Navidad en ruinas: Die Hard y el eco de un padre
Reseñas generales“El sol se ocultaba ya; y las nieblas ascendían del profundo seno de los valles… avanzaban con rapidez hacia las cumbres, envolviendo la soberbia frente de las rocas, titánicos guardianes de la montaña que habían desafiado allí, durante millares de siglos, las tempestades del cielo y las agitaciones de la tierra.”
Navidad en las Montañas, Ignacio Manuel Altamarino.
La Navidad en las Montañas
En México, y eso no ha cambiado, existe un sesgo profundo entre quienes llegaron desde el interior del país a la capital, la gran urbe que antes llamábamos Distrito Federal y hoy conocemos como Ciudad de México. Vinieron con la esperanza de vivir mejor. El trabajo en el campo es duro, y si a esto sumamos un nulo acceso a la educación, la migración era la única salida. Vivir mejor significaba, entonces, abrazar todas las bondades que una metrópoli prometía: empleo, estudio, movilidad, futuro y progreso. Pues quien podría advertirles que sobrevivir en la ciudad puede ser más aterrador que buscar ganado en la oscuridad de los cerros, que la ciudad nunca duerme y entre sus laberintos de pavimento, edificios y avenidas uno debe aprender sobre la hostilidad y tantas veces, perder la inocencia.
No pretendo reivindicar ni tampoco crucificar a esos niños-hombres, machistas y misóginos, por todo a lo que tuvieron que sobreponerse (sospecho que nunca lo sabremos), puesto lo que habita en ellos, es un corazón incapaz de dejar escapar emociones, cubierto por el hielo acumulado en tantas navidades alejados de los cerros, desiertos y montañas. Seguramente, sin tantos —o sin— abrazos, aprendieron a resistir en silencio, a endurecerse frente a la carencia y a ocultar lo que sentían por un falso halo de debilidad.
En casa no se festejaba navidad, algunas veces porque económicamente no se estaba bien, y otras porque los hijos debían aprender el ejemplo de austeridad y humildad, de lo que vivieron los viejos. La navidad se convertía en un recordatorio de lo que faltaba, más que en una celebración de lo que había.
Del campo a Nakatomi Plaza
Pero ya sean montañas envueltas en niebla, erigidas como guardianes silenciosos o edificios erigidos desde las rocas, tan orgullosos y luminosos como faros de la ciudad, me recuerdan a esos hombres endurecidos por la carencia y con la obstinación de sobrevivir.
Y así yo, aún recuerdo a mi Padre, en esas navidades frente al televisor viendo Die Hard o como se titula en México: Duro de Matar.
En 1988, el cine nos regaló una de las paradojas más memorables de la cultura popular: una película de acción que se convirtió, con el tiempo, en un clásico navideño. Die Hard, no se centra en villancicos ni en cenas familiares, sino en un hombre atrapado en un edificio tomado, enfrentando enemigos armados mientras intenta recuperar un vínculo roto con su esposa. La navidad aparece apenas como telón de fondo, un decorado que contrasta con la violencia y la soledad del héroe.
Dirigida por John McTiernan, un cineasta que redefinió el género de acción en los años 80 con un estilo visual dinámico y narrativas centradas en la tensión psicológica (Predator, 1987). El proyecto nació como una adaptación de la novela Nothing Lasts Forever de Roderick Thorp, y se convirtió en un fenómeno cultural que transformó a Bruce Willis en estrella y dio vida a uno de los villanos más icónicos del cine, Hans Gruber.

El héroe común
John McClane rompe con el molde del héroe invencible: es un hombre común, con miedo real, un matrimonio en crisis y padre de dos hijos. Su masculinidad no se mide por músculos ni por invulnerabilidad, sino por la capacidad de resistir, improvisar y proteger. Y si, hace el trabajo “sucio”, pero entiende que el heroísmo consiste en sostener a los suyos aun cuando todo parece derrumbarse.
Así es como Die Hard se convierte en metáfora de una navidad menos navideña, en una celebración marcada por la ausencia, la dureza y la lucha. Para algunos, la película es puro entretenimiento; para otros, es un espejo de lo que significa enfrentar la hostilidad del mundo con el cuerpo y la conciencia como únicas armas.
Y quizá por eso recuerdo a mi padre en esas navidades austeras, viendo a McClane resistir en la pantalla, como él resistía en silencio fuera de ella. La película no era solo acción, era un espejo de su propia manera de sobrevivir.

Si llegaste hasta aquí, ojalá puedas iluminar el artículo (a modo de regalo navideño) y poder tener más visibilidad ¡Felices fiestas!








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