La inteligencia artificial y el cine. Capitulo 97: Frankenstein: un dios eléctrico

Aspectos socioculturales

 

 

¡Por fin algo de poesía!

Porque hay películas que uno mira esperando algo.
Y también hay películas que lo miran a uno, sin esperar nada.
Como esta perla en un mundo oscuro…

La nueva Frankenstein del director Guillermo del Toro, una tormenta barroca, lúgubre, amorosa, hecha de carne y culpa,  pertenece sin dudas, a la segunda categoría de los relatos que nos observan desde adentro del mito, que nos recuerdan que la humanidad siempre ha hecho lo mismo una y otra vez: inventar criaturas, máquinas, inteligencias “artificiales” para escapar de sí misma.

Pero el bueno de Del Toro, artesano de lo sublime y lo grotesco, a la vez, entiende algo que el siglo XXI había olvidado: que un monstruo no nace, lo fabrican y que luego es tarde…

Y que entonces, toda creación —sea un cuerpo reanimado en un laboratorio decimonónico, una inteligencia artificial como la actual, pulsando en un servidor o una imagen generada en Runway— es, de algún modo, un espejo condenado a devolvernos una versión amplificada de nosotros mismos, un “objeto-lupa”.

Nos atrevemos a decir que Del Toro no adapta Frankenstein…
Lo resucita. Lo reanima. Lo inmortaliza.
Lo trae a este presente  nominal…  este mundo actual obsesionado con la eficiencia, con los algoritmos, con la promesa delirante y prometeica de reemplazar lo humano con lo “optimizado” y eficiente.
Y su criatura, torpe al comienzo y deslumbrante despues, parece decirnos:
“Esto es lo que pasa cuando creas sin asumir responsabilidad.”

Y lo que sigue es una autopsia amorosa...
Como si se tratara de un examen clínico, espiritual, filosófico y estético del film… y de nuestra obsesión contemporánea con crear vida utilizando códigos, prompts y datos.


I. La criatura como metáfora del algoritmo

Shelley vio el futuro cuando escribió su novela a los 18 años. Si. A los 18.
No el futuro técnico solamente, sino el futuro moral.
Su Frankenstein anticipa la era de los inventores que no asumen paternidades (hola Oppenheimer), de los creadores que creen que “lo nuevo” (y otra vez “hola” Mr. Elon Musk) justifica cualquier costo, de los científicos que delegan sensibilidad a cambio de conocimiento… y el poder

Eso, exactamente eso (y no otra cosa), es el drama de la IA contemporánea.

Hoy día, el cine digital, los grandes modelos generativos, las corporaciones que compiten por ver quién entrena el modelo más grande en el menor tiempo como una carrera demente para ver quién queda “vivo”, reproduciendo lo que ya existe como si fuera revelación.
Un impulso victorfrankensteiniano, pero sin el gótico romanticista que al menos otorgaba humanidad, poesía…

Y naturalmente, Del Toro refuerza esa lectura desde la puesta en escena:

Lo hace con laboratorios que parecen servidores físicos: cables como venas, electricidad como sangre.

Con el cuerpo de la criatura como dataset recombinado, ensamblado, “optimizado” por un ego sin regulación ética, una locura narcisista.

En la la tormenta como energía computacional, ese calor que las máquinas expulsan cuando piensan demasiado rápido, sin poder procesar el dolor....

No es casual ni arbitrario pues la criatura de Del Toro, lejos de ser un monstruo como hemos visto en innumerables películas del siglo XX, es la primera víctima del proceso creativo irresponsable (sin contar a Adán…).
Como un modelo generativo (IA), aprende observando, pero sin haber sido invitada al mundo.
Imita, pero sin origen ni sentido.
Habla, pero sin historia ni identidad.
Respira, pero sin propósito ni destino.

Y en esa tremenda grieta —entre lo creado y lo abandonado— el film encuentra su corazón político, su convergencia fáctica, su sistema vital.


II. El inventor ausente: el pecado original de la IA

En la película, Del Toro retrata a Victor Frankenstein como una figura brillante, obsesiva (con trauma, claro), pero cobardemente contemporánea: el creador que quiere los laureles del descubrimiento sin las cargas de la responsabilidad, como tanto genio loco, como tanto artista desinhibido..

Así suena la orquesta de la desarmonía…Lo vemos cada día en comunicados corporativos con frases que entendemos pero no comprendemos:

“El modelo ha fallado debido a sesgos no intencionales.”
“No podemos verificar el origen de los datos utilizados.”
“El sistema amplifica patrones culturales, pero no es culpa nuestra.”

Victor Frankenstein es como el primer CEO de Silicon Valley, el Sam Altman pre steampunk
Shelley —puro talento e instinto— lo sabía sin saberlo.

En la versión de Del Toro, la ausencia del creador es más brutal aún:
Cuando la criatura se enfrenta al mundo, lo hace sin guía, sin límites, sin amor, sin contención.
Como la IA desplegada sin regulación.

La película insiste en una pregunta que debería estar grabada en cada laboratorio de machine learning del planeta:

¿Qué responsabilidad tienes sobre lo que creas?

Y en este caso —como en tantos otros— no es un dilema técnico.
Es un, al fin y al cabo, un dilema moral, antropológico y espiritual. Recordemos lo que es un dilema (un poco de semántica): se trata de una elección entre dos cosas o posibilidades (di = 2), lo cual implica pensar en el mundo de las opciones y las polaridades: blanco / negro, frío / calor, vida / muerte…

Y Del Toro lo filma con mucho dolor, sentimiento, pasión.
Pero no como crítica panfletaria o moralista, sino como una verdadera tragedia griega.
Como si se tratara de un Edipo tecnológico al que se le niega el derecho a entender su origen.


III. El cuerpo imposible: monstruosidad y humanidad

Del Toro parece tener una obsesión hermosa: convertir en sagrado todo lo que la gente llama “feo” y en ese intento de sacralizar, eterniza.

Su criatura es un prodigio estético: romántica, desgarrada, casi infantil y muy por fuera de todos los “monstruos” de Frankenstein anteriores.
Arte puro, algo entre un cuadro de Goya, un grabado de Doré y un robot que aprendió a sentir demasiado tarde.

Lo que inquieta no es su deformidad ni sus heridas, sino su transparencia emocional.

El monstruo (quizás no un monstruo) en Del Toro funciona como una revolución ética:
Quien ha sido creado artificialmente expresa humanidad más pura que sus creadores.

Un recordatorio feroz de que las máquinas imitarán nuestra moralidad inevitablemente… es el destino del binomio creador – creación.
Y si no somos capaces de sentir  y ejercer responsabilidad por ellas, serán más humanas que nosotros.

“Beware, for I am fearless, and therefore powerful.”
—Mary Shelley

Y en este film esa frase late en cada plano en cada encuadre.

La criatura, traumada y solitaria, observa, pregunta, ama, odia, sufre, reflexiona pues es una inteligencia emergente, atrapada en un cuerpo incapaz de contener su sensibilidad porque está hecho de retazos.

Exactamente, de la misma forma, como la IA contemporánea: más capaz de procesar que de comprender el fuego, más veloz que sabia, más poderosa que libre y más peligrosa que cualquier cosa..


IV. El cine como laboratorio y la IA como espejo

Se me ocurre que Del Toro filma Frankenstein como si filmara una misa, con devoción, amor, con luces que parecen plegarias, con sombras que recuerdan que toda creación es un pacto con lo invisible y su permanencia.

Y aquí aparece el punto más brillante y particular: la película es un manifiesto sobre arte en tiempos de máquinas, la sensibilidad y la duda en tiempos de falsas certezas.

Del Toro toma y reconfigura un mito literario, lo reinterpreta con técnicas digitales, mezcla todo lo que está a su alcance: animatronics, CGI, diseño artesanal, fotografía con tratamiento casi pictórico, y produce un híbrido que parece decir… “La tecnología no reemplaza al artista”

Quizás también: “La tecnología amplifica lo que el artista ya es.”

Por lo tanto y como consecuencia inevitable si el creador es cobarde, la IA será cobarde.
Si el creador, en cambio, es virtuoso, la IA será herramienta virtuosa.
Y si el creador es irresponsable, la IA lo será el doble... y por lo tanto peligrosa.

El director (y filósofo indirecto) Del Toro no demoniza la técnica: la abraza pero la domestica y finalmente la subordina al alma.

El contraste inevitable con la tendencia actual del mundo—esa suerte de fetichismo por modelos cada vez más grandes y menos humanos— es brutal y espeluznante…


V. La criatura como alegoría de la industria audiovisual

El mundo es un caos. Aún mucho más que en la época de Mary Shelley. Y en nuestra industria se reflejan las locuras de la humanidad. Las grandes productoras están jugando a Victor Frankenstein. Construyen narrativas y productos sin asumir su implicancia.
Aceleran procesos sin planificación ética creando monstruos consumibles que posiblemente nos consuman a nosotros...
Replantean guiones, voces, texturas, rostros, sin pensar en consecuencias simbólicas creando nuevas entidades sin sustrato ético..

Y por ello, las criaturas —los modelos, los deepfakes, los actores digitales, los guiones generativos— empiezan a caminar y un día golpearán nuestra puerta si no es que acaso ya lo están haciendo.

En este sentido, el film de Del Toro podría proyectarse en cada sala de reuniones de Hollywood como advertencia y también como lección.

No porque sea o pretenda ser anti-tecnología sino todo lo contrario, porque une tecnología con responsabilidad, algo que en la industria actual parece una contradicción, pero claramente no lo es.


VII. La Pelicula

Y si hablamos de la criatura (ya no un monstruo) y los demás personajes de las historias, entonces hablemos también de quienes le prestan el temblor, la respiración y el pulso humano a esta anatomía imposible. 

Porque Del Toro parece no trabajar con actores sino que trabaja con resonadores cuánticos…. Comencemos con Jacob Elordi —ese cuerpo alargado, casi un Vitruvio de Leonardo Da Vinci pero  distorsionado—  que encarna a la Criatura con una fragilidad que quiebra el aire. 

Un ser que no necesita pronunciar demasiado: su propia presencia es una tesis sobre la vergüenza de existir. Oscar Isaac, como el desquiciado, apasionado y autocentrado y quizás lúcido Victor Frankenstein que  oscila entre la soberbia prometeica y la vulnerabilidad de un niño frágil que se dio cuenta demasiado tarde de que no debía jugar con fósforos en una habitación llena de gasolina. 

Y luego está Mia Goth (una diosa de la pantalla del arte), que parece salida de un grabado del romanticismo inglés, cargando una tristeza que es más antigua que el cine mismo como si en una sesión con el “más allá” se comunicara con la misma Mary Shelley. Entre los tres componen un triángulo de energía que no es dramático sino que es alquímica. 

Son reactivos de química estelar interactuando, generando calor, generando mundo.

Detrás —o más bien debajo— palpita el otro monstruo conceptual que es el diseño visual. El arte de Frankenstein está hecho con la misma precisión con la que un entomólogo fija un insecto en una placa de vidrio y la belleza de un cuentista de magia.

El departamento de producción construye no sets de filmación  sino úteros: espacios que respiran, que contienen, que laten. 

La cinematografía —firmada con esa sensibilidad casi científica hacia la sombra— convierte cada encuadre en un laboratorio emocional y dramático.

 Aquí la luz no ilumina: disecciona. Y la música, ese lamento profundamente humano que Alexandre Desplat convierte en respiración, cosecha cada escena como si fuera un punto de sutura emocional, el hilo de la narrativa, manteniendo unida a una criatura que podría desmembrarse en cualquier momento. 

Nada está puesto “porque sí”. Todo es un órgano dentro de un organismo mayor. Del Toro no solo dirige… orquesta. Y Frankenstein es, finalmente, una sinfonía de carne, cables y memoria poética.

VIII. Epílogo: la función del mito

Del Toro (aún no dimensionamos el sentido profético de su nombre…) DEL TORO relacionado con antiguas culturas, mitos, leyendas, con la tauromaquia, con los toros alados de los sumerios, con el toro como símbolo del progreso en la ciudad de Nueva York) Devuelve a Frankenstein su verdadera naturaleza, no es un relato de terror.
Es un relato y un llamado a la responsabilidad… y al amor.
Es el evangelio de la creación moderna.
Es un espejo gigantesco para una era que juega a ser dios con una liviandad de niño.

Así pues, la IA , en nuestra incipiente metáfora, no sería la criatura porque al fin y al cabo la IA somos nosotros.
Suena como nuestro eco.
Se aparece como nuestra sombra.
Nos refleja como nuestro espejo.

Del Toro lo entendió muy bien y plantea que crear vida artificial no es preguntarse si “podemos” pues al parecer eso ya está claro.. lo que verdaderamente se cuestiona es si merecemos y si podemos afrontar las consecuencias

 

 

Comentarios 1

J
Jeroo Casco29 de noviembre de 2025
Con cada visionado esta peli mejora. Ya la vi tres veces. Tuve algunos inconvenientes con el guion al principio, demasiado expositivo, pero me quedo con la belleza de lo grotesco tan característica del director y el corazón que le pone a las relaciones.

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