La espeluznante metamorfosis de Frankenstein, el despertar del diablo… y el adefesio cinematográfico de G. del Toro
NarrativaDesde que tú, Dios, con tus manos perfectas creaste lo imperfecto, moldeaste el barro a tu antojo para dar a luz a una obra que estuviera hecha a tu imagen y semejanza, desde el instante en que te transformaste en espejo y te inspiraste en tu propio retrato para crear a la humanidad, desde ese primer acto de masturbación, nosotras, tus criaturas, estamos condenadas a la eterna inconformidad. Condenadas a la pregunta: ¿por qué nos creaste, Supremo Padre, si nos ibas a abandonar? Jugaste a crear y te olvidaste de nosotras, ¿acaso no te gustó el resultado? Y lo peor es que desde nuestros orígenes, este organismo vivo que es la humanidad, te hemos imitado, embarcándonos en un juego interminable de reproducción. Desde tiempos arcaicos los sexos nos hemos licuado hasta convertirnos en una sola substancia y hemos arrojado al mundo sexos nuevos que no han pedido, ni clamado, ni exigido que los concibamos. Sexos que, no obstante, se ven irremediablemente obligados a hacer parte de ese ejercito de sexos que se aniquilan en las batallas de la fogosidad y el cariño. Y que, en última instancia, son obligados a reproducirse. Aunque tu juego es exitoso en nuestro reino, lo cierto es que nunca quisimos jugar. Por lo menos nos hubieras preguntado, ¿no? ¡Hey!, ustedes, ideas perfectas, ¿quieren que las convierta en materia… en óvulos, en espermatozoides? A esa pregunta nada pudimos contestar. A la decisión, nada pudimos objetar.
En el arte, el fenómeno es todavía más extraño… ¡nada más misterioso que la creación artística! ¿Cómo surge un poema, un cuento, una novela, una obra de teatro? ¿Cómo surge una pintura, una escultura? ¿Cómo surge una película… una composición musical? No basta con exclamar, como Dios, Fiat Lux, para que surjan montañas de versos impolutos, o para que los valles se llenen de melodías extravagantes. Es necesario dividir los espacios en dos para que nazca un universo y se defina una unidad. Tal y como escribe el famoso biólogo chileno, Humberto Maturana , en su libro “De máquinas y seres vivos. Autopoiesis: la organización de lo vivo”.
1. Cría cuervos y te arrancarán los ojos.
Un creador es un criador de pájaros de mal agüero. A pesar de lo cual, sigue avanzando en pos de la creación. No le es posible frenar la velocidad, su espíritu está dispuesto a caer por el despeñadero con tal de dar origen a algo jamás imaginado.
Por cualquier amante fiel de la literatura es conocida la relación ponzoñosa que Honoré de Balzac consolidó con el café, cuyo líquido consumía en cantidades mortales, en la medida en que lo consideraba el único fluido capaz de acelerar la producción de vástagos en masa de sus dedos. El único elixir que le ayudaba a mantener en pie la arquitectura renacentista de su proyecto literario bautizado con el nombre de "La comedia humana" . Su obsesión por el café alcanzó tal grado de exageración, que llegó a comerlo en granos, por considerar que de otra manera ya no lo estimulaba. Esta droga estaba íntimamente ligada con su obsesión por la escritura, su gran amor, su gran amante, la única musa, la única mujer, de todas las que poseyó. Y a la que hubo de entregarse de los pies a las arrugas de la frente. Por la que apuró el trago amargo. En virtud de la cual se arrojó tan joven a la tumba. Hueco que él mismo decidió cavar con tal de abrazar la gloria, traducida en la grabación con sangre de su nombre en las páginas de la historia de la humanidad. Balzac no vivió por vivir, como un mortal más, su propósito siempre fue sobrepasar los límites que la cultura, la sociedad y la naturaleza le impusieron; por eso escribió infinidad de novelas con el fervor de un caballero templario. Y por esa misma razón murió a los cincuenta y un años. El tiempo a duras penas le alcanzó para valorar los frutos que surgieron de su corazón precoz, que iba a la velocidad de un tren de carga.
Esta obsesión narrativa es la única que se me ocurre a la hora de ilustrar y comprender el movimiento intestinal del proceso creativo, tan enigmático y convulso. Pero, sobretodo, a la hora de entender la psicología del científico Víctor Frankenstein, un artista de la biología (indudablemente) que se empeñó en descubrir cuál es la fuerza que mueve la brújula, la chispa que ilumina un millón de microorganismos, o, citando nuevamente al biólogo chileno, a los sistemas vivientes. En síntesis, responder a la pregunta: ¿Por qué un ser vivo es definido como tal y no como un ser muerto?, ¿cuál es la fuerza vital? Sí, la misma que hace que un vegetal germine hasta convertirse en una determinada planta. El principio dinamizador en virtud del cual el hongo crece y se reproduce esparciendo esporas; el ánima de los seres y las cosas… ese no sé qué encargado de hacer que de la fusión de un espermatozoide y un óvulo surja la más compleja de las anatomías. No cabe la menor duda de que tiene que existir esa dinamita. Ese big bang en los átomos que componen la materia.
El doctor Frankenstein, obsesivo compulsivo como ningún otro, encuentra, tras largas y feroces indagaciones, encuentra, por así decirlo, la piedra filosofal. Es entonces que presiona el botón de despegue y pone en funcionamiento la obra divina. Ahí empieza su declive, que debería ser, en realidad, su ascenso. El problema es que, de modo inconsciente, no desea más que hundirse en su ocaso, como diría el filósofo Friedrich Nietzsche.
Para robarle el fuego a los dioses fue que estos lo arrojaron al mundo. De alguna manera, también Balzac le robó el fuego a los dioses y se lo ofreció a la humanidad transfigurado en novelas. Un auténtico cuerpo narrativo capaz de respirar, ver, oír, palpar, saborear. Ambos usaron el fuego para… CREAR. Y a ambos los devoraron las aves de carroña por irreverentes. A ambos les arrancaron los ojos los cuervos, a picotazos. Esas son las consecuencias, no de raptar el fuego, sino de dar a luz.
1.2. El inconformismo sempiterno de nuestra estirpe
La inconformidad artística se erige como puente entre el Dr. Frankenstein y Balzac. Ambos intentan cazar la perfección; el primero, al escoger con suma delicadeza y criterio estético las partes de los cadáveres con las que formaría su humano. El otro, al retratar con minuciosidad las costumbres francesas de principios del siglo XIX. A pesar de lo cual, no es suficiente. Cuando el rayo provoca el levantamiento de párpados de la criatura del científico, este, aunque consternado, no siente, al contemplarla, que sea suficiente, que esté a la altura de lo que latía en su mente. Y no sólo le causa repulsión, sino que, simultáneamente, lo considera como una especie de vómito surgido de su estómago. Balzac, por su lado, no está conforme con La piel de zapa, y crea a Eugenia Grandet, y, no contento con estas dos portentosas novelas, crea después a Papá Goriot… y así, la lista se extiende a más de cien trabajos, que sólo cesaron debido a la repentina muerte del novelista. Lo cierto es que, por más que creaba, Balzac se sentía insatisfecho y juraba que todavía no había creado esa obra maestra que lo haría estallar de orgulloso e impediría que volviera a escribir una sola consonante más.
Es la misma inconformidad que el cineasta experimenta al ver las escenas filmadas de su propia película; la del pintor que se desliza con los trineos de la racionalidad sensible por el retrato que acaba de ejecutar; la del fotógrafo ante la fotografía que acaba de sacar; la del músico ante la sonata que materializó en el piano; la del cantante ante la voz que brota de sus cuerdas vocales; la del actor ante el personaje que interpreta; etcétera, etcétera. Esa sensación de permanecer incompletos, pese al esfuerzo diabólico por llenar los vacíos, es la que caracteriza e identifica a las grandes personalidades del arte, pero también de la ciencia.
¿A dónde nos conducen los trineos de la creación si no al polo norte de la desolación, la tristeza y la agonía emocional? En el fondo de nuestro SER yace la certeza de que jamás pariremos a ese hijo perfecto, hecho a nuestra medida, con el que hemos soñado desde el instante en que nos montamos en esta fragata artística y zarpamos hacia altamar.
¿No cuenta la leyenda que Gustave Flaubert se anclaba días, semanas, e incluso meses, al perfeccionamiento de un solo párrafo de esa que sería su novela cúspide, Madame Bobary? ¿No dicen que tardó diez años e escribirla, y, aún así, no estaba conforme con el resultado?
¿No dicen que la magnum opus de un hombre o de una mujer es su propia muerte? ¿No aseveran que es ahí donde se condensa lo más excelso del conjunto cadavérico de experiencias que alguna vez atravesaron sus cuerpos como sierras eléctricas?
Y ahora permítanme, para ilustrar el vacío melancólico del artista, que les comparta un párrafo de lucidez incomparable fraguado en los hornos poéticos del escritor Cesare Pavese Cesare Pavese:
Haber escrito algo que te deja como un fusil disparado, que aún se sacude y humea, haberte vaciado por dentro de ti mismo, pues no sólo has descargado lo que sabes de ti mismo, sino también lo que sospechas y supones, así como tus estremecimientos, tus fantasmas, tu vida inconsciente y haberlo hecho con sostenida fatiga y tensión, con constante cautela, temblores, repentinos descubrimientos y fracasos, haberlo hecho de modo que toda la vida se concentrara en ese punto dado, y advertir que todo ello es como si no existiera si no lo acoge y le da calor un signo humano, una palabra, una presencia; y morir de frío, hablar en el desierto, estar solo noche y día como un muerto.
¡Un párrafo demasiado Frankensteiniano!, ¿no les parece? Concentrar la energía de todas las células en una sola y suprema tarea, la incubación; sentir que en el cumplimiento de semejante misión hemos vertido hasta la última gota de nuestra tinta vital… esa sensación de haber cogido al toro encabritado por los cuernos y darle una, dos, tres volteretas en el aire como si no fuéramos humanos, cae en agonía en el momento inmediato en que asestamos al papel, al lienzo o a la piedra la puñalada del punto final. No nos envuelve ni el débil amparo de la bruma, vestigio de una noche de tormentos y tensiones, maremotos musculares y hallazgos de continentes nuevos de los que no podremos comunicar noticia alguna al planeta. Tan sólo sobrevive la reminiscencia frágil, como un cristo de porcelana, de la noche hacinada de espectros, sin luna ni aurora, que, no obstante, te hizo creer que eras monarca absoluto de los reinos de la vida. Al estar tan lejos del placer ácido que provocó el florecimiento de nuestros jardines, ahora marchitos, nos confina en el desierto lúgubre de un llanto silencioso.Y sentimos que ni siquiera, como afirma el poeta Porfirio Barba Jacob, Dios mismo nos puede consolar. Cesa de fluir la savia. Ya ningún fantasma nos asusta.
1.3. La herencia de Mary Shelley a los siglos póstumos
En lo que respecta a mi teoría, la obra maestra de Mary Shelley es más que una fábula de trescientas páginas sobre el abandono de Dios y la rebeldía de sus criaturas, que, al encontrarse en la más horrenda de las condiciones, deciden tomar venganza contra el alfarero que los concibió del barro. Tampoco es una burda metáfora del padre que no quiere responsabilizarse del hijo, sin negar que aquella negligencia constituya un pilar importante. Sin embargo, la novela de Shelley, Frankenstein, o el moderno Prometeo, va más allá: es un riguroso y poético análisis sobre el don más humano y más valioso que heredamos de nuestra madre naturaleza: el arte. La más genuina de nuestras expresiones, debido a su elevada capacidad para reunir en su seno las potencias intelectivas y sensitivas del antropomorfo, con el propósito de extraer de ellas una substancia prodigiosa, una especie de panacea que cure todas las enfermedades. Y aunque esto no se logre, lo cierto es que el arte nos empuja a vivir en los contornos de peligrosos barrancos, a habitar los acantilados, al tiempo que cultivamos y protegemos el bonsái de fuego que es el deseo. Nos invita a conservar el anhelo entrañable de saltar, besar y fecundar el vacío.
1.4. Víctor Frankenstein es un héroe, pero también un villano
La pluma excelsa de Mary Shelley nos permite visualizar, como a través de un endoscopio, la dualidad, la fragmentación que rige cada uno de los actos del hombre de laboratorio y condiciona sus comportamientos. Es necesario insistir en la afirmación de que Víctor roba el fuego, no por capricho, ni porque sea un niño curioso con ganas de hacer maldades, sino en correspondencia de un ideal de superación que, a su vez, es infundido por la filosofía natural: la filosofía de los antiguos soñadores, es decir, de los alquimistas, esos locos que experimentaron con metales de toda clase: cobre, estaño, hierro, plomo, plata, mercurio, oro, etcétera… dementes de corazón que se empeñaron en alcanzar la transmutación sin pensar en la muerte, que experimentaron con un sinfín de minerales y ácidos, mezclándolos en matraces, crisoles y alambiques, a la vez que escrutaban sus reacciones.
Esas almas desquiciadas que se atrevieron a utilizar una amplia gama de materiales orgánicos para la destilación, fermentación y cocción. Almas invocadas por Dios al descubrimiento de una medicina magna. Esos eran los alquimistas, y sus espíritus conspicuos se hospedaron en el alma de Víctor Frankenstein desde una edad temprana, recordemos que es a la edad de trece años que lee a Cornelio Agripa. En efecto, aunque posteriormente la química de vanguardia lo hizo replantearse muchos postulados y especulaciones, la esencia alquímica permaneció en él como electricidad en sus músculos cardíacos. Y fue la causa primera de que, luego de un estudio extenuante de la anatomía humana, se aventurara, por un lado, a visitar los cementerios, por otro a profanar las tumbas, y, por último, a revolcarse entre larvas y cucarachas con el designio de congregar órganos y demás trozos humanos para propagar en ellos la fuerza divina del rayo.
Nadie con cuatro lóbulos cerebrales en buen estado dudará de que es tétrico visulizar a un hombre cavando en la tierra para abrir ataúdes e importunar el sueño de los muertos; no obstante, el científico no realiza lo anterior a causa del morbo o a la perversión sexual con que sin duda lo haría el necrófago o el necrófilo. He ahí una diferencia clave entre Víctor Frankenstein y el criminal, o asesino promedio. A la hora de la verdad, el rapto de los difuntos, ciñéndonos a la lógica del doctor, está justificado en la creación de un humanoide. Su accionar está bajo la égida Atenea. En palabras de Nicolás Maquiavelo, el fin justifica los medios.
1.5 ¿Sólo un monstruo puede concebir un monstruo?
Con total seguridad es un comportamiento maquiavélico. De ahí radica la profundidad psicológica de este personaje, que siente que está obedeciendo a los mandatos de un demiurgo. Por este motivo, considero que Frankenstein no presenta un carácter monstruoso per se. No es un monstruo por naturaleza. Es, en mi humilde opinión, la víctima de un huracán de desgracias desatadas por la terquedad propia de quien juega (con la mayor de las seriedades) a crear. Abrió la caja de Pandora, no lo niego; pero lo hizo con los ojos vendados, creyendo que estaba destapando la caja de la esperanza.
2. De héroe a villano
Y, de repente, ¡alguien apaga la televisión y por diez segundos se desvanece la imagen del intrépido científico que intentó dominar con sus propias manos las anacondas de la vida y la muerte!
La pantalla cruje, da la impresión de que va a implosionar y se enciende de nuevo. Las facciones del doctor vibran, la turbación las desordena como si fueran las pastas de una sopa removidas por la cuchara del comensal. El miedo blanquea sus mejillas, el horror pinta ojeras en sus párpados y rasguña de mil formas distintas el cutis bronceado. La estupefacción se derrama cual petróleo por sus miembros. El rebelde tiene los músculos tan congelados que no puede mover ni una sola falange. El cuadro que ha creado le eriza los cabellos. No lo puede creer. Exclusivamente ahí, se pregunta: ¿qué diablo he creado? Esta escena en que la criatura luciferina despega las pestañas y mil fulgores restallan en sus pupilas, es también la escena en que, por arte de magia, Víctor Frankenstein comienza su metamorfosis. Se torna en una persona despreciable por el sólo hecho de rechazar el vástago que surgió de sus propias palmas luego de hacer erupción como sucedió con el volcán Villarica, Chile, en el año 2024.
ESTE ANÁLISIS CONTINUARÁ… mientras tanto, ¿qué te ha parecido, estimada alma lectora?
















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