MÁTEME ALLÍ
NarrativaMis últimas esperanzas del año se fueron con Fue un accidente, la última de Panahi, ganadora de la Palma de Oro este año. A las salas de Colombia tampoco ha llegado el último Trier, también parte de la selección de Cannes, que espero con ansias. Desafortunadamente, para mí, no hubo algún estreno que valiera particularmente la pena resaltar este 2025. Así pues, para poder llevar la reflexión retrospectiva correspondiente para este año, prefiero darle un poco la vuelta al asunto y hablar de mi más grato descubrimiento del año, que fue Diario de Medellín, un filme de 1998 que se puede encontrar en Youtube.
Para cuando se estrena este filme, habían pasado cinco años desde el asesinato a Pablo Escobar. El hecho que pudo haber significado por algunos segundos la paz que no había conocido Medellín en varios años, solamente fue el detonante para comenzar a enseñar todos los daños culturales que había dejado la época del Cartel. Una vez muerto Escobar, comienza una disputa entre sicarios como si se tratara de quién iba a ser el patrón ahora. La gran mayoría de estos sicarios venían de los barrios París y Santo Domingo (viéndolo así, es chistoso que este sea un filme en Santo Domingo con títulos en francés).
Ese es el universo en el que nos sitúa Catalina Villar, que no pasa por alto el contexto. El contexto de sus personajes es cicatriz: bebés sin padre, madres maltratadas, etcétera. Pero este relato sobre Santo Domingo parece haber sido una excusa para contar una historia de Colombia mucho más abarcativa en cuanto a la época. Santo Domingo, como se cuenta en el filme, como muchos barrios populares de la ciudad, son construcciones relativamente nuevas, pues cuando el campo empezó a queda en el fuego cruzado entre la guerrilla y los paramilitares, muchos campesinos se fueron a la ciudad y la única opción que encontraron fue empezar a construir sus casas en las montañas.
Ese ejercicio de memoria es explícito en el filme, pues un profesor de colegio les pide a sus alumnos que interroguen a sus familiares y describan sus historias. Lo que nos encontramos a través de los personajes es que este es un país que aprendió a vivir con la herida abierta, con la muerte a cuestas y que, no obstante, tiene esperanza. Ese halo melancólico queda impreso en el filme con los chicos de la última escena (que no habían aparecido antes) que hablan sobre el miedo que le tienen a la muerte, mientras cantan “Adiós a los que se quedan/ Siempre les quise cantar/ Suerte y que la gocen mucho/ Ya no hay tiempo de llorar”. Ese trabajo retórico (como a manera de oxímoron) es extensible a toda la construcción narrativa, pues el trabajo de montaje en cuando a la estructuración de montaje, opuesto a lo que se pueda sospechar de un filme de estas características (de su insospechada sencillez), no es ingenuo. Es evidente desde el primer asesinato narrado en el filme, que se cuenta mientras vemos una imagen de Jesucristo.
En segundo lugar, todo el universo textual que hay detrás del filme. Mientras ellos escriben uno sobre su historia, otra recibe una carta de parte de alguien que dice que le deben dar dos millones de pesos si no quiere pagar las consecuencias. Mientras ellos escriben su texto, otra le enseña a su madre a leer y a escribir. Mientras ellos escriben su texto, otra nos sugiere revisar las fechas en las tumbas de los cementerios: todos son jóvenes.
La edad promedio del sicario durante la época de la guerra del narcotráfico en los 80s y 90s, parece que fue de dieciséis años. El universo que nos presenta la directora es uno construido sobre la violencia y con ella siempre alrededor. “No me vaya a matar aquí, si me va a matar, máteme allí abajo”, nos relata una mujer que tiene el rostro lleno de cicatrices por los golpes que le daba su exesposo que le quemó la casa.
El tercer elemento tiene que ver justamente con el territorio. Mientras Santo Domingo fue construido por personas que fueron obligadas a abandonar su añorado campo, después la policía amenaza con desplazarlos de allí también. Parece que no hubiera oportunidades. Con todo y que no las hay, perdura el optimismo en el joven que está haciendo una rifa para poder pagar un viaje a Roma (no lo logró).
El trabajo de Villar es bastante modesto, pero muy bien logrado. Bastante optimista, pero a veces ese es un mecanismo para poder sosportar ciertos contextos. Lo mismo parece decirnos de dios. No de dios, sino de la religión. No de la religión, sino del consuelo. Villar no dispensa consuelo con su relato, pero sus personajes no tienen de otra más que aferrarse a él.




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