David Fincher: “El Pecado no es Moderno”... pero como pega
Reseñas generalesEstrenada en 1995, Seven se destacó por su innovador enfoque en el género de suspenso. La cinta sigue a los detectives Mills (Brad Pitt) y Somerset (Morgan Freeman) en su búsqueda de un asesino en serie que basa sus crímenes en los siete pecados capitales.
La visión de Fincher fue la que convirtió a la historia escrita por Andrew Kevin Walker, en un fenómeno cultural. Seven no solo redefinió el cine de suspenso, sino que también cimentó la reputación de David Fincher como un maestro del género a los 33 años.
Este thriller oscuro, el más espeluznante de la década, tiene una trama enrevesada y apasionante que nos conduce sin pausa y sin piedad por cada uno de los asesinatos, adentrándonos en la riqueza de sus personajes y en la insuperable puesta en escena que los acompaña.
David en esta película nos seduce con esa mezcla única de oscuridad, belleza y sorpresa, usa técnicas de cámara en mano para acercarnos a la expresión de los rostros en sus diferentes estados psicológicos y proporciona una textura realista a este largometraje, además de otorgar a sus secuencias de acción un aspecto inmediato y vibrante.
David tiene compromiso con los detalles para crear la atmosfera que coincide con las emociones de los personajes indicados en la trama y el uso de los colores en permanentes contrastes con negros muy intensos en los planos cortos de la película, y esto nunca se habían visto hasta ese momento en una pantalla de cine. David Integra a la imagen una narrativa con diálogos interesantes, que se han convertido en un clásico del género. Un éxito entre las críticas y de taquilla.
Pero, lo que más me gusta de David no es lo que muestra, sino lo que sugiere. Y en ese sugerir, en esa incertidumbre y tensión perturbadora rompe con nuestra quietud y sosiego y logra conectarnos íntimamente con las emociones de la historia.

Fincher se atrevió a contar una historia donde por primera vez el villano gana y se pone delante de cualquier otro tipo de thriller policial. En aquel momento no se podía ir más lejos, y hasta los títulos de crédito finales, que pasan en dirección contraria a los habituales, significan una voluntad de reinvención. Cuatro años después de la extraordinaria El silencio de los corderos (Jonathan Demme), Seven va lo más lejos posible sin caer en la parodia, con un psicópata que cree estar al servicio de Dios cumpliendo una misión divina, mientras nos deja conocer el contraste de la personalidad de los detectives a través de los siete días que duró la investigación.

Transcurridos los cinco primeros asesinatos que representan los pecados capitales; la gula, la codicia, la pereza, la lujuria, la soberbia que suceden en una ciudad sin nombre donde llueve sin cesar, llega el final. Un final en contraste estético con las imágenes anteriores, un final donde brilla el sol entre torres eléctricas y un helicóptero. En esta escena Fincher realizó grandes planos generales generando un ritmo interno acelerado mostrando la visión objetiva de los hechos sin perder ni por un segundo la tensión que viene desarrollándose a lo largo de la película, un final impactante en la cinematografía.

La visión artística de David Fincher en la escena final de Seven es la de presentar una conclusión sombría y perturbadora que rompe con las expectativas del género y refleja la naturaleza oscura de la condición humana, haciendo que el espectador sienta la devastación y la desesperanza de un mundo sucio e imperfecto por primera vez contado en la historia de Hollywood.
Porque no es solo un giro final extraordinario, no es lo visceral ni lo violento, es el escenario elegido, es la fotografía de Darius Khondji, desde los tamaños y angulaciones de plano hasta la puesta en escena, es el montaje de Richard Francis-Bruce y es la música elegida de Howard Shore, pero por sobre todo esto es la dirección que ejerce sobre las interpretaciones de las emociones humanas.
La interpretación final de Kevin Speacy como un santo oscuro indestructible, es una creación escalofriante, calma y soberbia de un intérprete singular, guiado con astucia por Fincher, que le empuja a un gran esfuerzo en este clímax final. En él la sorpresa tiene el valor de la catarsis, transformando a el psicópata en mártir arrancando del espectador las últimas gotas de seguridad que le quedaban. El director lo sigue encuadrando para mostrarlo como una verdadera amenaza, aunque esté esposado.

La interpretación final de Morgan Freeman quien sin perder la calma se ocupa de la sorpresa en una secuencia con planos más largos remarcando la veteranía del detective al encargarse de una situación tan complicada. Fincher transmite la dinámica. Somerset toma la decisión de abrir la caja determinado a revelar el contenido de la misma la abre y el plano es más cerrado, más emocional. Fincher no revela lo que hay en la caja. Una vez más sugiere y no muestra.

La interpretación de Brad Pitt el detective menos experimentado y mas emocional no llega a ver realmente el contenido de la caja, que contiene la cabeza de su esposa de Tracy (Gwyneth Paltrow). John Doe le confiesa como sexto pecado capital la envidia que sentía por él. Mills es torturado por el miedo que siente mediante la imaginación. Fincher le da un plano cerrado centrándose directamente en sus diferentes emociones; la confusión, las lágrimas de tristeza, la desesperación y la rabia y de nuevo la tristeza cuando Doe termina de decirle: ella suplicó por su vida y por la de su bebé. Mills quiere llorar y dejar la pistola en el suelo. Las expresiones en su rostro nos contagian ese desgarro. Y Doe logra su objetivo final incitando al detective Mills a cometer el último de los pecados capitales: la ira. Transformando al detective en asesino.

Pasaron 30 años de su estreno y David Fincher con su estilo perverso y perturbador en su visión artística logró tatuar en nuestra memoria la escena final de Seven para siempre.
Si desean recordar esa escena final, aquí les dejo el video
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