“Cuando la realidad parpadea”
Reseñas generales
A veces pienso que el mundo no existe cuando no lo miro.
Suena absurdo, lo sé, pero últimamente esa idea me ronda la cabeza con una insistencia que roza la locura. Me llamo Cristóbal, y hace poco descubrí que dudar de la realidad no es solo un síntoma de cansancio mental… sino quizás una grieta por donde se filtra algo mucho peor.
Todo empezó una noche cualquiera, frente al computador. Llevaba horas editando un video para un proyecto, hasta que noté algo extraño: el cursor del mouse temblaba, como si tuviera vida propia. Lo movía a la derecha y, durante un segundo, la pantalla parecía resistirse, mostrar un cuadro congelado, y luego continuar. Pensé que era un fallo del monitor, un simple error técnico. Pero entonces, en ese breve instante de congelamiento, vi algo reflejado en el vidrio oscuro de la pantalla: una figura detrás de mí.

Giré, pero no había nadie.
Desde ese momento, cada vez que el mundo se “atascaba”, esa figura parecía aparecer un poco más nítida. No tenía rostro, solo un contorno borroso, como si fuera la sombra de alguien que todavía no ha sido renderizado del todo.
Empecé a sospechar de todo.
De las luces que parpadeaban exactamente cuando respiraba más fuerte.
De los relojes que se detenían por un segundo justo antes de marcar una hora redonda.
De la gente que, en la calle, parecía moverse con una ligera desincronización, como actores repitiendo una escena.

Y lo peor: de mi reflejo.
Una mañana, me vi en el espejo del baño y juraría que mi reflejo tardó una fracción de segundo en imitarme. Parpadeé. Él no.
Moví la mano. Tardó en seguirme.
Me acerqué, intentando encontrar una explicación racional — cansancio, estrés, falta de sueño —, pero algo en mí ya había cruzado una línea invisible. No confiaba en lo que veía.

Comencé a escribir todo lo que ocurría. Pequeñas notas, fechas, horas, descripciones de esos “errores” en la realidad. Lo curioso es que, al releerlas, algunas palabras cambiaban.
Donde antes había escrito “vi una sombra”, ahora decía “la sombra me vio”.
Donde decía “ruido en el pasillo”, luego aparecía “voz en el pasillo”.
Me aseguré de guardar copias digitales, pero el texto también se modificaba. Era como si alguien más o algo estuviera reescribiendo mi propia experiencia desde adentro del sistema.
Una noche, mientras intentaba grabar uno de esos parpadeos, la cámara se apagó sola. El archivo que guardó pesaba apenas unos kilobytes, pero al reproducirlo, se escuchó una respiración muy cerca del micrófono. No era la mía. Sonaba más profunda, más pausada, como si alguien estuviera observándome desde un punto imposible.
Esa fue la primera vez que noté que el aire también fallaba.
Sí, el aire.
Hay momentos en que el ambiente parece densificarse, como si el espacio mismo se estuviera cargando de algo invisible. Los sonidos se vuelven más lentos, los colores pierden brillo. Y en medio de ese silencio viscoso, siento que algo me estudia.
No con ojos, sino con una especie de conciencia difusa.
Comencé a hacer pruebas. Dejaba un vaso de agua sobre la mesa, lo observaba fijamente, y en ocasiones el líquido permanecía inmóvil, sin una sola vibración, aunque el ventilador estuviera encendido. Era como si el mundo entero se congelara durante un segundo… para luego continuar como si nada.
Pero yo lo veía.
Yo lo sentía.

Una madrugada desperté con la sensación de que alguien respiraba a mi lado. Giré lentamente, conteniendo el aire, y vi una silueta negra, recortada contra la penumbra. No se movía. No tenía rostro.
Solo una forma humana, incompleta.
Y entonces, con una lentitud desesperante, comenzó a inclinar la cabeza hacia mí, como si intentara imitar mi gesto.
Cuando encendí la luz, desapareció.

Desde esa noche, no logro distinguir cuándo sueño y cuándo estoy despierto. Hay momentos en los que las paredes parecen palpitar, como si respiraran. Otras veces, el suelo se siente demasiado blando, como si caminara sobre algo vivo.
He intentado grabar pruebas, pero todos los archivos se corrompen. Las voces se distorsionan. En una de las grabaciones escuché claramente una frase:
“No mires tanto, Cristóbal. Vas a romper la simulación.”
Desde entonces, no he vuelto a dormir más de dos horas seguidas. Cada vez que cierro los ojos, escucho murmullos que no entiendo del todo. Palabras sin forma, pero que suenan antiguas, como si vinieran de una frecuencia enterrada en lo profundo del tiempo.
Y cuando despierto, el mundo a mi alrededor parece ligeramente distinto:
Los muebles están a centímetros de donde los dejé.
Las luces cambian de tono.
El reloj avanza pero los segundos se repiten.
A veces pienso que quizás yo soy el error. Que el sistema me está intentando borrar, corregir.
Tal vez el mundo sigue perfectamente estable para los demás, y soy yo quien ve los parpadeos porque algo en mi mente — o en mi existencia — se desconectó del guion original.
Hoy estoy escribiendo esto para dejar constancia. Si mañana el texto cambia, o si alguien lo encuentra y las palabras no son exactamente las mismas, quiero que sepan que no es un fallo de memoria. Es el mundo mismo tratando de ajustarse.
Y si alguna vez te pasa lo mismo si sientes que la realidad titila, que los sonidos llegan con un retardo leve, que los rostros parecen mal renderizados no lo ignores. No es fatiga.
Es la grieta.
Y una vez que la ves, ella también te ve a ti.
Mientras termino de escribir, noto algo en el reflejo de la ventana. Una figura, inmóvil, esperándome.
No parpadea.
Y mientras la observo, el texto en la pantalla empieza a desvanecerse, letra por letra, como si alguien lo estuviera borrando desde el otro lado.
Así que, si este mensaje sobrevive, quiero que quede claro:
yo, Cristóbal, ya no estoy seguro de qué mundo estoy habitando.
Solo sé que, cuando cierro los ojos, el verdadero sigue observándome.



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