¿El fascismo está vigente? Mussolini: Hijo del Siglo

Reseñas generales

Por lo general, las imágenes documentales y de archivo, más aún las relacionadas con ciertas épocas históricas, concitan una atención particular: hay algo de viaje en el tiempo, también de invocación espectral. De esos momentos históricos, los relativos a la Segunda Guerra poseen un aura rara; por ejemplo, el abundante material de aquellos años está en blanco y negro, y eso ha llevado, las más de las veces, a recrear esos años desde una misma tonalidad, a la que se responde por asociación.

Tal vez, el mismo correr de los años haya provocado una disociación extraña y no menos peligrosa, al situar imágenes semejantes en una especie de vitrina pretérita, justificada por la textura del fílmico y el sonido; rasgos, estos últimos, que suelen ser recreados desde la tecnología digital. Una huella histórica simulada.

En todo ello hay riesgos, que podrían separar a la imagen de lo que señala, perjudicando su carácter indicial. Vale decir, ¿qué impacto tienen, para las generaciones actuales, las imágenes de los campos de concentración? La pregunta sigue válida: ¿de qué manera se filma, se graba, se retrata, el horror?

En otras palabras, el estatuto de la imagen cambió; la tecnología digital, la IA, la han puesto en jaque, y abrieron el campo a otras percepciones. Por todo esto, acercarse a la recreación de determinados tiempos históricos obliga a una discusión estética. En su película más reciente, Il sol dell’avvenire (2023), el italiano Nanni Moretti la plantea, cuando detiene el rodaje de un plano, en donde un killer está por liquidar a otro, y dedica minutos extensos a consideraciones y valoraciones acerca de qué se filma y, sobre todo, a cómo se filma.

Mussolini: Hijo del Siglo (M: Il figlio del secolo), la miniserie de Joe Wright -disponible en Mubi-, debe enfrentar este dilema. Lo hace en la forma de ocho capítulos, dedicados a recorrer la conformación del fascismo y la consagración de su líder, Benito Mussolini, entre los años 1919 y 1925. Está basada en la primera de las cinco novelas de Antoni Scurati, a partir de una puesta en escena que articula realidad, verismo y artificio, en partes iguales.

Ya en su primer capítulo, el dilema entre el registro documental y la recreación queda expuesto, para que la narración proceda desde los recursos de la ficción. Una ficción que declama serlo, con Mussolini -en la caracterización notable de Luca Marinelli- “entrando y saliendo” de ella, de acuerdo con la confidencia que predica y rompiendo la cuarta pared. Es decir, este Mussolini es un tipo simpático, que habla al espectador mientras sucede la acción, sin que ninguno de los demás personajes tenga conciencia de la ruptura de la lógica narrativa.

Una disrupción que la serie se permite desde una construcción argumental precisa o clásica; es decir, Mussolini avanza en la trama de su vida desde la elección del racconto, su despliegue narrativo comienza con la caída del régimen: Wright elige, para ello, las estrictas imágenes de archivo. Muerto el tirano, renace. Como si de un fantasma ululante se tratara, la voz mussoliniana habrá de encastrar en otro rostro y cuerpo (el de un actor, el de Luca Marinelli), al que dará cuerda para la puesta en acto de todos aquellos otros episodios históricos. Ésta es apenas una de las muchas capas de sentido que el director británico conjuga en su miniserie.

Así como su Mussolini nunca dejará de tener un pie puesto en el presente -a veces con guiños inequívocos, como la frase “Make Italy Great Again”-, lo mismo hará con la música: cuando se corresponda con el momento histórico, será diegética, alguien la estará interpretando o escuchando; pero en todo lo demás, será contemporánea y temporalmente disociada (compuesta por Tom Rowlands, de The Chemical Brothers). De esta manera, la serie pareciera funcionar como una sutura entre lo sucedido y el tiempo presente, en el sentido de señalar lo ocurrido como algo no necesariamente perimido.

En su elección estética y formal, Mussolini: Hijo del Siglo podrá resultar un registro algo molesto para algunos “puristas” -nunca faltan “especialistas” en ramas varias para pedir al cine lo que ellos saben; aun cuando, por lo general, tales “especialistas” de cine no sepan nada-, pero lo cierto es que el cine es siempre recreación y punto de vista; algo que la serie lleva por momentos a una suerte de extremo. Por ejemplo, cuando grafica sobre el procedimiento de la “tortura con aceite” a socialistas, a través de una puesta en escena de objetos y marionetas, accionados desde una mano invisible, que la voz acompaña de manera didáctica.

Para el caso, la plasmación misma de las escenas violentas sugiere un procedimiento similar, pero directo y explícito: podría pensarse en un regodeo visual, las imágenes son truculentas, terribles; antes bien, la exacerbación brutal habla de una veta violenta, que ha sido liberada de su estado larvario. Es allí donde hay que prestar atención. Es decir, Mussolini es la llave que abre la puerta a los perros rabiosos, a los que tratará, en lo posible, de domesticar, y desde el juego al que obliga el escenario de la política.

Si la política es un escenario -un lugar donde la palabra es obligada-, la confusión entre ésta y la escena teatral será el umbral autoconsciente en el que se mueva la serie, con Mussolini como el eje maestro. Por supuesto, a través de otros y con otros, que son quienes le harán posible este lugar de poder, al que solo no habría podido arribar. Entre ellos figura Margherita Starfatti (Barbara Chichiarelli), su amante y biógrafa, quien lo imbrica en mundos ajenos, como el de la vanguardia futurista: momento que la serie disfruta como un as bajo la manga, con Marinetti (Stefano Cenci) obligado a escuchar el violín desafinado y sin oído de Mussolini. Mayor será todavía la gesta visual que la serie ensaya a partir de la admiración y disenso del futuro “Duce” con el poeta Gabriele D'Annunzio.

De igual modo, serán momentos de una atención diferencial los que refieren a las participaciones de Mussolini en el parlamento, así como sus encuentros con el rey Vittorio Emanuele III (Vincenzo Nemolato, todo un “rey petiso”), o el destrato con su esposa y otras mujeres. En todo caso y siempre, se respira un aire de humor malsano, que el actor Luca Marinelli exhibe desde un andar gorilesco, de gestos calculados y con un rictus bufón, que sabe dar cuenta, por síntesis, de la mirada que la serie, en su totalidad, ensaya sobre el fascismo y su líder.

El desenlace elige una resolución no menos violenta, como lo supone el asesinato del diputado Giacomo Matteotti (Gaetano Bruno). Un crimen que será un bautismo de sangre con la que se ensucien las manos muchos más, cuyo silencio será el aval que necesite el desastre que seguirá.

En este sentido, si la serie continúa o no, por ahora es una incógnita. Material hay -son cuatro las novelas de Scurati que podrían filmarse-, tal vez se reúnan nuevamente las voluntades, para lo que sería la prolongación de una de las mejores miniseries del año, filmada en Cinecittà y con los nombres de Pablo Larraín y Paolo Sorrentino entre sus productores ejecutivos.

 

Leandro Arteaga

Comentarios 1

J
Jeroo Casco1 de diciembre de 2025
Es difícil hablar del tema. Quizás necesario, sí. En mi humilde opinión se confunde fácilmente fascismo con "los partidos opositores a la izquierda". Hoy cualquier zurdo tilda de fascista a otra persona por el simple hecho de no compartir los mismos valores. Me pasó en Instagram en su momento jajajaja. Desde aquel odio sin sentido decidí alejarme un poco de siquiera pensar en política (ya sé que nos rige como sociedad y bla bla bla), y creo, me siento un poco más feliz. Saludos

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