FICM: Reconociendo el discurso detrás del genocidio en La Desaparición de Joseph Mengele
Aspectos socioculturalesIntroducción: la magia del FICM
Se trata de una tarde templada en Morelia. Las calles llenas de andantes variopintos conectados y conectadas por el amor al cine. Durante los 10 días que el Festival durará, saltarán del Cinépolis Centro al Teatro Matamoros o al Teatro Melchor Ocampo para apreciar la selección curada con gran esmero para asegurar que cada entrega sea interesante; cuando no, innovadora; cuando no, atrevida; cuando no, reflexiva; a veces todo lo anterior.

La competencia por los lugares es salvaje. Para quienes no nos conviene por el limitado tiempo que tenemos para acudir al festival, comprar la acreditación que asume que eres capaz de ver por lo menos seis películas durante tu estadía, nos queda luchar por algún asiento en las proyecciones restantes, haciendo que caigan en tu itinerario como piezas de Tetris que te permitan además disfrutar la maravillosa gastronomía de influencia puerépecha y la arquitectura barroca de esta ciudad declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.
No obstante, aunque no nos fue posible conseguir entradas para El Agente Secreto de Kleber Mendonça Filho o el estreno de Frankenstein de Guillermo del Toro, o Mente Maestra de Kelly Reichardt, por supuesto que nos fue posible apreciar de un excelente cine gracias a la buena mano de los organizadores del Festival.
Es así como nos encontramos con La Desaparición de Josef Mengele de Kirill Serebrennikov, película que estaba completamente fuera de mi conocimiento y que resultó ser un excelente inicio de nuestra experiencia cinéfila.
A Serebrennikov tuve el gusto de conocerle por la fabulosa Leto, película que, inspirada por la historia de la icónica banda post-punk rusa Kinó, nos adentra en una emocionante experiencia audiovisual en una biopic musical que claramente lucha por contextualizar la rebeldía y estética de la distante escena musical rusa con la escena alternativa de occidente, teniendo como resultado una película que si bien a los protagonistas de la historia real les pareció artificial y nada representativa de sus experiencias originales, para el espectador funciona perfectamente al contagiar ese sueño de rebeldía adolescente y el poder del lenguaje musical como medio para dar no solo salida sino forma a su mensaje.

Sin embargo, el blanco y negro que en Leto se usará como medio para generar por un lado melancolía y una sensación de nostalgia, y por el otro lado la apariencia de estar viendo las portadas de esos discos emblemáticos del punk de los 70's (Iggy Pop and The Stooges, The Clash, Sex Pistols, etc.), en La Desaparición de Josef Mengele le sirve para mantener la crudeza de un relato sin matices, sin puntos medios, donde la maldad resalta por su propia oscuridad y demuestra que si en algún momento pasa desapercibida, esto no es porque sea complicado distinguirla, sino porque el mundo finge que no la ve.
La trama sigue la desesperada y constante huida de El Ángel de la Muerte, Josef Mengele, a quien hace referencia la banda de trash metal Slayer en la canción del mismo nombre, siguiendo los pasos de muchos otros médicos de super potencias colonialistas e imperialistas que al deshumanizar a las poblaciones sometidas son entonces capaces de las prácticas más atroces justificándolas por un inexistente bien mayor, resulta un ejemplo magnífico para demostrar los alcances de la crueldad de estos falsos apóstoles de la ciencia que florecen en el autoritarismo, llegando a ser respetados y venerados. Estas prácticas a las que Frantz Fanon denominó Colonialismo Médico y que podemos ver en toda práctica de dominación y exterminio, desde la antigüedad hasta nuestros días (para no rinos tan lejos, podemos hablar de las prácticas médicas antiéticas del gobierno peruano contra sus mujeres indígenas en los tiempos de Fujimori), son una constante que hasta nuestros días se mantienen y por lo tanto es necesario no perder el rastro de su desarrollo histórico.

A lo largo de sus casi dos horas de duración veremos a Mengele vivir en una creciente paranoia y frustración mientras siente que el Mossad se acerca más y más hacia él. Le veremos colmarse de frustración, temor, irá, odio a través de cuatro líneas temporales que se van entrecruzando de manera no lineal: su momento de gloria como capitán de las SS y a cargo del área de investigación en los campos de exterminio de Auschwitz; su posterior estadía aparentemente tranquila e impune en Argentina, rodeado de compatriotas y compañeros de partido; luego su huida hacia Paraguay y posteriormente a Brasil tras la aprehensión de Adolf Eichmann, quién más adelante sería condenado a muerte por ahorcamiento en Israel; para lleger finalmente a su reencuentro con su hijo en su escondite en tierras cariocas.
La travesía resulta interesante gracias a la fabulosa fotografía de Vladislav Opelyants quien exprime al máximo el blanco y negro y con un magnífico manejo de los espacios y un movimiento constante de la cámara a través de ellos nos permite explorar y disfrutar de las locaciones, de sus habitantes, de sus secretos, brindando una clara distinción de las líneas temporales y de la ubicación geográfica de cada momento. Por su parte, el guión del mismo directos basado en el libro del mismo nombre de Olivier Guez, aprovecha cada instante y cada conversación para mostrarnos el interior corrompido de sus personajes, acompañado de la sociópata revisión que hacen sobre su papel en la historia. También presenciamos su cobarde huida, como en el caso de Mengele, o su hipócrita asimilación de la cultura de los países aliados en donde consiguieron posicionarse en múltiples esferas del poder político y económico con la complicidad de gobiernos e industrias que les reconocían como activos valiosos más allá de su pasado criminal. Las conversaciones que presenciamos nos recuerdan que no estamos ante seres malignos solo porque sí, sino que formaron parte de un proceso sociopolítico que les permitió e incluso les aplaudió su vileza. Serebrennikov, quién fuera víctima del régimen soviético, busca trascender el retrato de los villanos para en su lugar condenar y denunciar las condiciones y circunstancias que les permitieron ser y hacer y se los siguen permitiendo en la actualidad.

Pero el elemento más fuerte de la película es la actuación de August Diehl, quien proyecta con una intensidad arrolladora la xenofobia, la misoginia, el racismo, el antisemitismo y anticomunismo de un supremacista sin remedio ni arrepentimientos que odia tanto a quienes le persiguen como a aquellos que encuentran su camino hacia la impunidad. Si interpretación se encuentra a la altura de aquella que diera el inigualable Bruno Gantz en El Hundimiento de Oliver Hirschbiegel, pues ambos tuvieron la oportunidad de por un lado exponerles como despreciables, pero por el otro desmitificarles como poseedores de cierta capacidad sobrehumana de manipulación y adoctrinamiento, pasa mostrar que solo fueron los artífices de un sistema que se nutrió de otros y otras quienes encontraron en ellos un cauce para su propia doctrina del odio.

Ecos del presente.
La Desaparición de Josef Mengele, con su estilo crudo y su compleja narrativa es un medio perfecto para mostrarnos no solo a los genocidas sino al discurso que los justifica y a sus cómplices. Hacen un eco aterrador a las frases deshumanizantes que Mengele espeta las de los líderes israelíes que sin reparos se refieren a los palestinos y palestinas como animales. Las razones que da Mengele para erradicar a los judíos son tan despreciables como las de Itamar Ben-Gvir para llamar a que se les dispare a los prisioneros palestinos en la cabeza o que lo único que debe entrar a Gaza son cientos de toneladas de explosivos y no ayuda humanitaria; o igual que los dichos de Bezalel Smotrich quien considera que provocar la muerte de los palestinos por hambruna esta justificado y es moral; o como la expresión de Yoav Gallant de qué Israel está peleando contra animales. Las acciones que Mengele describe son tan crueles como las del IDF con el pueblo palestino. Y sin embargo, son ahora los mismos Aliados que se vanaglorian de haber triunfado contra el mal en la Segunda Guerra Mundial quienes financian y justifican el genocidio en palestina a manos del Estado de Israel. Sus manos están llenas de sangre inocente.
Una reflexión final.
Me preocupa el papel que juegan estas películas ante la percepción mundial del genocidio en Gaza. A pesar de que sus directores sean tan claros en la manera en que abordan la historia y nos brinden discursos complejos y con mensajes universales como lo es en esta película o en otras como en Zona de Interés de Jonathan Glazer, a menos de que los directores o directoras abiertamente se pronuncien de una manera estridente y sin reparos para dejar clara su posición acerca de las acciones genocidas del Estado de Israel en contra de los palestino, y a veces aunque lo hagan, al final son obras utilizadas por los sionistas para silenciar a las voces opositores y hacerle eco a sus clamores de antisemitismo ante cualquier crítica de la ideología supremacista y colonialista del sionismo, incluso proviniendo de judíos y judías que son automáticamente descalificados y descalificadas como judíos y judías que se odian a sí mismos.
Un claro ejemplo de esto es que en la proyección se encontraba la sionista de Denisse Dresser, quién firmó la carta condenando las acciones del Colegio de México por romper relaciones con la Universidad Hebrea d Jerusalén, y quien forma parte del Center for Strategic and International Studies, uno de esos think tanks que quieren presentarse como neutrales ante el genocidio. Ante el cuestionamiento de otro espectador sobre que pensaba de la película está respondió que era "bellísima". Pienso igual, aunque estoy seguro que por razones totalmente diferentes a la de la politóloga de la derecha liberal, y, aunque sea un detalle superficial e intrascendente, pero me da gusto que así sea.



















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