Weapons: el redescubrimiento de un arma infalible
Reseñas generalesAlgo que no sucedía desde “El Proyecto Blair Witch”

Ya no tengo ni idea cómo funcionan las redes, ni la internet. El concepto de algoritmo me parece tan contundente como surreal. Lo comprendo, o no lo comprendo del todo, elijo no creer en él. No sé. Yo no tengo idea de qué es lo que hace que si navego el universo de la internet (cada vez que intento escribir una oración acerca de ésto, no encuentro las palabras, me siento envejecer y me autopercibo mi abuela que en paz descansa), me acerque determinados videos o contenidos. Solo sé que si me quedo cierta cantidad de segundos viendo un video, la deidad llamada Algoritmo me arrimará más contenidos similares a aquel que estoy viendo. Entonces, pensándolo de esa manera mucho más simple, comprendo por qué aquel día Algoritmo me acercó un video sobre unos niños que desaparecieron sorpresivamente en un pueblo de Estados Unidos.

Investigo en conversaciones que tuve por instagram con un amigo con el que siempre nos enviamos noticias espeluznantes que pudieran convertirse en películas. Fue el 16 de abril del año 2025. De una cuenta verificada llamada @insidehistory, me aparece lo siguiente: “Children spotted leaving their homes at 2:17 AM” (Niños han sido vistos dejando sus casas a las 2:17 de la madrugada). Lo siguiente, en aquel posteo, eran videos de cámaras de seguridad que muestran niños corriendo a la mitad de la noche con los brazos abiertos, felices, entregados, como si recibieran una suerte de llamado inexplicable. Le dije en su momento a mi amigo: “Ésto es increíble para hacer una película”. Tiempo después, alrededor de quince días luego de la circulación de ese video, se anuncia que aquellas imágenes crudas y aparentemente capturadas por cámaras de seguridad de las calles del pueblo, eran en verdad parte de una película que se estrenaría ese mismo año. Este mismo año. No podía creerlo. No veía una estrategia similar desde el año 1998 con la película Blair Witch Project.
Acerca de esta icónica y revolucionaria película, he escrito hace mucho tiempo una nota. Disculpen mi autobombo, pero los invito a leerla si acaso quisieran conocer más en detalle qué es lo que sucedió específicamente entorno a la creación de la que fue, para mí, la mejor película de terror de todos los tiempos. Está también en aquella nota, la justificación de por qué sostengo semejante verdad absoluta, radicalizada y sudada como si fuera un fanático de equipo de fútbol. En pocas palabras, los creadores de aquel largometraje, crearon una falsa leyenda urbana, la volvieron real, la sostuvieron con el tiempo, le hicieron creer durante mucho tiempo al mundo que efectivamente tres jóvenes cineastas desaparecieron misteriosamente en un bosque, y estallaron las salas de cine de los Estados Unidos con la promesa de que la gente vería el material crudo encontrado en el baúl de un auto. Yo mismo, a mis 13 años, fui a ver al cine la película creyendo que “Blair Witch Project” era un documental. Nunca podré olvidar el trauma que me generaron. Pero el efecto de la película, independientemente de su genialidad narrativa y realizativa, se ve potenciado en torno a aquel increíble logro de marketing. Comprendo con pena a aquellos que no la vieron en su momento y la ven ahora como una película más, con un estilo oxidado que luego se ha exprimido hasta destruirlo.
Lo que sucedió este año con el presunto material encontrado en cámaras de seguridad, no pudo sostenerse más de dos semanas. Estamos en la penosa época en la que la “realidad” (la aparente realidad de dudosa credibilidad, alterada por la IA, la opinión pública, los medios de siempre y la posverdad) está constantemente expuesta y ofrecida en las variopintas redes. El hecho de que esta película haya conseguido engañarnos a quienes nos llegó el video gracias a Algoritmo por más de 24 horas, es un logro meteórico. Monumental.
Desde el anuncio de la existencia de esta película, hasta agosto del 2025, se han liberado de a poco los trailers, completando el espectro de aquello que estábamos por ver. Para quienes entonces estuvimos atentos a semejante publicidad, la expectativa no tenía precedentes. Y como en cualquier aspecto de la vida, cuanto más grande es la expectativa, más difícil es estar a la altura de la misma. La caída, puede ser catastrófica. La película en cuestión, se llama Weapons.
Una maestra llega como cualquier otro día de la semana a dar clase. Al entrar al aula, tan solo hay un alumno. ¿Dónde han ido a parar aquellos 17 niños?
Les ruego me disculpen por tan tacaña sinopsis, pero no soy fanático de contarlas, no me gusta leerlas, me petrifica contar de más porque a mí no me gustaría que me cuenten de más, y confío en que una película como ésta, como dice el saber popular, menos es más (muchísimo más).
Ahora bien. Ésta es la cuarta nota consecutiva donde aclaro mi contexto actual. Si me venís leyendo, te pido disculpas. Espero que sepas entender que lo hago para explicar cómo es que llego a determinado contenido, o en qué condiciones o circunstancias termino viéndolo. Estoy de viaje hace más de un mes. Si bien llevo mi computadora a todos lados, las circunstancias no me han permitido ver ficciones en las cómodas condiciones que suelo verlas. Yo, para colmo, soy un romántico idealista. Preparo siempre el terreno, el momento, e intento que se parezca lo más posible a una idea platónica que desconozco de donde viene.
Imaginen la expectativa que tenía para ver Weapons desde aquel casual encuentro con la falsa noticia. Intenté verla en el cine pero terminaba postergándolo. Llegó mi viaje y ya no habría chances de verla en la pantalla grande. Luego, durante nuestro viaje, no tuvimos ni energía ni ganas ni un escenario ideal para verla en la computadora al final del día. No estaba en mis planes verla, pero se estrenó en la plataforma Max (HBO), y me encontré con un inesperado viaje de dos horas y media en avión. La descargué en mi celular, tragué fuerte mis pretensiones idealistas y mi purismo, y le di play a lo largo de un vuelo que no dejaba de moverse al son de las turbulencias.

Zach Cregger, autor y realizador de Weapons, fue también el realizador integral de Barbarian. Barbarian, más allá de capítulos de series aislados, fue el segundo largometraje de ficción de Cregger. No solo fue una película impactante para quienes la vieron (la vimos), sino que definitivamente fue y es distinta. Distinta porque es, al fin y al cabo, una película de terror, y sin embargo, al igual que como sucede con Ari Aster o Jordan Peele, lleva un estilo personal incomparable. Al igual que Peele, Cregger lleva en su sangre autoral y en su experiencia artística años y años de oficio en comedia. ¿Por qué entonces la comedia habría de ser un impedimento para hacer terror? Si al fin y al cabo, lo que define por excelencia al género del terror/horror, es la presencia de lo siniestro, y lo siniestro es (a grandes rasgos) la conversión de algo familiar en algo espeluznante y amenazador.
En una entrevista, Cregger cuenta cómo escribió Weapons. Lejos de ser una orquesta intelectual obsesiva, habría nacido de lo más profundo y honesto que puede encontrar y compartir un artista: su propio goce. En la intuición y en el placer, se manifestarán tarde o temprano sus propios intereses, cosmovisiones, incógnitas y premisas. Y lo mejor de todo, es que al partir desde ese lugar, el realizador podrá defenderlo a capa y espada con nobleza e hidalguía. A partir de una imagen disparadora en la que una maestra entre a una clase y la clase está sorpresivamente vacía, Cregger se dedicó a escribir impulsiva y lúdicamente hasta tener casi cincuenta pagínas y llegar a preguntarse: “¿llegará ésto a algún lado?”.

No quise investigar demasiado acerca del por qué, pero alcancé a ver que Weapons está en ese extraño rincón de la recepción popular entre el rechazo y la fascinación. Gente a la que no le gustó en lo absoluto, y opiniones que la consideran una de las mejores películas de terror del año. Es innegable, que pese a la opinión personal, la película se ha entonces vuelto una obra de arte de la cual se habla, y que no pasa debajo del radar. Verla, no puede dar igual.
Al comienzo, la estructura narrativa me sorprendió. El tono autoral que imaginé al ver las notas falsas en aquel abril, y tras los primeros trailers, no estaba en los primeros minutos de la película. La voz en off de un niño y la musicalización inicial para presentar de inmediato la desaparición de los 17 niños, me alejó de la profunda oscuridad narrativa que esperaba con ansias. No estaba desencantado porque lo que veía me gustaba (y mucho), pero sí sumamente sorprendido. Temía estar por ver una película abordada desde lo estético, y sin sustancia siniestra. Pero el relato, sinceramente, nunca abandona la atención del espectador desde el comienzo hasta el final de la película.
El relato es sorpresivamente coral. Hasta la mitad de la película, pareciera que estamos viendo la presentación de un pueblo muy peculiar, con personajes sumamente particulares, y que apenas están atravesados por ese evento traumático que los une. Incluso temí mientras avanzaban los primeros treinta minutos de película, que la esencia de lo siniestro se pierda entre tantos personajes pintorescos y subtramas que por momentos ingresan en la comedia. Pero mientras me preguntaba ésto, mientras dudaba de qué tipo de película estaba viendo, y mientras el avión en el que viajaba no dejaba de moverse y yo temía por mi vida, igualmente el relato me tenía hipnotizado. Entonces, en determinado momento, como si fuera una pieza instrumental escrita con la agudeza de un músico genial, los instrumentos llegan a un duradero, profundo y adictivo climax. Si bien el recorrido vale la pena por sí mismo, alcanza un nuevo nivel de impacto en determinado momento del relato (que dura lo necesario para poder disfrutarlo, sufrirlo y que no resulte precoz o sencillamente efectivo). Mientras agarraba la mano de mi pareja y temíamos que el avión se precipite hacia abajo y nuestra vida termine en un santiamén, igualmente la película robó mi atención. Sufrí entonces más por la ficción, que por uno de mis mayores miedos que es que el avión se caiga.
Las condiciones ideales para ver la película que deseé todo el año ver, fueron exactamente aquellas que nunca hubiera deseado ni imaginado. La mejor manera de verla y vivirla, estaba en el más profundo recoveco de lo incontrolable. Allí donde lo familiar, se vuelve poderosamente siniestro. Así tal cual, como triunfa Weapons por sobre cualquier opinión, desde un auténtico gesto de autoría para siempre festejable, se vuelve una película inevitable que merece ser vista hoy y siempre. Lejos de los facilismos de algunas plataformas que todos conocemos en las que lo único que rotan son las caras y los nombres al final de los créditos, todavía podemos creer en que los artistas existen, y para colmo, se pueden dedicar al terror.
Chesi









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