SHREK - una familia diferente
Reseñas generalesEl pantano estaba lleno de música, luces improvisadas y el aroma de los guisos más extravagantes. Era un día especial: los hijos de Shrek y Fiona celebran los 15 años de sus hijos. Todos los ogros, amigos y criaturas del reino habían llegado para celebrar.
Shrek, con su enorme sonrisa, levantó una pierna de pavo asado y dijo:
—¡Salud por mis retoños, que ya no son tan chiquitos!
Los invitados rieron y aplaudieron. Burro, como siempre, apareció con su entusiasmo imparable.
Burro:
—¡Quince años! ¿Pueden creerlo? Yo me acuerdo cuando todavía usaban pañales y mordían las orejas de todo el mundo. ¡Especialmente las mías!
Fiona rió, acariciándose suavemente la barriga que ya era imposible disimular, Shrek se acercó, puso su enorme mano sobre la pancita de Fiona y la besó con ternura.
Shrek:
—Y será tan fuerte, valiente y testarudo como todos los ogros de esta casa.
Los invitados gritaron de alegría, y Burro no pudo contenerse:
Burro:
—¡Ohhh, un bebé ogro! Ya estoy pensando en canciones de cuna, historias para dormir… ¡y fiestas de cumpleaños!
Gato con Botas, desde la mesa, levantó su copa con elegancia.
—Brindemos, amigos. Por el amor, por la familia… y por la paciencia, que la necesitarán mucho.
Todos estallaron en carcajadas mientras los niños seguían celebrando. La noche apenas empezaba, y la magia del pantano prometía nuevas aventuras.
La fiesta en el pantano continuaba, pero de pronto, Fiona comenzó a sentir un fuerte dolor en su vientre. Todos los ogros se miraron nerviosos.
Fiona, jadeando:
—Shrek… creo que… ¡ya viene!
Shrek abrió los ojos como platos, sin saber qué hacer.
Burro corrió en círculos, gritando:
—¡Va a nacer, va a nacer, va a nacer! ¡Alguien que traiga agua caliente! ¡O un pastel, no sé, algo!
Gato con Botas, más tranquilo, murmuró:
—Tranquilos, tranquilos. Todo saldrá bien.
Los ogros más ancianos ayudaron a Fiona a entrar en la cabaña, mientras los demás se quedaron afuera, expectantes. La noche se llenó de susurros, pasos apresurados y miradas ansiosas.
Pasaron horas. Shrek caminaba de un lado a otro frente a la puerta. Sus hijos lo miraban, nerviosos. De pronto, la puerta se abrió. Una anciana ogra salió, sonriendo con ternura.
Anciana:
—Shrek… ya nació.
Todos contuvieron la respiración.
Anciana (mirando solo a Shrek):
—Pero debes entrar tú primero.
El corazón del ogro dio un salto. Tragó saliva y empujó la puerta lentamente.
Allí, sobre la cama, estaba Fiona, agotada pero con una sonrisa de felicidad. En sus brazos sostenía a la bebé.
Shrek se acercó, y al verla, sus rodillas casi se doblaron de la impresión.
Era una niña humana. Su piel clara brillaba bajo la luz de las velas, sus ojitos pequeños se movían inquietos, y un mechón de cabello suave coronaba su cabeza. Era hermosa, diferente a todo lo que Shrek esperaba.
Shrek, en un hilo de voz:
—Fiona… es… es…
Fiona, acariciando a la pequeña:
—Es nuestra hija, Shrek.
Shrek se quedó en silencio, con la boca abierta y el corazón latiendo fuerte. Jamás había sentido algo así.
La bebé bostezó, y en ese gesto simple, Shrek sintió cómo toda la ternura del mundo lo atravesaba. Sus ojos, grandes y verdes, se llenaron de lágrimas.
El ogro se acercó, tocó con suavidad la manita de su hija, y la niña se aferró a su dedo con fuerza. Ese simple contacto derritió su corazón.
Los años pasaron rápido, y la pequeña niña humana creció rodeada del amor de su familia. Ahora tenía seis años y todos la llamaban por su nombre: Dulce.
Era una niña alegre y curiosa, pero a veces su corazón se llenaba de tristeza. Por más que intentaba comportarse como un ogro, nunca lograba encajar del todo.
Mientras sus hermanos se revolcaban en el barro riendo a carcajadas, Dulce lo intentaba… pero al final terminaba llorando porque se tragaba demasiado lodo. Cuando los ogros jugaban a derribarse en medio de un charco, ella siempre salía lastimada o asustada. Y aunque se esforzaba, sentía que nunca sería “como los demás”.
Una tarde, Dulce se sentó a la orilla del pantano con la mirada perdida. Sus hermanos se acercaron y se sentaron a su lado.
felicia:
—¿Qué pasa, Dulce? ¿Por qué siempre te pones triste cuando jugamos?
Dulce suspiró.
—Es que… yo no soy como ustedes. Soy diferente. No importa cuánto lo intente, nunca seré un ogro de verdad.
ferkus:
—Pero no tienes que serlo. Eres nuestra hermana, y eso es lo único que importa.
Dulce bajó la mirada y murmuró con un nudo en la garganta:
—Quiero ser normal… como todos los demás.
Esa noche, Shrek y Fiona la encontraron llorando en su cama. Shrek se sentó junto a ella, con esa torpeza tierna que lo caracterizaba.
Shrek:
—Dulce, ¿por qué esas lagrimitas, eh? Si eres la niña más valiente del pantano.
Dulce, abrazando su almohada:
—No papá… no lo soy. Soy rara. No soy fuerte, no me gusta ensuciarme tanto, no sé rugir… quiero ser como mis hermanos.
Fiona acarició su cabello con suavidad.
—Mi amor, ser diferente no es malo. Tú eres única, y eso te hace especial.
Dulce los miró con los ojitos llenos de lágrimas.
—¿Entonces ustedes me van a querer siempre… aunque no sea como ustedes?
Shrek sonrió, y con un dedo limpió sus mejillas húmedas.
—Escúchame bien, mi pequeña princesa: aunque fueras un ogro, una humana, o incluso un burrito como el Burro, siempre te vamos a querer. Porque eres nuestra hija, y no hay nada más importante que eso.
Fiona añadió con ternura:
—Tarde o temprano descubrirás que tu diferencia es tu fuerza, Dulce.
Dulce se acurrucó entre los brazos de sus padres, sintiendo el calor de su amor. Aunque todavía no entendía del todo lo que significaban esas palabras, en su corazón empezó a crecer una chispa de esperanza.
Aun así, la pequeña Dulce no podía evitar soñar con un mundo donde fuera “normal”.
alguien muy astuto se enteró de ese deseo.
Rumpelstiltskin, siempre buscando venganza contra Shrek y Fiona, apareció disfrazado de un simpático mercader en los alrededores del pantano.
Rumpelstiltskin, con voz melosa:
—Hola, pequeña. ¿te gustaría ser un ogro, vivir feliz y ser como los demás? Donde no fueras rara, sino normal…
Dulce abrió los ojos con ilusión.
—¿De verdad puede ser posible eso?
Rumpelstiltskin sonrió con malicia.
—Claro que sí, preciosa. Ven conmigo, y te preparare una poción mágica y nunca tendrás que sentirte diferente.
Inocente y llena de esperanza, Dulce lo siguió. Cuando llego a su casa rápidamente se dio cuenta que era una trampa, dulce quiso escapar pero no pudo estaba muy lejos del pantano, encerrada en una jaula mágica.
Dulce, golpeando las rejas:
—¡Déjame salir! ¡Quiero regresar con mi familia!
Rumpelstiltskin soltó una risa fría.
—Lo siento, querida… pero ahora eres la llave de mi plan. Tus padres vendrán por ti, y cuando lo hagan… ¡el pantano será mío!
Mientras tanto, en el pantano, la desesperación reinaba. Fiona abrazaba a sus hijos, y Shrek caminaba de un lado a otro con el rostro lleno de angustia.
Burro, alterado:
—¡Esto es un desastre! ¿Dónde puede estar? ¿Y si la perdimos para siempre?
Gato con Botas, con serenidad:
—Calma, amigo. Un buen cazador siempre encuentra el rastro. Y yo huelo a engaño… un engaño con nombre propio: Rumpelstiltskin.
Fiona, apretando los puños:
—Si ese miserable ha tocado a mi hija… no sabe en el lío que se ha metido.
Las princesas —Blanca Nieves, Cenicienta, Rapunzel y las demás amigas de Fiona— llegaron.
Blanca Nieves:
—Hemos oído lo sucedido. No estás sola, Fiona. Vamos a traer a Dulce de vuelta.
Shrek miró a todos, con determinación en su voz.
—Muy bien, formemos un plan. No importa cuántas trampas tenga ese enano, vamos a rescatarla.
Burro, levantando una pata emocionada:
—¡Eso, un rescate a lo grande! Con mapas, catapultas, explosiones, canciones… bueno, quizá no canciones, pero entienden la idea.
Gato con Botas desenfundó su espada.
—Será un rescate silencioso, elegante… y mortal, si es necesario.
Fiona se levantó, con la mirada firme.
—Entonces está decidido. Iremos juntos. Por Dulce.
Todos gritaron al unísono:
—¡Por Dulce!
El plan de Shrek, Fiona, Burro, Gato y las princesas fue arriesgado, pero funcionó. Con valentía y trabajo en equipo, lograron engañar a Rumpelstiltskin, quien terminó cayendo en su propia trampa.
Mientras gritaba de frustración, quedó encerrado en la misma jaula mágica que había usado contra Dulce.
Burro, dando saltitos de alegría:
—¡Ja! ¡Eso te pasa por meterte con la familia equivocada!
Gato con Botas, guardando su espada con elegancia:
—Y sin derramar una sola gota de barro en mi capa.
Shrek, con lágrimas en los ojos:
—Hija… nunca vuelvas a pensar que necesitas ser distinta para encajar. Tú eres nuestro tesoro.
Dulce lo abrazó fuerte, con lágrimas también.
—Perdón, papá. Yo solo quería ser normal… y terminé metiéndolos a todos en peligro.
Fiona se arrodilló frente a ella, tomó sus manitas y le sonrió.
—Escucha, Dulce. Hay algo que debes saber. Yo también fui humana una vez.
Dulce abrió los ojos como platos.
—¿Tú… mamá?
Fiona asintió.
—Sí, yo nací humana, como tú. Pero por un hechizo terminé convertida en ogro, y aprendí que lo que somos por dentro importa más que cómo nos vemos por fuera.
Dulce la miró con sorpresa, como si de pronto todo encajara en su corazón.
Fiona continuó:
—Quiero llevarte a un lugar muy, muy lejano. Allí entenderás de dónde vienes y verás que tu diferencia es un regalo, no una maldición.
Días después, la familia viajó a un reino de muy muy lejano, Era un lugar lleno de humanos, castillos y costumbres distintas al pantano.
Fue entonces cuando Dulce entendió algo muy importante: podía tener raíces humanas, pero su verdadero hogar estaba con su familia, en el pantano.
Dulce, corriendo hacia ellos, exclamó:
—¡Soy humana y soy ogro! ¡Soy las dos cosas!
Shrek la levantó en brazos con orgullo.
—¡Esa es mi niña! Diferente, única… y perfecta tal como es.
Todos rieron y la abrazaron. Y así, entre risas y lágrimas de felicidad, Dulce descubrió que la verdadera “normalidad” era ser amada tal y como era.
FIN

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