MDP 2025: la película no se mancha
Reseñas generalesAnduve por Mardel con unos amigos. No hace falta aclarar que la ocasión que nos convocaba, más allá de la siempre vigente celebración de la amistad, era el festival internacional de cine, que este año aparentemente pasó administrativamente a manos de la intendencia de Mar del Plata, por las conocidas rencillas entre gobierno actual y anteriores políticas en torno a la finaciación del cine. La nueva gestión tiene un discurso de dos caras: por un lado, afirma públicamente que se busca recrear un festival sin contenido político y para toda la ciudadanía; por otro, en el spot hecho con IA (algo que muchos criticaron), que el festival volvió a ser de los marplatenses. Es impresionante la cantidad de publicidades de empresas locales y nacionales que se proyecta antes de cada película, incluída la presencia de la clásica cervecería Antares.
El cine siempre es cine. Vimos dos películas que estuvieron buenísimas. Muchas cosas se pueden criticar del nuevo formato de festival, entre ellas que ha perdido masividad y accesibilidad en general (las entradas están más caras y la disponibilidad de credenciales de prensa se redujo drásticamente, algo que había comenzado con el gobierno K, por una notoria caída progresiva del monto de financiación estatal). Se puede decir en favor del nuevo formato que las películas, aun siendo muchas menos, garantizan un piso de calidad. Hay un trabajo exahustivo de selección de films, dejando fuera mucho bodrio o cine excesivamente experimental. Como dijo un amigo: “era mucha falopa antes”.
La primera película que vimos fue la japonesa El templo de los gansos salvajes, de Yuzo Kawashima. Me acuerdo que es de 1962 porque hicimos el cálculo de si era anterior o posterior a Los Pájaros de Hitchcock, de 1963. Nos pareció que el simbolismo de las aves en la mente trastornada del huérfano que trabaja como asistente de un monje más viejo podía ser un homenaje a la película de Hitchcock. Si no fue a Los pájaros tal vez fue a otras anteriores del director inglés, no sólo por el oscuro triángulo psicológico que forman los personajes, sino también por el suspenso y los detalles sutiles de un universo claustrofóbico.

El personaje más interesante es Satoko, la amante del monje, que vive lo que en psiconálisis puede llamarse una “encerrona trágica”. Acorralada entre el poder de facto del monje, un burócrata a cargo de la administración de la casa de ritos fúnebres que la convierte en objeto de su goce, y el ambiguo instinto de protección, que por momentos parece deseo sexual, hacia el joven asistente, quien vive prácticamente esclavizado por el monje y oculta la intención de asesinarlo, algo que sólo ella intuye pero no quiere ver. Vivir entre esos dos polos de fuerza incontenible e irracional, intentando sostener la frágil escena de su propia existencia en una cultura hipermachista, es la fibra dramática de la película.
Merece mención aparte la fotografía. A diferencia del encuadre irreverentemente antinorteamericano de la Nouvelle Vague, de imagen sucia y tambaleante, bajo una similar vocación rupturista, los japoneses logran encuadres bellos sin dejar de subvertir las leyes de la perspectiva renacentista. La cámara puede situarse desde ángulos insospechados, fabricando planos contraintuitivos. Aun así, la economía de información visual es precisa y fluida.
Vimos otra película, no sé si mejor o peor, pero sí más espectacular: la reciente versión del juicio de Nuremberg, dirigida por James Vanderbilt, con Rami Malek (actor de moda) y Russel Crowe (más conocido por todos). De una duración de dos horas y media, lo sorprendente es que la narración se pasa volando. El trabajo sonoro del film (flashes de cámaras fotográficas, puertas de celdas que se cierran, etc.) es tan detallista que logra sumergir al espectador en los acontecimientos. Por eso y porque previamente habíamos discutido sobre el conflicto en Medio Oriente, seguí los hechos del relato ávidamente. Crowe se destaca haciendo el papel de Hermann Göring, no porque actúe extraordinariamente sino simplemente porque actúa bien. Con su presencia imponente alcanza para ofrecer el matiz siniestro del personaje. Nuremberg explota muy bien el carácter tenebroso del poderío nazi aun cuando ya lo habían perdido. La investidura libidinal de ese poder simbólico se conserva intacta en la figura de Göring, haciendo que los otros prisioneros nazis, a punto de ser enjuiciados por el tribunal internacional, sostengan la fachada de violencia discursiva.
Los diálogos son muy buenos también, así como la historia del psiquiatra Douglas Kelley, algo sobreactuado por Malek, pero igualmente interesante. Nuremberg cuenta que Kelley, quien entrevistaba a Hermann Göring, se volvió loco y dejó plasmado algo de su testimonio en un libro, al que se dio poca importancia y que este film en particular se propone rescatar.
En la versión del mismo hito histórico de Kramer del año 1961, El juicio de Núremberg, había un abogado alemán que era bastante central en el relato. Acá no sólo no aparece abogado alemán, sino que los fiscales son un norteamericano, que no podía faltar, y un inglés. Lo más inversosímil es que el inglés es quien, con el poder de la lógica y la ayuda de Kelley (quien rompe el secreto profesional para que los aliados ganen simbólicamente en la teatralización que tiene lugar dentro de la sala de juicio), logra poner en evidencia el trasfondo más irracional de la glacial argumentación del más poderoso sobreviviente de la cúpula nazi. Un inglés inteligente resuelve lo que un bienintencionado americano no puede por sí sólo. Es un movimiento raro del argumento, que quizás solo intenta ser fiel a los hechos históricos. Hay otra versión cinematográfica del mismo hito universal, estrenada en 2000, con unos cuantos buenos actores. Ya la conseguí, será cuestión de ver qué cuenta y cómo de aquellos trascendentales eventos que, como se dice por ahí, revolucionaron el derecho moderno.






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