadas, su obra dio lugar a adaptaciones muy dispares, algunas muy respetuosas, pero otras abiertamente… libres. The Running Man —publicada en 1982 bajo el seudónimo de Richard Bachman— pertenece a este segundo grupo: la versión cinematográfica de 1987, dirigida por Paul Michael Glaser, tomó la premisa básica del libro para construir un espectáculo de acción con impronta de serie B, resultando en una más de las tantas películas típicas de Arnold Schwarzenegger, que, si bien posee un valor de entretenimiento al verla en la actualidad, lo cierto es que no ha envejecido del todo bien, y su fidelidad a la obra original es practicamente nula.
Casi cuarenta años después, el director Edgar Wright retoma las ideas del universo de King en su última película, The Running Man (2025), que funciona no solo como un simple remake del film de los ochenta, sino como una nueva adaptación y modernización de la novela del escritor de Maine. Wright actualiza aquella distopía televisiva y la vuelve inquietantemente contemporánea. El resultado conserva la idea central —un hombre común obligado a sobrevivir en un juego mortal transmitido en vivo— pero desplaza el foco hacia problemáticas que resuenan con fuerza hoy en dia.

Aquí, Ben Richards (Glen Powell, canalizando a su Tom Cruise interior y plantándose como una de las estrellas del momento) ya no es un militar injustamente acusado, sino un trabajador endeudado hasta el cuello, atrapado en un sistema corporativista que controla desde el empleo hasta el acceso a los medicamentos. Network, la empresa mediática que es dueña de todo hasta del gobierno, son los creadores del programa The Running Man, en el que nuestro protagonista ingresara para poder asegurar el futuro de su familia y salvar a su hija de las garras de la enfermedad. Durante un mes, los participantes deberán sobrevivir mientras son constantemente cazados por profesionales y delatados por ciudadanos convertidos en cómplices atreves de sus redes sociales. Sera la misión de Richards enfrentarse a todos los desafíos de este juego mortal y, en el proceso, al sistema podrido que lo comanda.
Hoy hablaremos de cómo Edgar Wright, a través de su The Running Man, lleva su filmografía hacia territorios más maduros, al mismo tiempo que dialoga de forma directa con el presente de nuestra sociedad y anticipa —con inquietante claridad— aquello que parece estar por venir… o que ya vino.
Las Malas Criticas - ¿Edgar Wright Perdio el Toque?
Edgar Wright es sin lugar a dudas uno de mis directores favoritos. Su obra es un lugar común para la "precinefilia". Cualquier “cinéfilo” que ronde mi edad, empieza a adentrarse al séptimo arte con ciertos directores, y Edgar Wright es uno que no falla para dicha iniciación, puesto que ofrece una vision artistica unica en películas disfrutables y accesibles para todos los públicos.
Desde los inicios de su acotada pero magistral filmografía, se ha permitido experimentar con los límites del medio, creando un estilo autoral característico fácilmente reconocible. Su sello es el montaje rítmico, el uso expresivo del sonido, transiciones visuales ingeniosas, un manejo del tono ideal entre la acción y la comedia, y en general, una fuerte conciencia cinéfila que le permite presentar cada recurso formal en su maxima expresión y siempre al servicio de lo que quiere contar.

Luego de su debut cinematográfico con el western paródico A Fistful of Fingers (1995), Wright no tardaría en ganar notoriedad con el estreno de su segunda película, la icónica comedia de Zombies Shaun of the Dead (2004). Aquí, Wright se daría a conocer al mundo con sus trucos habituales como el montaje ágil, o el ritmo musical de ciertas escenas, pero sobre todo demostraría un manejo perfecto de los géneros (y subgéneros) cinematográficos, orquestando un peliculón que no solo funciona como una de las mejores películas de comedia jamás hechas, sino también como una excelente comedia romántica, una divertidísima buddy movie, y una sobresaliente película de Zombies.

Es en este filme donde Edgar Wright nos bendijo al presentarnos a la dupla de actores de Simon Pegg y Nick Frost, quienes junto al director llevarían a cabo la llamada “Trilogía del Cornetto”, manteniendo la misma calidad excepcional y exploración genérica. El segundo trabajo del trio seria en Hot Fuzz (2007), otra comedia divertidísima que explora el género de la Acción deconstruyendo sus tropos y homenajeando a sus clásicos, y finalizando con The World’s End (2013), donde Wright acerca su comedia a la ciencia ficción para explorar ciertos temas sobre la madurez (que retomaremos más adelante).
En el medio realizo Scott Pilgrim vs. the World (2010), adaptación del comic de Bryan Lee O'Malley, explorando la adolescencia del personaje interpretado por Michael Cera atreves de una estética influenciada por las historietas y los videojuegos, mientras que en Baby Driver (2017), una de mis películas favoritas de toda la vida, lleva su obsesión por el ritmo al extremo, construyendo una película de acción coreografiada al compás de la música aprovechando cada pieza de su banda sonora. Más recientemente, en Last Night in Soho (2021), mostraría su faceta más oscura y estilizada, acercándose al thriller psicológico sin abandonar su frescura singular.
The Running Man (2025) marca el regreso de Edgar Wright al cine tras cuatro años de ausencia… pero no con la película que muchos imaginaban o deseaban.
La idea de que este nuevo título marca “la decadencia” de Edgar Wright se repite bastante en redes sociales, pero suele apoyarse más en una sensación de decepción subjetiva que en un análisis concreto de la película y lo que propone.
En primer lugar, muchos espectadores llegaron al film con expectativas equivocadas: esperaban una obra explosiva, llena de humor y virtuosismo formal al estilo de otros de sus éxitos, y si bien la película está cargada de estos elementos en buena medida, encontraron con una propuesta más contenida. Su sello aparece más dosificado, casi reprimido por momentos. Para muchos espectadores, esa contención se interpreta como falta de energía o inspiración, cuando en realidad, el foco de Wright aca está en otro lado. No buscar hacer una nueva Scott Pilgrim a lo comic, una nueva Baby Driver con persecuciones musicales, o una nueva comedia británica del Cornetto.
En la actualidad existe una cierta tendencia en el espectador de cine. La cultura del “hype” se apodera de nuestro criterio, y nos instaura la idea de que un artista como lo es un director de cine tiene que satisfacer todas y cada una de nuestras necesidades preconcebidas de lo que pensamos que DEBE ser su obra. Esa idea es, lisa y llanamente, errónea e incluso dañina, ya que no podemos pretender que un director, más en este caso uno joven, con una filmografía icónica pero francamente corta que puede seguir expandiéndose hacia nuevos horizontes, nos siga sirviendo siempre el mismo platillo en la mesa. En su lugar, habría que celebrar que un director tan pasional y seguro siga experimentando y haciendo lo que se le cante.
Wright a las Chapas
En este caso, la prioridad principal de Edgar Wright (en otras palabras, lo que se le canta) es ejecutar una grandiosa película de acción explosiva, como aquellas que se hacían en los 80s y 90s (véase Arma Mortal, Speed, Duro de Matar, o Terminator 2, entre otras); épocas donde el género, en su pleno auge, era respetado y utilizado en función del relato; películas en las que la pericia técnica de excelencia no solo era la moneda corriente para alcanzar la grandilocuencia, sino que era una de las tantas herramientas que empleaban los directores para contar sus historias y explorar temas que pudieran interpelar al espectador mas alla del gran espectáculo que construían. Esta es una de esas “películas de tiros”. The Running Man se mueve dentro de esa lógica y recupera ese espíritu de pleno entendimiento de la Acción como lenguaje.
La película se estructura con el mismo frenetismo con el que Glen Powell recorre las pruebas que se le presentan. La acusación de que la dirección de Wright carece de energía me parece desafortunada, teniendo en cuenta como pasamos de secuencia a secuencia con un ritmo apabullante que no te da momento a aburrirte. Wright corre a toda velocidad moviéndose entre cada situación límite y escenario particular (edificios, alcantarillas, aviones, casas llenas de trampas), metiéndonos de lleno en secuencias repletas de acción bien coreografiada y filmada. Si, ciertas decisiones de montaje se alejan de lo que hemos visto en trabajos anteriores del director, pero eso no la hace menor en lo absoluto, pues su mano detrás de la camara sigue igual de presente que nunca.
Asi que… ¿Por que este Edgar Wright se siente diferente? Incluso de manera negativa para tanta gente. El tema es que el director británico tiene una segunda prioridad a la hora de encarar este largometraje. Porque al igual que el personaje interpretado por Glen Powell nos dice en al principio de la pelicula, Ben Richards está enojado. Y Edgar Wright también lo está.
La Madurez de Edgar Wright como Director
Edgar Wright comenzó a hacer cine a mediados de sus 20s. Como tal, su crecimiento como persona se dio junto a su crecimiento como director, y es algo que se deja ver si analizamos la evolución de su cine.
Las películas que todos amamos de Edgar Wright, y las que caracterizan su filmografía, son las que tienen como eje central personajes en distintas etapas de su juventud, conflictuados de alguna manera con la adultez.
En The Running Man, el protagonista deja de ser un adulto atrapado en la adolescencia, como ocurría en Shaun of the Dead o The World’s End, o un personaje que debía regresar simbólicamente a ella, como en Hot Fuzz. Los personajes de la trilogía del Cornetto, interpretados por la dupla Pegg/Frost (quienes, además, son amigos del director desde que trabajaron juntos en la serie Asylum de 1996), encarnaban al joven conflictuado que habitaba en el propio Wright. Pero al igual que el protagonista de The World's End, Wright entendió que no podia recorrer bares con sus amigos para toda la eternidad, y habia que abandonar la idealización de un pasado que quedo atrás.
Esta idealización de la adolescencia se materializa en Scott Pilgrim vs. the World, una película protagonizada por un adolescente en toda regla, para quien el mayor conflicto vital consiste en conquistar a la chica que le gusta. El mundo que rodea a Scott funciona bajo esa misma lógica: los problemas se resuelven mediante golpizas estilizadas, todo se siente como un juego y las consecuencias parecen siempre reversibles. La puesta en escena acompaña esa mirada, transformando la inmadurez emocional en espectáculo, y haciendo del exceso formal una extensión natural de la subjetividad del protagonista.
El modelo de protagonista wrightiano cobra nuevos matices, en Baby Driver y Last Night in Soho. En ambos casos estamos ante jóvenes prometedores atrapados en una zona intermedia, suspendidos entre la fantasía y la adultez. Baby es un prodigio al volante, pero emocionalmente sigue operando desde una lógica infantil, refugiado en la música y aferrado a su pasado. A lo largo de la película, usa unas gafas oscuras cuando está envuelto en situaciones criminales, que terminan por destrozarse en el tercer acto, cuando ambos mundos ya no pueden separarse.
Eloise, por su parte, idealiza un pasado que no vivió y se deja arrastrar por una nostalgia ajena como forma de escape frente a un presente que le resulta hostil.
En estas películas de su etapa más reciente, Wright comienza a fisurar la idealización juvenil. El mundo real irrumpe con violencia y obliga a los personajes a confrontar aquello que estaban evitando, anticipando el giro definitivo que The Running Man llevará a cabo al poner en el centro, por primera vez, a un protagonista plenamente adulto.
Ben Richards, al igual que Edgar Wright, está atravesado por responsabilidades concretas de la adultez, por vínculos reales y por un contexto que no le permite margen para el error. Su conflicto no es identitario, sino material y urgente.
Es destacable como nuestro héroe no participa solo en el reality show. Los otros dos corredores que lo acompañan, Tim Jansky y Jenni Laughlin, podrían ser los perfectos protagonistas de cualquiera de las películas anteriores de Edgar Wright. Son un par de chicos inexpertos, descuidados, cancheros, a quienes se les escapan las consecuencias de sus acciones y parecen carecer de un entendimiento del contexto que los rodea. Por eso pierden; por eso Richards se alza como el único capaz de hacerle frente a este sistema, porque Wright parece haber entendido el crecimiento como la clave para la supervivencia.
Esta arista de la película también se explora mediante la participación de Michael Cera, que vuelve a ser dirigido por Wright en una pequeña aparición. Aquí, Scott Pilgrim… ya no es Scott Pilgrim, y lejos quedo el conflicto de enfrentarse a los ex novios superpoderosos de su crush. En su lugar, aquí Cera encarna, sin dejar su humor característico, a un hombre que se enfrenta a un gobierno autoritario que le quito la vida a su padre. Wright tampoco abandona su humor, pero ahora su esencia rebelde, enérgica y carismática esta atravesada por una madurez evidente que parece envolver incluso a los personajes de los actores con los que ya trabajo.
Pero Wright no tiene como inquietud solamente los conflictos generales inherentes a la adultez, sino también problemáticas particulares de nuestro mundo actual. Un mundo dominado por una empresa con una gran "N" roja en su logo, que compra todo a su paso y domina nuestras vidas con contenido. Y a la que solo Ben y Edgar se atreven a enfrentar.
Ben Richards VS Network - Edgar Wright VS Netflix

Edgar Wright absorbe el espíritu crítico del trabajo de Stephen King, pero lo trae a nuestro presente con una dosis maximizada de sátira, para hablar de un estado actual del cine, del entretenimiento y de la sociedad en general que le preocupa y le enoja a partes iguales. Wright plantea la línea que separa nuestro mundo y el mundo de la película como una extremadamente fina, demostrando así que la distopia ya la estamos viviendo.
Esa cercanía se construye a partir de un enemigo claro, aunque nunca nombrado de forma explícita. La empresa Network funciona como una condensación de los males del presente, una corporación omnipresente que controla el trabajo, el entretenimiento, la salud, la información y, en última instancia, la vida misma. Pero en su logo, en su lógica expansiva, en su capacidad para absorberlo todo, resulta difícil no leer una alusión directa a Netflix.
En las últimas semanas, la noticia de la compra de Warner Bros., uno de los estudios más antiguos e importantes de la historia del cine, por parte de Netflix, golpeo al mundo. La adquisición del estudio genera preocupación en muchos sectores de la industria y entre los aficionados al cine porque representa una concentración de poder creativo y económico en manos de una sola empresa, con una lógica orientada fundamentalmente al consumo rápido y al entretenimiento masivo. Lo que muchos consideran profundamente negativo no es solo el control sobre los contenidos, sino la transformación del cine en un producto de algoritmo y métricas, donde la creatividad y el riesgo quedan subordinados a la eficiencia, al rating y a la virilidad. Básicamente, no queremos que las próximas películas que veamos estén hechas para consumir en TikTok.
Se habla de la “muerte del cine” por una razon. Porque las cabezas de Netflix han hablado a favor de que las películas dejan de concebirse como experiencias colectivas, catalogando la idea de la sala de cine como una “anticuada”. Buscan que todo forme parte de un catálogo global, consumible al instante en tu celular o cualquier dispositivo, diseñado para captar la atención por segundos y optimizado para los datos que registra la plataforma.
La diversidad de voces y de propuestas creativas se ve amenazada cuando las decisiones editoriales dependen de un único actor que privilegia la previsibilidad sobre la innovación. El cine, como arte y como experiencial, corre el riesgo de reducirse a un conjunto de fórmulas replicables. Y el miedo propulsado por esta noticia, que se dio posterior al estreno de la película, parece haber sido profetizado por Edgar Wright en The Running Man.
La postura del director se refuerza al analizar varias de sus declaraciones, quien en distintas ocasiones se manifestó en defensa de la experiencia cinematográfica y en abierta desconfianza hacia el modelo de consumo impuesto por el streaming. En The Running Man, esa preocupación se vuelve el conflicto central. La película no solo cuestiona quién controla las historias, sino también cómo se construye la verdad en un sistema donde la imagen dejó de ser prueba para convertirse en material maleable.

En ese sentido, Wright se suma a una inquietud compartida por varios cineastas contemporáneos, visible también en títulos estrenados este mismo año como Mission Impossible: Final Reckoning: el uso de la inteligencia artificial como herramienta de poder. Sin embargo, a diferencia de la entrega protagonizada por Ethan Hunt, aquí la IA no se rebela ni adquiere voluntad propia. No hay una amenaza autónoma que busca dominar el mundo. El verdadero peligro reside en quienes ya lo dominan, y utilizan estas tecnologías de manera indiscriminada para sostener su control. Network emplea la IA para construir relatos e impulsar la posverdad, siendo capaces de falsificar grabaciones de audio y video y reescribir los hechos a su antojo en cuestión de segundos.
Paradójicamente, entre tanta acción y tensión física, son estas situaciones las que me generaron el mayor terror y frustración viendo la película. Basta con mirar alrededor para reconocer ese mismo mecanismo operando en el mundo real. Hoy es cada vez más común ver a grandes corporaciones reemplazando el valor humano por la automatización, o utilizando herramientas de inteligencia artificial para fabricar imágenes falsas, desinformar y moldear la opinión pública.
Pero el gesto de confrontación no apunta solo a Netflix, puesto que plantea una pregunta incómoda sobre el lugar del espectador dentro de ese sistema. The Running Man interpela a una sociedad que participa activamente del espectáculo. Los ciudadanos, borregos del sistema, que delatan al protagonista con sus celulares, que celebran su caída o que consumen un programa tan violento de manera tan fría como entretenimiento cotidiano, funcionan como un reflejo directo de nuestra relación con las pantallas y el contenido que consumimos en ellas.
Ese señalamiento al espectador es, quizás, uno de los gestos más incómodos y más lúcidos de la película. The Running Man entiende que ningún sistema de control se sostiene únicamente desde arriba. Network existe y prospera porque hay una masa dispuesta a mirar, a compartir, a delatar y a participar. Los ciudadanos que entregan a Ben Richards no lo hacen por obligación directa, sino por recompensa, por visibilidad o, simplemente, por costumbre. El celular se convierte en una extensión del poder corporativo, y la vigilancia deja de ser una imposición para transformarse en un acto voluntario, casi lúdico.

Wright filma este conflicto social con una rabia que deja poco espacio para la sutileza. En el tercer acto, cuando Ben Richards toma de rehén a una mujer y le muestra la verdadera naturaleza del sistema que la rodea, su personaje comienza a trazar el cierre de su arco: deja de ser solo un hombre que lucha por sobrevivir y se convierte en un símbolo de resistencia, capaz de inspirar a otros y desafiar un orden que parecía inquebrantable. En este momento, la película deja de lado cualquier ambigüedad restante que le quedara y se vuelve más directa, arrojando su mensaje de manera contundente y un tanto obvia. Pero en mi opinion, esto no debilita la película; al contrario, subraya la intención de Wright de no dejar dudas sobre lo que está cuestionando.
Lo más interesante es que este cambio hacia “la obviedad” del mensaje, también refleja la transformación de Ben Richards como protagonista. Su evolución lo lleva de un hombre común atrapado en la supervivencia a un símbolo de resistencia. Proteger la vida de su hija es su razon para confrontar a Network, pero a partir de este punto, también lo es la misión de abrir los ojos de quienes lo rodean y desafiar la narrativa que la corporación impone.
La acción física, tan bien filmada y llevada a cabo, carga un nuevo significado en este contexto. Ben Richards pone su cuerpo por el bien mayor, así como Powell y Wright ponen su cuerpo por el cine, específicamente por un cine de genero totalmente bien realizado.

En última instancia, Ben Richards gana no porque sea el más fuerte ni el más violento, sino porque rompe el juego desde adentro. Sobrevive lo suficiente como para exponer el artificio. Demuestra que el reality no es una competencia justa, que las reglas están manipuladas, que las imágenes que Network transmite son editadas, fabricadas o directamente falsas. Su victoria no consiste en derrotar físicamente al sistema, sino en quitarle credibilidad, en hacer visible el mecanismo. Ben gana cuando deja de ser “contenido”. Mientras Network intenta convertir su cuerpo en espectáculo, él insiste en existir fuera del relato que le imponen. No actúa como héroe clásico ni como mártir, sino como alguien que se niega a cumplir el rol que el sistema necesita. En una maquinaria que se alimenta de violencia, de finales cerrados y de arcos narrativos previsibles y algorítmicos, Ben introduce algo intolerable: imprevisibilidad y verdad.
Wright plantea que lo mejor que podemos hacer para sobrevivir a la distopia no es tener los músculos de Arnold Schwarzenegger, sino perjudicar al poder haciendo que pierdan el control del relato. Cuando el público empieza a dudar de lo que ve, cuando entendemos que una transmisión ya no garantiza sentido ni autoridad, el sistema se resquebraja.
En ese punto, la victoria de Ben Richards dialoga directamente con el gesto autoral de Edgar Wright. Así como el protagonista se rehúsa a ser reducido a un producto consumible, la película misma se resiste a funcionar como contenido descartable. El acto de hacer una película de genero de estas características para tratar estas temáticas, termina volviéndose un acto de resistencia ante aquello que la misma película critica.
The Running Man propone que ganar, hoy, no es dominar el sistema, sino escapar a su lógica, negarse a jugar según sus reglas y recuperar algo tan básico —y tan revolucionario— como la experiencia humana no mediada por ninguna empresa o algoritmo.











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