Megalopolis ...
Reseñas generalesHay una razón poderosa para enfrentarse a Megalopolis más allá del simple juicio crítico: se trata del passion project de uno de los grandes directores de la historia. Y con ese tipo de proyectos ocurre algo curioso: a veces alcanzan lo sublime, y otras veces fracasan de manera estrepitosa. Aquí, pese a la pasión evidente y al deseo genuino de decir algo importante, muchas cosas simplemente no funcionan.
En el centro, Megalopolis intenta ser una reflexión sobre el poder, la corrupción de la sociedad, la idea de utopía y el rol del artista, y su relación con el tiempo, dentro de todo esto. El problema es que la película se sobrecarga de elementos que la vuelven difícil de seguir y que terminan marchitando su propio discurso. No hay una narrativa clara: ni sobre las implicaciones del control del tiempo, ni sobre la muerte, ni sobre qué reglas rigen el universo que Coppola construye.
Aun así, hay un extraño placer en observar cómo la película falla con tanta ambición. Resulta fascinante preguntarse cómo funciona Megalopolis en la cabeza de Coppola, porque lo que llega a pantalla es otra cosa: un tono completamente inestable, actores que parecen no tomarse el material en serio y actuaciones que rozan la autoparodia, Jason Schwartzman es, básicamente, Jason parodiándose a sí mismo. Hay líneas y situaciones que no llevan a nada, que no importan, que se disuelven, que se olvidan.
El resultado final es un caos que termina siendo involuntariamente cómico, una obra que provoca risa desde el absurdo más que desde la intención. Megalopolis no es una buena película, pero sí es una película importante: un testimonio del riesgo creativo llevado al extremo, y del delgado límite entre la visión autoral y el descontrol total.
No hay mejor forma de entender y aprender del cine, que revisar lo que no funciona, entender el porque no funciona y pensar como pudo haber funcionado.





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