“Mente maestra”: grandes planes con mala pata

Reseñas generales

Framingham es una comunidad del estado de Massachusetts, Estados Unidos, que en este 2025 celebró sus 325 años de vida; un municipio que adquirió el estatus de ciudad recién en 2018. Su superficie es de unos 65 km² terrestres y hoy por hoy cuenta con alrededor de 73.000 habitantes. Para 1970, fecha en la que se ubica nuestra Mente maestra, su población rondaba las 64.000 personas. Y aún no era ciudad.

Allí vive el personaje central de esta historia: James Blaine Mooney (Josh O'Connor), más conocido como “JB”, hijo del juez Mooney, un hombre reconocido en la localidad, toda una autoridad -valga la redundancia-, un sujeto al parecer intachable; también, por lo que podemos apreciar, bastante rígido y de comentarios tajantes. JB suele visitar a sus padres junto a su familia, pero la comunicación no resulta muy fluida. En general, en las cenas que comparten, son el juez y su esposa quienes hablan y opinan de los distintos temas que se ponen sobre la mesa. JB, de profesión arquitecto fallido, está casado con Terri (Alana Haim), con quien tiene dos hijos, Tommy and Carl (Jasper y Sterling Thompson). Terri trabaja, pero JB no. A JB no parece interesarle demasiado la arquitectura.

 

Al iniciarse el filme, encontraremos a toda la familia en el museo local apreciando las obras de arte que allí se exhiben. Atento al guardia desatento que dormita en la sala, JB roba una pieza de madera de un conjunto de figuras similares resguardado en una suerte de caja de vidrio y madera. Nos sorprendemos. JB no tiene aspecto de ladrón (pero bueno... todos sabemos que el hábito no hace al monje). Tampoco parece ser lo mejor hacerlo mientras su familia se encuentra en la sala contigua. JB ni siquiera lo comentará con ellos. En una siguiente visita, deja caer al piso un manojo de llaves intencionalmente cerca del guardia dormilón. Ahora comprendemos que lo está probando: a él como protector de las obras allí dispuestas, a su sueño y cuán profundo puede ser. JB está planeando un robo. Nadie lo sabe, salvo el pequeño grupo de secuaces a los que contrata para la tarea. Todo parece fácil, simple, “jugar y cobrar”. Se trata de cuatro pinturas de Arthur Dove.

 

Arthur Garfield Dove (1880 – 1946) fue uno de los primeros modernistas estadounidenses y generalmente se le considera el primer pintor abstracto de aquel país. Fue un artista poco convencional que gustó de experimentar con una amplia gama de medios y técnicas. Quizá podamos encontrar en ese espíritu inquieto, en ese inconformismo, en esa búsqueda de nuevos caminos, una identificación de nuestro JB con él. A su vez, al igual que Dove, JB había nacido en una familia adinerada, con un padre reconocido en su profesión y de cierto poder local dentro de su comunidad que pretendía que su hijo también hiciera dinero y trabajara de forma rentable de la profesión por la que la familia había apostado como inversión de futuro. Que su hijo estuviera alejado del campo para el que se había formado era algo que le desagradaba profundamente, tanto a un padre como al otro.

Lo que para JB resulta un plan sin fisuras, incluye solicitarle dinero a su madre para pagarles a los atracadores -mintiéndole, claro está-, elegir, para el robo, un día en el que los niños no tienen clases y enterarse de ello al momento de llegar a la escuela, contratar a un joven bocón al que le gustan las armas y la notoriedad más de lo deseado, proporcionarles a sus ladrones medias de dama para cubrirse la cabeza, cual máscaras, y un largo etcétera de cosas que pronostican que el resultado no puede ser el mejor.

 

La directora, guionista y editora del filme, Kelly Reichardt (Florida, EE. UU., 1964; Wendy and Lucy, Tierra Brava, Ciertas mujeres, First cow, Showing up, entre otras) dota a todo este entramado de un humor sutil, como apenas buscado, cargado de torpezas inocentes más que de golpe y porrazo o de creación de situaciones absurdas, con el azar jugando también su rol en contra de nuestro protagonista y sus planes; un humor de sonrisa más que de carcajada. Esas torpezas, a su vez, contrastan con una banda sonora jazzística, muy a tono con la época retratada y de algún modo evocada, de notas sincopadas, muy rítmica, de mucho golpe apresurado, que intenta generar una idea de tensión que se va desvaneciendo a medida que el atraco se efectúa y genera toda una serie de consecuencias no buscadas ni deseadas por JB. A su vez, el paisaje otoñal tan bellamente fotografiado por Christopher Blauvelt y que le otorga a ese pueblo pequeño, de poca gente en las calles, un aire melancólico y anodino, parece presagiar el invierno que se avecina para nuestro antihéroe. Las cosas no saldrán bien para JB y se transformará rápidamente en un prófugo.

Pero Kelly Reichardt no elegirá la acción desenfrenada para mostrarnos ese andar escapando; aquí no habrá ni persecuciones automovilísticas ni enfrentamientos a tiros, no habrá frenesí en esa huida. Aquí, todo se dirimirá en un ritmo cansino y desgarbado como el andar de JB; el planteo será de carácter observacional y minimalista y cierta tristeza se nos colará por aquí y por allá. Algo así como la tristeza existencial con la que parece vivir JB. Todo tendrá el tono casi deprimido con el que vive este hombre que parece no encontrar su lugar en el mundo.

 

Ese mundo que lo rodea, que a JB le resulta ajeno, por el que no asoma ni preocupado ni interesado, se irá metiendo en su historia lentamente. Es el mundo de la Guerra de Vietnam y su traslado a Camboya, el de los Estados Unidos de Richard Nixon, el de los hippies, la contracultura y el pacifismo, el de las protestas universitarias y las calles tomadas por manifestantes. Aparecerá como cortina de fondo, como ruido ambiente, como mera escenografía o decorado -parte del gran diseño de producción de Mente maestra, que nos traslada a ese 1970 que en definitiva tenía mucho más de álgido y vibrante que la vida de JB- hasta que los acontecimientos pasen de la pantalla chica de la casa de los Mooney a la pantalla grande, que es la nuestra. Todo lo que resultaba estar lejos para JB, que no veía más allá de sus narices y al que el resto de la vida parecía pasarle por el costado, ahora lo tendrá directamente involucrado, incluso a pesar de sí mismo. La historia con minúscula y con mayúscula parecerán enredarse; la historia individual se encontrará con la historia colectiva; lo personal se transformará en social casi sin quererlo. Lo personal será político aun pese a su apatía, desidia e indolencia. Y lo político le atravesará el cuerpo -casi literalmente-, sin darle demasiado tiempo a elegir. De algún modo, lo político -parece decirnos Reichardt-, en su sentido más amplio, más profundo, más valedero, en su sentido más común a todos, logra trascender nuestro más puro egoísmo y lo abarca, lo tiñe, lo baña, lo golpea.

 

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Ficha técnica

 

Título original: The mastermind

EE. UU., 2025, 110 min.

 

Dirección: Kelly Reichardt

Producción: Neil Kopp, Vincent Savino, Anish Savjani

Guion: Kelly Reichardt

Fotografía: Christopher Blauvelt

Música: Rob Mazurek

Edición: Kelly Reichardt

 

Elenco: Josh O'Connor (James Blaine Mooney), Alana Haim (Terri Mooney), Jasper Thompson (Tommy Mooney), Sterling Thompson (Carl Mooney), Bill Camp (Bill Mooney), Hope Davis (Sarah Mooney), Eli Gelb (Guy Hickey), Cole Doman (Larry Duffy), Javion Allen (Ronnie Gibson)

Comentarios 1

M
Mari Stocco29 de octubre de 2025
Me dio risa imaginar al guardia dormido y JB robando tan torpemente. Es un tipo de humor que no te hace reír fuerte, pero te deja una sonrisa incómoda. Esa sutileza es tan Kelly Reichardt. Me gusta que el texto resalte eso, el humor “de sonrisa más que de carcajada”.

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