El umbral de Miyazaki

Aspectos socioculturales

Hay escenas que no solo se quedan grabadas en nuestra memoria, sino que también nos hacen sentir que hemos cruzado un umbral invisible. En El viaje de Chihiro, de Hayao Miyazaki, hay un momento que captura exactamente eso: la llegada de Chihiro a la ciudad espiritual. Y es ahí, justo en esos minutos, donde siento que se resume toda la visión artística de Miyazaki.

La casa de los sueños: la arquitectura de El viaje de Chihiro – EL ATLAS DE  LA MEMORIA
El viaje de Chihiro (2001)

Piénsalo: todo empieza con un túnel aparentemente común. Chihiro lo atraviesa con sus padres, medio obligada, sin entender muy bien qué está pasando. Pero el túnel no es solo un túnel. Es un pasaje simbólico, una puerta que separa el mundo cotidiano de lo extraordinario. Cuando lo cruzan, algo cambia. El aire se vuelve distinto, más pesado, más misterioso. Y en ese detalle está la magia de Miyazaki: convertir lo simple en un portal hacia lo infinito.

 

Lo increíble es que esta transición no ocurre con efectos estridentes ni exagerados. No hay fuegos artificiales ni golpes de sonido. Hay silencio, pasos, un viento que corre, y de pronto la sensación de que estamos en otro lugar. Ese es Miyazaki en su esencia: un director que confía en la sutileza, que entiende que la verdadera magia no necesita gritar para que la escuchemos.

 

Cuando Chihiro y sus padres llegan a la ciudad espiritual, el impacto es inmediato. Todo brilla con luces cálidas, los puestos de comida rebosan de platos imposibles, los colores parecen vivos, casi palpitan. Nosotros, como espectadores, sentimos la misma fascinación que ella, como si también hubiéramos entrado por primera vez en ese mundo secreto. Y aquí ocurre algo muy particular: Miyazaki logra que lo maravilloso y lo inquietante convivan en la misma imagen.

 

Porque sí, la ciudad es hermosa, pero también está llena de advertencias. El banquete que atrae a los padres de Chihiro termina convirtiéndose en una trampa: devoran sin control y se transforman en cerdos. Es una de esas metáforas tan directas de Miyazaki que golpean sin necesidad de explicación: la avaricia, el consumo desmedido, esa incapacidad humana de detenernos ante el exceso. Y lo muestra con una crudeza disfrazada de cuento, como diciendo: “cuidado, este mundo es fascinante, pero también puede devorarte si no estás alerta”.

 

Ahí es cuando entendemos que Chihiro no solo cruzó a un lugar nuevo; cruzó a una etapa distinta de su vida. Ella, que empieza siendo una niña insegura y temerosa, ahora tiene que enfrentarse a pruebas que la harán crecer. Para Miyazaki, las aventuras siempre son viajes interiores. La magia no está para distraer, sino para acompañar el camino de un personaje hacia la madurez. Y en esta escena queda clarísimo: a partir de aquí, Chihiro no podrá ser la misma.

 

Lo que también me maravilla es cómo la animación acompaña todo este proceso. No es un despliegue frío de técnica, sino un trabajo artesanal cargado de alma. Cada linterna que ilumina la calle, cada textura de la comida, cada sombra en los rincones está hecha con un cuidado obsesivo. Y eso le da a la ciudad espiritual una cualidad única: no es solo un escenario, es un ser vivo. Late, respira, te atrapa. Miyazaki convierte el espacio en personaje, y eso es algo que pocos directores saben hacer con tanta naturalidad.

 

Y mientras tanto, la música de Joe Hisaishi hace su parte. No invade, no domina: acompaña como una corriente invisible. Sus notas parecen flotar sobre la ciudad, reforzando esa mezcla de maravilla y temor. Es casi como si estuviéramos escuchando el alma del lugar.

Vestuario y simbolismo en «El viaje de Chihiro» | Meer

Lo más poderoso, sin embargo, es cómo Miyazaki trata a su protagonista. Chihiro no es una heroína perfecta, ni una niña destinada a salvar el mundo por profecía. Es simplemente una chica común, con miedo, que poco a poco descubre su propia fuerza. Y esa forma de narrar conecta con cualquiera de nosotros, porque ¿quién no se ha sentido perdido alguna vez en un lugar desconocido? ¿Quién no ha tenido que dar un paso al frente aunque temblara por dentro?

 

Por eso digo que esta escena lo tiene todo: la metáfora del paso a la madurez, la crítica a la avaricia, el respeto por lo cotidiano convertido en extraordinario, y sobre todo, esa sensibilidad de Miyazaki para hacer que lo fantástico sea un espejo de lo humano. En unos pocos minutos, nos muestra lo que define a su cine: mundos que parecen sueños, pero que en el fondo hablan de nuestra propia vida.

 

Al final, la llegada de Chihiro a la ciudad espiritual no es solo un momento de una película. Es un recordatorio de que todos, en algún punto, atravesamos nuestro propio túnel: dejamos atrás la comodidad de lo conocido y entramos en un mundo que nos reta a crecer. Miyazaki, con su delicadeza única, convierte esa transición en una experiencia que se siente tan personal como universal.

 

Y quizá por eso esta escena no solo define a un director, sino que lo eleva a algo más grande: un narrador del alma humana. Con cada linterna encendida, con cada silencio cargado de misterio, nos recuerda que el verdadero viaje no está en lo fantástico que vemos, sino en lo que descubrimos de nosotros mismos al atravesarlo.

 

Eso, para mí, es lo que hace de Hayao Miyazaki un cineasta inolvidable. Porque logra que, incluso años después de ver El viaje de Chihiro, todavía nos detengamos a pensar: ¿cuál es el túnel que estoy cruzando yo ahora?

Comentarios 1

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fedman28 de octubre de 2025
Es cofundador de Studio Ghibli y se retiró dos veces de forma oficial.

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