¿Que le pasa a ese señor, le cayo mal la comida? Alien y un nene de 8 años en Uruguay
Aspectos socioculturalesEscrito por Cristian L. Pires
Primero de octubre de 2025
Cuantificar cuánto miedo sentí en mi vida se me hace difícil. A veces pienso que puede ser porque tengo ese sistema cerebral que te protege de recordar situaciones malas. Pero distinto es cuando te enfrentas a una experiencia aterradora en la seguridad y la acogedora compañía de una televisión, en mi caso, en una televisión de tubo antigua, en la casa de mi abuela, por ahí del año 2000. En esas condiciones seguras… se nos puede cruzar otro tipo de miedo, el miedo lindo que se aviva con un suspenso bien construido que, aunque parece que para un chico de esa edad pasa por encima de sus radares, el lenguaje bien estructurado jamás pasa desapercibido. Por lo que, obviamente, también llegó a mí esa noche de tormenta en una casa que recién conocía, un lugar donde debía sentirme cómodo pero que era tan extraño para mí como el origen del mismo Xenomorfo, un compañero con el que sellé un irrompible cariño en ese preciso momento.

Aburrido y con el acceso total que solo un nieto puede conseguir en la casa de su abuela, me senté frente a esa vieja tele de tubo con la esperanza de que los canales uruguayos pasaran los mismos dibujitos que miraba en mi querido Lanús, en Buenos Aires. Después de dar vueltas sin éxito un buen rato, pude divisar una nave en el medio del espacio, flotando en la nada misma. Nada que solamente se interrumpía cuando los relámpagos y el aguacero afuera de la casa hacían saltar la señal. Toda esa situación se sentía como un bálsamo. La noche era perfecta y a mí me parecía conocer de qué estaba hablando la tele… ¿los títulos recién aparecían, ALIEN?
Para ser extremadamente sincero, mi inicio en la saga xenomórfica fue con Alien3, de David Fincher. Recuerdo haber visto pedazos, la confrontación final, y quedarme sorprendido por la presencia aterradora del Dragón de Fiorina 161. Por lo que, cuando me tocó ver esas letras, mi cabeza ató los cabos bastante rápido. ¿Debería haber visto esa película con 8 años? Probablemente no, pero así eran las cosas entonces y, como dice la canción, no me arrepiento de este amor.

Mientras pasaban los minutos, la estética de Ridley Scott, de ese “futuro viejo” lento pero seguro, marcaba en mi cerebro una impronta inmortal. Desde ese momento en adelante, esta estética se volvería un enigma total en mi subconsciente… Misterio era la clave. ¿De qué tipo de tierra venía esta gente? ¿El futuro era tan frío, tan hostil? ¿Las personas vivían en barrios fábricas? ¿Entre caños y pantallas de tubo con lucecitas? Era como Star Wars, pero sin esa parte orgánica, sin soles, ni plantas, ni desiertos que hacían más cercana esa experiencia. En Alien no había un camino del héroe. Era todo sobre dinero, bonos y acciones, un grupo de camioneros en el espacio que terminan llegando a una nave espacial.

Para el momento en que Kane es atacado por la bestia abrazacaras, yo ya había tenido mi primer gran susto. A ese bicho no lo conocía de la película anterior… - que realmente era la posterior, pero… ¿que iba a saber yo?- De ahí, todo tomó un rumbo caótico y mi cabeza se alejó de pensar qué era ese Space Jockey y volvió a la acción inminente. Recuerdo que la escena del ácido no la pude ver bien, porque otra vez la imagen empezó a saltar. Con unas ganas instintivas de pegarle un golpe a la tele (así se arreglaba la señal en nuestros tiempos), simplemente me guardé las ganas por respeto a mi abuelita y rogué que la cosa se acomodara para ver qué pasaba con el señor con el bicho pegado.
Indignado estaba yo cuando, después de tanto rayo y agua, la imagen volvió y lo vi sentado diciendo que quería comer. Obviamente me había perdido la acción. Gracias, monzón rioplatense. Sin embargo, fue ahí que llegó el momento, mi experiencia más aterradora… ¿Qué le pasa a ese señor, le cayó mal la comida? Los gritos de Kane se quedaron grabados en mi cabeza para siempre, por lo desgarradores, por lo sorpresivo de la escena, los gestos de Tom Skerritt, el capitán Dallas, la pausa… y otra vez las convulsiones, el caos y el dolor de alguien que se desgarra por dentro. De pronto, una serpiente cabezona explota de su pecho para quedar en el plano más espectacular que he visto en el cine de terror. Como si fuera la vida real, todo eso pasó tan rápido que el shock se trasladaba de forma sublime fuera de la pantalla a mis ojos y mi cabeza, que se terminaba de convencerse de que no debería estar viendo eso.

Muchos piensan que los cines deberían cerrarse. Ya todos vemos todo en streaming, en televisores cada vez más planos y cada vez más y más grandes. La gente es cada vez más grosera y no respeta al otro en una sala, por lo que… ¿cuál es el punto? Creo que, después de revisitar mi pasado para escribir esto, entiendo mejor que nunca que las películas son un espectáculo que trasciende lo que está estrictamente dentro del producto. El cine puede generar una experiencia grupal que lo haga especial, como ver una gran comedia y reírte con 200 extraños en una habitación. También tiene eso de mimetizarse con tu estado de ánimo y ayudarte o, en mi caso, hacer de ancla emocional para recordar un día que, de otra forma, hubiese olvidado por completo. De hecho, de toda esta historia que conté, recuerdo todas estas sensaciones, pero no las fechas, porque el cine es eso… es emoción, es sensación. Como la sensación que yo sentí aquel día, domando la tormenta perfecta en compañía de la tripulación de la Nostromo y mi querido amigo y compañero, el Alien.




















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