Entre sombras y turnos de noche

Reseñas generales

Siempre he escuchado a otras personas decir que no existen los eventos sobrenaturales, buscando siempre explicaciones lógicas a los relatos que escuchan de quienes sí creemos, y cerrándose en sus hipótesis, aunque no todas sean ciertas.
Siempre me han gustado estas historias, porque desde niño fui el oyente número uno de mi padre, de quien heredé el gusto por los relatos, aunque no su talento para contarlos. Sin embargo, hago el intento de al menos igualarlo, normalmente con historias ajenas, como la de un vigilante de un edificio en Itagüí, Antioquia, Colombia, donde yo trabajaba.

Una noche me contó que, durante una de sus rondas de madrugada, vio en el segundo piso a una persona. Me dijo:
—La vi tan real como lo estoy viendo a usted. Se metió a un cuchitril —un cuartico pequeño de dos por dos— y entré casi detrás de ella para sacarla... pero no había nadie.

Le creí, pero lo hice aún más cuando en ese mismo edificio, una noche (yo tenía turno nocturno), estaba solo en el baño —el edificio quedaba vacío a esas horas, salvo por los vigilantes que estaban cinco pisos abajo—, y una de las llaves de los lavamanos se abrió sola.
Pude haberlo atribuido a mis movimientos, ya que funcionaban con sensor, pero la llave que se abrió tenía tres más entre ella y yo.

Hoy en día soy vigilante, una profesión que, entre muchos mitos, guarda el de que siempre estamos expuestos a eventos sobrenaturales. Dada mi pasión por estos temas, inicié con la expectativa de qué podría encontrar más adelante.
Mi primer puesto fue en un hospital de un pequeño pueblo del oriente antioqueño. Como en todo hospital, abundaban los relatos de experiencias paranormales.

Una vez me ocurrió a mí: estaba pasando revista nocturna cuando una puerta comenzó a abrirse y cerrarse delante de mí. Solo tuve una reacción de sorpresa, pero no de miedo.
Al iniciar la semana siguiente, comencé a sentir energías pesadas en un pasillo en particular. Cruzar por allí me daba miedo. Creí ser el único que lo percibía, hasta que un auxiliar de sala se quejó de lo mismo, sin que antes lo hubiéramos hablado. Eso fue una semana después.

Diría que es algo normal, de no ser porque años atrás tuve una experiencia similar con una novia. Íbamos de noche de un municipio a otro, un trayecto habitual para nosotros. De repente comencé a sentir miedo, que en mí se manifiesta como un frío en las piernas. Me puse nervioso, y me preocupé aún más cuando mi novia, creyendo también ser la única, me dijo:
—Amor, tengo miedo, pero no sé de qué… ¡Vámonos ya!

Aceleramos, huyendo de quién sabe qué o quién, pero el camino se sintió eterno. Avanzábamos mirando hacia los lados y hacia atrás, sin ver a nadie. Finalmente llegamos al casco urbano, y el miedo desapareció. Nos quedamos un rato esperando a que apareciera lo que, supuestamente, nos estaba siguiendo… pero nunca llegó.

Meses más tarde me asignaron a un parque nuevo del mismo municipio. Trabajaba a la intemperie, pero cuando llovía me refugiaba en el baño del lugar.
El primer día fui a la plaza de mercado a comer, desde donde podía vigilar el parque. Cabe aclarar que desde entonces todos mis turnos han sido de doce horas, siempre en la noche.

Desde las cámaras del parque vi una sombra —o algo parecido— y pensé que se trataba de la distorsión provocada por un insecto sobre la lente. Pero de repente, aquello que estaba viendo comenzó a desplazarse por el parque, más exactamente por la orilla del riachuelo que lo rodeaba… y luego desapareció.
Tiempo después supe por una habitante que, años atrás, un joven herido de bala había hecho ese mismo recorrido antes de lanzarse al río. De alguna manera, he querido relacionar los dos hechos.

En otra ocasión sentí la misma energía que en el pasillo del hospital. No pasó a más, pero días después, mientras llovía, me refugié nuevamente en el baño del parque. De pronto escuché los gemidos de una mujer. Entre curioso y risueño, salí a ver qué pareja estaba haciendo travesuras, pero no encontré a nadie; el lugar no tenía dónde esconderse.
Cuando regresé, volví a escuchar lo mismo. Mi reacción fue igual, y el resultado, el mismo.
Una tercera vez salí y miré hacia el techo del baño, esperando encontrar una bruja o algo similar, pero tampoco vi nada.

Una novia enfermera que tuve me dijo después que, según algunas creencias, las personas que mueren por ahogo, degollamiento o asfixia suelen emitir sonidos parecidos después de la muerte.

Pensé que sería lo último, hasta que otro día, durante las rondas, vi a alguien asomado detrás de una pared, observándome, como si jugara a las escondidas. Su rostro era incomprensible; sabía que veía a alguien, pero no podía distinguir sus facciones.
Cuando me acercaba, se escondió, y al llegar ya estaba asomado desde otra pared que daba a la calle. Pasó igual. Hasta hoy sigo preguntándome qué era.

Actualmente trabajo en una finca-empresa donde también existen historias de eventos sobrenaturales que, por fortuna, aún no me han ocurrido (y espero que nunca lo hagan).
A veces cubro turnos de otros vigilantes en distintos puestos. En una parcelación de San Antonio de Pereira, Rionegro —también en el oriente antioqueño—, he prestado mi servicio varias veces, normalmente como rondero, el que recorre la parcelación en moto durante la noche.

Una de esas noches estaba en la portería. El rondero bajó a tomar café para pasar el frío, y conversábamos tranquilos. Solo nosotros, el puesto vacío, nada debía pasar.
De repente vi el reflejo de una persona cruzando por fuera y entrando al lugar, aunque las puertas estaban cerradas. Revisamos las cámaras y salimos a mirar, pero no había nadie.

En otra ocasión, también de noche y en el mismo lugar, comenzó a sonar el citófono, como cuando un visitante se anuncia al vigilante. Detrás del citófono no había nadie —yo lo tenía a la vista—, pero alguien estaba llamando. Contesté, esperando oír una voz… pero no obtuve respuesta.

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