Sirāt o "busco mi destino": el eterno retorno a los años 70
Reseñas generalesOliver Laxe filma en Sirāt una de las parábolas más contundentes del cine contemporáneo. El título no es casual: en la tradición islámica, el sirāt es el puente que las almas deben cruzar en el Día del Juicio, más delgado que un cabello y más filoso que una espada. La película convierte ese concepto en experiencia sensorial y existencial: el puente como metáfora misma de la vida, donde el único camino es hacia adelante, a pesar de toda adversidad y por sobre todo, incertidumbre.

El viaje de Luis, que comienza como un drama familiar, es el disparador de algo mucho más profundo y universal: la búsqueda de sentido en un tiempo post-histórico, post-utópico, como lo planteaba Friedrich Nietzsche hace más de un siglo con la muerte de Dios.
¿Qué queda después de eso? Un post-mundo en el que transitar sin rumbo, solo sobrevivir. Un movimiento perpetuo. Una rave en el desierto. La suspensión momentánea de la conciencia y la disolución de la individualidad en un mar colectivo de existencia pura.

Como el autor mencionó, hay un paralelismo que se puede trazar con el cine del nuevo Hollywood, con la caída de la utopía de los años 60. El desencanto actual remite directamente a aquel que hace medio siglo nos daba obras como Zabriskie Point, Two-lane blacktop o incluso Five easy pieces, donde la búsqueda de destino se reemplaza por movimiento inercial. No hay nuevo relato, solo vacío: la conciencia de que el futuro ya no está garantizado, que la promesa de un mundo mejor puede no llegar nunca.
Este nihilismo también podemos encontrarlo en el cine de Gaspar Noé, quien parece suscribirse a la misma visión de la juventud actual. Quizás más efectista que Laxe, más visceral, donde la búsqueda de lo sensorial es llevada al extremo a través de las drogas, el sexo y la violencia.
El final nos deja con una sensación agridulce. Los personajes se vuelven pequeñas piezas en un rompecabezas mucho mayor, en tránsito perpetuo hacia lo desconocido. Pero quizás, no sea necesariamente pesimista: la ausencia de un sentido previo también puede abrir la posibilidad de crear algo nuevo de manera consciente, sin esperar un fundamento trascendental que nos ordene, sino algo más humano.




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