En La Bruja el mal no es el Diablo
Aspectos socioculturalesEn el cristianismo se ha cultivado a lo largo de la historia el miedo al Diablo. Esta figura opuesta a Dios nace de la necesidad de la Iglesia de evitar que los fieles traicionen el credo. Como bien se ha dicho por siglos: alejarse de Dios nos conduce al pecado. Y es por eso que este, al final, se representa como un ser maligno que nos dé miedo con solo verle. Lo pintan como una cabra bípeda, negra y alta. De este modo ¿quién sería capaz de acercarse a una criatura tan tenebrosa?
No quisiera herir susceptibilidades al hablar de lo que la Iglesia pudo haberse inventado en la historia. No estoy aquí para decirte qué es real o no, pues esta discusión no me interesa. Pero sí me encantaría profundizar en la importancia de la figura del Diablo y lo que representa en la moral ya no solo del creyente, sino de cualquier persona.
Es un hecho que alguien con una moral sana sentirá culpa al contradecir sus principios. Imaginemos que eres una persona que está en contra del hurto. Un día llegas a una tienda y ves que el propietario o no se encuentra o no atiende tu llamado. Tienes mucha prisa, debes irte, y ya pasaron cinco minutos en los que el tipo no aparece. Necesitas el cambio y no puedes dejar dinero en el mostrador, así que por la desesperación te vas de allí sin pagar.
La culpabilidad viene al poco rato. Y esa emoción es muy natural, porque nos enfrentamos a la disonancia cognitiva. «¿No que no eras un ladrón? Mentiroso, hipócrita», escuchas hasta en sueños, dependiendo de qué tan en serio te lo tomes.
Y antes de que analices la situación, ya estás sintiendo lo que todo creyente que se respete atraviesa con respecto al pecado y los lineamientos cristianos.
Tal es el caso de nuestra protagonista, Thomasin, la jovencita más avispada y leal de su familia, a quienes expulsaron de su comunidad por no comulgar con las ideas religiosas que predominan allí. Su padre rechaza, por orgullo, el renunciar a sus ideales, y se lleva a sus hijos y esposa a lo incierto, más allá de un bosque.
Thomasin está consciente de sí misma y admite las contradicciones que ha cometido. Genuinamente le asusta el pecado, el Diablo. Es pura, inocente, teme la condena eterna y a lo mejor intuye que lo que hizo su padre no ha sido lo correcto.
Más adelante veremos que también es rebelde, juguetona y muy inteligente. Thomasin es una persona con una moral sana. Tal vez reza su oración al principio de la película porque sabe que se ha portado mal o porque tiene pensamientos típicos de su edad.
Dicho esto, nos queda claro que Thomasin no es ni de cerca una bruja. Solo es una adolescente lúcida. Pero carga con la visión puritana de sus padres, que todavía mantienen bajo su régimen a los demás niños.
Al contrario de Thomasin, por mencionar a uno de sus hermanos, se encuentra Caleb, el segundo más grande. Este chico todavía tiene a su padre como modelo a seguir y se rige por los valores puritanos. Sin embargo, al estar en el umbral de la preadolescencia, Caleb está teniendo su despertar sexual.
Me gusta que Robert Eggers represente esta etapa de la sexualidad masculina como algo prohibido: una manzana roja, fruto que asociamos de una vez con el pecado capital. En él confluye su crecimiento natural y la tentación. Y al asociar el sexo con lujuria, Caleb puede creer que algo diabólico esté ocurriendo dentro de él.
Caleb a veces se descubre mirando los pechos de su hermana y se avergüenza por ello. Siempre busca complacer a su padre y, cuando se ve en la necesidad de mentirle a su madre, su deseo reluce en la forma de su pecado. «Buscábamos el manzano, madre», le dice en una escena que salían a buscar a su hermano perdido.

Con estos patrones podemos identificar más o menos la semilla de lo que resquebrajará a esta familia. No es en sí el pecado ni El Maligno —que sí, puede existir en la película, pero eso es irrelevante—, sino la obsesión por querer encuadrar nuestros actos en los principios que nos guían. La culpa es beneficiosa para reconducirnos, pero también nos puede destruir.
En el caso de Thomasin, que sabemos que de bruja no tiene nada, la desaparición del bebé juega un rol importante en su comportamiento. En el contexto de la película, sí hay un ser sobrenatural que se apodera de su hermano, pero una vez que esto sucede, el fenómeno pasa a segundo plano y solo nos interesan las dinámicas familiares.
Thomasin empieza a dudar de sí misma y se agobia por el hecho de que otros piensen que ella es la causa del problema, ya que estaba a cargo del nene cuando pasó el incidente. Entonces, en cuanto ve a una de los gemelos jugar con que ella es la bruja, como para molestarla, Thomasin se enfada y se autoproclama una. Pero lo hace porque detesta esa disonancia, por la inseguridad que le hace creer que sus padres sospechan de ella. Se podría decir que la culpabilidad la empuja a hacerlo.

Así, pues, empieza para Thomasin un círculo en el que la culpabilidad y la percepción de los demás moldean su conducta, además de que acaba arbitrariamente como un chivo expiatorio para cuando los demás incurren también en deshonestidades.
El ejemplo más plausible de esto último es cuando William, el padre, debe esconder el hecho de que robó una joya familiar de su esposa para vendérselo a unos mercaderes, con el propósito de costear las siembras (que ni siquiera han dado sus frutos). Ahora que Thomasin se encuentra en un punto vulnerable, William aprovecha la circunstancia y permite que su mujer la culpe.

En ciencias sociales existe un concepto llamado «El Efecto Pigmalión». Este fenómeno sucede cuando una persona se comporta de acuerdo a las expectativas de los demás. Si otros creen que somos malas personas, por ejemplo, podríamos volvernos más propensos a tener actitudes que antes controlábamos o reprimíamos, y esto podría reafirmar a su vez cosas que se dicen de nosotros.
En el caso de Thomasin creo que se da este efecto. Ella se llamó a sí misma bruja por presión, porque no toleraba la idea de que ella misma fuese culpable. Y así siguió hasta que, de algún modo, consiguió que su familia la creyera una verdadera bruja.
Una serie de eventos más ayudó a que Thomasin se convirtiera en lo que más temía, claro, siempre impulsado por el demonio. Por fuera esta fuerza sobrenatural, aunque existente en la trama, puede tomarse como un recurso para reforzar una crítica al fanatismo religioso y sus consecuencias.

Volviendo con Caleb, la caza de la bruja sale mal y ninguno de los dos puede atrapar a la liebre que la encarna. Más tarde, cuando los chicos cruzan el bosque para buscar la ayuda de la gente de la comunidad, la bruja le tiende una trampa a Caleb y le da un macabro beso para chuparle el alma. Su manera de atraerlo, por cierto, había sido mediante el deseo sexual del chico.
Este evento es clave en cómo Thomasin es percibida por su familia, pues luego de que Caleb muere tras una enfermedad desconocida —y después de que expulsa de la boca una manzana roja—, su madre ahora no desea volverla a ver, además de que su padre está entre culparla a ella o a los gemelos.

Incluso en este punto podemos detenernos a ver cómo todos cargan con la culpa de un pecado: William lidia con su honor roto tras haber mentido; Katherine, la madre, lidia con su incapacidad de aceptar que sus hijos no volverán, porque incluso los ha despreciado; Caleb, ya muerto, con su miedo a sentir deseo y por haberlo reprimido; y Thomasin con el tormento que supone ser acusada injustamente. Al final, como es bien sabido, el pecado lleva al fiel a ser corrompido por el Diablo.
Por esta razón vemos que Katherine se deja llevar por una ilusión en la que termina con el pezón devorado por un cuervo. Así también los gemelos acaban víctimas de sus trastadas en el huerto, mientras que, antes de encontrarse sus cadáveres, Black Phillip asesina a William con varias cornadas.
Pero es curioso que Thomasin, la menos pecadora, quien solo ha sido víctima de una profecía autocumplida y de los señalamientos de terceros, haya recibido la atención de Satanás. Black Phillip, que siempre fue el Diablo encarnado —como era de esperarse—, usó a los gemelos tan solo para acercarse a la más pura de la familia. A ella la manipuló por medio de su culpa con trucos (como la leche de sangre) con el propósito de dejarla sola y en medio de situaciones que nunca pudo controlar.
Algo que quisiera destacar antes de terminar es que Eggers vuelve a dejarnos claro que el Diablo no es el villano de la película, sino que es el propio fanatismo el que puede transformarnos en segundos del creyente más afanoso al más pecador.
Nuestros ideales, ya sea espirituales o no, así como la culpabilidad y el miedo, deberían ser una guía moral de nuestros actos, no así un panfleto rígido que nos oprima, ni mucho menos a otros. Somos personas de múltiples matices y no encajamos en sistemas tan radicales.
Lo que conocemos como El Maligno, sobre todo en esta película, no es más que la encarnación del miedo que tenemos a no cumplir con las expectativas morales que se nos imponen. Para el cristianismo en sí, el Diablo está, más que para causar miedo, torturar con la culpa a quien peque, para que de esta forma Dios siempre sea esa luz que nos mantenga correctos y bien vistos.
Thomasin era una chica que siempre buscó la luz; pero al no hallarla, al ser tratada como un ser de oscuridad, se volvió lo que decían de ella. El final ya solo sería una oda a esa profecía autocumplida. Ella era una niña que solo anhelaba libertad y comprensión, pero, por desgracia (o no), no fue Dios quien escuchó sus plegarias.







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