Crítica en retrospectiva: El sexto sentido (The Sixth Sense, M. Night Shyamalan, 1999)
Reseñas generalesCole Sear (Haley Joel Osment), un niño solitario y atormentado, tiene una habilidad que ha ocultado toda su vida: puede ver fantasmas. Un día, Cole recibe la visita inesperada de Malcolm Crowe (Bruce Willis), un psicólogo infantil con un pasado trágico que decide ayudarlo.
Si hacemos un repaso del cine de 1999, El sexto sentido (The Sixth Sense, M. Night Shyamalan) no solo fue una de las mejores películas de terror de ese año, sino que le puso un admirable punto final al recorrido de este género durante el siglo XX, a pesar de que después se estrenaron más. Pudo disputarse este honor con la espeluznante El proyecto de la bruja de Blair (The Blair Witch Project, Daniel Myrick y Eduardo Sánchez, 1999), solo que esta última se estrenó unas semanas antes. Asimismo, veintiséis años más tarde, continúa como la obra más lograda de Shyamalan gracias a su guion inteligente, dirección experta, maravillosas actuaciones e inesperado final; este popular director y guionista indio-estadounidense ha tratado de replicar su calidad y éxito con sus películas posteriores, pero ninguna ha estado al mismo nivel, aunque capaz una o dos se han acercado. Solo el tiempo dirá si volverá a repetir esa hazaña y, por qué no, superarla.
Como dijimos, El sexto sentido es un filme de terror en toda regla, que trata sobre fantasmas, aquellas presencias de otro plano que alguna vez fueron personas, vagan lamentándose sin descanso y han poblado el imaginario colectivo de incontables sociedades desde hace siglos. Que la trama se desarrolle en Filadelfia no es casual, porque se cree que es una ciudad cargada de estas presencias por su pasado colonial.
La película maneja con brillantez el arquetipo de los fantasmas y la atmósfera de los escenarios cotidianos, convirtiéndolos en lugares tan amenazadores como un cementerio o un castillo abandonado. A su vez, consigue que en los espectadores crezca una mala sensación que sienten elevarse en el espinazo, motivada porque no sabemos con exactitud ―al igual que Cole― cuándo aparecerá alguna presencia y, además, al trabajo de puesta en escena y cámara: en distintos momentos, Cole se ubica a un lado del encuadre, dejando un considerable espacio vacío al otro lado, por lo que da la impresión que la imagen enmarca también algo o alguien que no vemos.

No obstante, todo esto no se queda solo en el terror por el terror, sino más importante aún, funciona para contar el intenso drama de un niño inocente que les teme a los fantasmas no sin razón, arrastra sus propios pesares y trata de encontrarle desesperadamente un sentido a su suplicio y poder. Cole es como el bombillo encendido en el sótano de Malcolm que vemos en la primera toma: un pequeño e intenso foco de luz que resplandece en medio de una oscuridad demasiado profunda. Es bueno, sensible, solitario y vive temeroso porque es acosado por los fantasmas de quienes no han podido encontrar la paz en este mundo; su cuerpo presenta marcas violentas e inexplicables y sus cansados ojos han visto demasiado.
El chico es incapaz de contarle su problema a su madre, Lynn (Toni Collette), de quien la separa una suerte de barrera invisible y no parecen tener mucho en común, a pesar del inmenso amor que los une; ella no entiende qué le sucede y él no sabe cómo explicárselo. Y el abandono del padre (al que nunca vemos ni conocemos los motivos para haberse ido, pero tampoco hace falta) también le ha afectado, por lo que Cole es un cúmulo de tristeza. Pero justo cuando los ataques que sufre llegan a su peor punto, aparece el único capaz de entenderlo.

La llegada de Malcolm Crowe (la pronunciación del apellido recuerda mucho a la palabra “cuervo” en inglés) es casi providencial. Al principio de la historia, Malcolm recibe un tiro de Vincent Gray (Donnie Wahlberg), un paciente atormentado al que no pudo ayudar cuando era niño y que regresa como una visión fantasmal de adulto a vengarse. Un año después de este incidente, Malcolm, quien parece haber sobrevivido solo con secuelas emocionales y su matrimonio fracturado, se empeña en ayudar a Cole.
Malcolm ―con sus maneras suaves y ojos tristes― se convierte para el niño en su psicólogo, único amigo y, al final, en guía espiritual. La relación que se forma entre ellos, que comienza con timidez y desconfianza, se vuelve segura y entrañable con el pasar de los días. Debido a los traumas que han atravesado, ambos tienen una enorme afinidad y son seres especiales a su manera. En realidad, si bien Malcolm trata de ayudarlo porque es lo correcto, busca por medio de esto resarcir, por una parte, el error que cometió con Vincent (que también tenía un sexto sentido desarrollado) y sin saberlo busca, por otra parte, la ayuda de Cole, como entendemos en las últimas escenas.
De esta forma, El sexto sentido trata de verdad de dos dramas que se entrelazan: el de Cole por entender y superar su conexión con los muertos, así como conectar con su madre; y el de Malcolm por ayudarlo y reconectar con su esposa, Anna (Olivia Williams), en un principio. Así pues, es una historia conmovedora acerca de dos personajes con dolores profundos; que los fantasmas no sean malos, como en El resplandor (The Shining, Stanley Kubrick, 1980) o Poltergeist (Tobe Hooper, 1982), sino presencias tristes o enojadas, pero atribuladas al final de cuentas, que buscan ayuda desesperadamente, acrecienta la aflicción de la misma trama. Por ejemplo, cuando conocemos la historia de la pequeña Kyra Collins (Mischa Barton), que fue envenenada por su madre (Angelica Page), ya no nos parece un ser temible, al contrario, uno digno de piedad.

Parte de la tristeza que pueden sentir los espectadores radica no solo en el guion, sino en las actuaciones de sus tres protagonistas. Haley Joel Osment actúa con la madurez de un intérprete versado en su arte y le confiere de distintos matices a Cole; a veces nos da la impresión que es un adulto sabio en el cuerpo de un niño, como en los momentos en que cuestiona a Malcolm; otras, que es un niño indefenso, como en las escenas en que es acosado por los fantasmas; y en todas es creíble siempre. Así como Shyamalan, Osment tuvo otras actuaciones buenas, pero su carrera sufrió un estancamiento progresivo y no ha vuelto a ofrecer una interpretación tan memorable como esta.
La actuación de Toni Collette va creciendo a la par que lo hace su personaje, transmite con carácter el drama de una madre soltera que a pesar de que no entiende y, por tanto, no puede ayudar a su hijo, está siempre para él, aun con sus errores. También nos podemos compadecer por Lynn, en cuanto nosotros sí sabemos qué sucede y entendemos por qué ella no y cómo sufre por ello. Tanto Collette como Osment tienen una sintonía espléndida, que une más a sus personajes, incluso en las escenas en que no se pueden comunicar.
Aunque Bruce Willis no se caracteriza por ser un actor de un rango expresivo muy amplio, no es uno malo ni mucho menos, y siempre es un placer ver sus trabajos por su enorme personalidad y carisma. Tiene un lado sereno que hace ver a sus personajes como tranquilos y eso es lo que necesitaba Malcolm; en parte por eso nos creemos que Cole lo ve como un amigo, no una amenaza. Y si bien Willis tuvo un amplio número de roles icónicos antes de su retiro forzoso, este es uno de sus mejores papeles, en el que demostró que era algo más que un actor de acción. Precisamente, alrededor de Malcolm y Willis, la historia encierra uno de sus grandes secretos.
El sexto sentido posee dos cierres. El primero es la última escena entre Cole y Lynn, la más bella de todas, en la cual él le cuenta su secreto y le da a ella un mensaje de su madre que la mueve profundamente. Lynn ahora sabe todo, lo comprende y ambos se dan el emotivo abrazo que necesitan. Cole también puede aliviar a los vivos, como a su mamá, y en el camino sanarse a sí mismo.

El segundo cierre pasará a la historia como uno de los plot twist más sorprendentes del cine, que le confirió el estatus de clásico instantáneo a la película. En su último encuentro, Cole y Malcolm se despiden con afecto, pero no sin antes que el chico le dé la clave de cómo recuperar su matrimonio. Realmente, lo que Cole le da es la forma de que conozca la verdad: Malcolm ha muerto por el disparo de Vincent y, sin saberlo, es un fantasma; de ahí que, instintivamente, Malcolm se acerque a él con insistencia, atraído por su resplandor. En retrospectiva, este final funciona a la perfección por la forma en que Shyamalan cuidó los detalles para hacerlo verosímil e inesperado. Analicemos varios de ellos.
El primero está en la escena en que Malcolm cae por el disparo; no lo vemos exhalar su último suspiro, como en uno de los flashbacks finales, pero la cámara lo enfoca en cenital acostado en su cama, como si estuviese casi en la postura de un cadáver. Creemos que se salva, pero la imagen insinúa otra cosa y corta en el momento oportuno. Otro detalle está en el primer encuentro entre los dos protagonistas; Cole lo mira con detenimiento y aprehensión, ¿es porque se trata de un desconocido o porque es un fantasma? Cole nunca dice claramente si sabe lo que es él, pero pudo haberlo ocultado porque su relación con Malcolm era distinta con los demás fantasmas, aunque en sus encuentros iniciales era renuente a entablar una relación con él.
El tercero lo tenemos cuando, un año después del disparo, Malcolm se le acerca a su esposa dormida; ella sostiene varias servilletas, como si hubiera estado llorando. No obstante, otro detalle casi imperceptible es más revelador: Anna se cubre como si sintiera un frío repentino a medida que él se le acerca, solo que la sensación es más tenue porque la presencia de Malcolm no es invasiva ni amenazadora.
Las supuestas interacciones entre Malcolm y los otros personajes adultos están estupendamente pensadas: cuando Lynn y él están juntos en el comedor esperando a Cole, ninguno habla, pero asumimos que se debe a que están incómodos; Lynn no los presenta cuando Cole llega, pero como sabemos que ya se conocen, no vemos nada raro en esto. Y la escena en que Malcolm llega a su cena de aniversario y es recibido con aparente frialdad por Anna es una de las más engañosas, puesto que, en algún punto de la historia, Malcolm dice que están distanciados por su trabajo y, en ese momento, él cree que su distanciamiento es por eso y su tardanza en tan especial día.
Todos estos detalles pasan el más riguroso examen crítico y nos asombra que Malcolm siempre estuvo muerto porque, como aclara Cole, nuestros ojos ven lo que quieren ver o creímos ver algo que no era tal cosa, es decir, interacción donde no la hubo Y si volvemos a ver la película pensando en el final, entonces nos sorprende cómo todo está articulado. Así, Shyamalan nos engaña con maestría, aunque siempre ha insinuado que lo ha hecho, por ejemplo, cuando Malcolm le grita al amante de su esposa y este no parece escucharlo, o en la escena en que Cole le dice que ve gente muerta y la imagen nos muestra inmediatamente al psicólogo. Al final, con su doloroso, pero necesario descubrimiento, Malcolm puede despedirse de su esposa con ternura y encontrar la paz que necesita. Y El sexto sentido, una de las obras más escalofriantes del cine, termina con algo de lo que carecen muchas de las películas de su tipo, con amor y luz.






















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