Tierra de policías: Revisiones (primera parte)

Reseñas generales

Siempre es un placer mirar “películas viejas”, incluso para algunos es mejor ver de esas antes que los estrenos, hoy ni hablemos que les doy un abrazo aún con más fuerza. Pasado un período de acostumbramiento, siendo niño, ya identificaba la diferencia por el grano de la imagen que una película era “vieja” en comparación con alguna que veía en carácter de estreno en VHS. Para no extender esta “literatura del yo” hasta el tedio, lo que se intenta plantear es la distancia entre las películas vistas bajo el sabor del añejamiento y las que vimos en su momento como estreno y hoy ya son parte de un archivo. Si son buenas las consideramos clásicos y si no quedan ahí apiladas en un tacho, esperando a una próxima generación para ser revisitadas nuevamente.

 

Todo esto es para revisar Tierra de policías (Copland, 1997), la segunda película de James Mangold, tras su debut con la encantadora Heavy (1995). No tomo la comunión en la iglesia de Mangold, así y todo, me parece un sólido director y narrador capaz de ubicar bien las piezas sin importar el género ni el estilo. Hace poco escuché en un podcast que podría ser el nuevo Alan Parker, tal teoría me parece acertada, más allá de los gustos acerca de estos directores hay una capacidad adquirida, ya sea por oficio o por experiencias ganadas. Es decir, Parker también era un director sin miedo a meterse en un musical, un drama carcelario, una de terror o una ópera rock.   

Antes de proseguir, es necesario situar un contexto de esta película. Miramax compró el guión de Mangold, el antecedente de Heavy le otorgaba esa cualidad que la compañía buscaba en nuevos talentos. El propio director cuenta que, en ese momento, el acuerdo con los hermanos Weinstein le permitió vender su guión, pero también le daba la posibilidad de dirigir la película, a diferencia de otras propuestas ofrecidas que lo marginaban para entregarle el proyecto a otro realizador. Recordemos que, entre 1993 y 2010, la dueña de la productora era Disney. 

La gran diferencia con otras subsidiarias, como por ejemplo Touchstone o Hollywood Pictures era que Miramax tenía completa autonomía en el manejo de las decisiones operativas. De todos modos, Disney tenía la última palabra sobre aquello que se podía estrenar o no, algún día podríamos hablar del caso Dogma (1999) de Kevin Smith, un escándalo enorme de la historia de Miramax, que luego quedó eclipsado por el público conocimiento que tomaron las denuncias contra Harvey Weinstein y que derivó en su encarcelamiento. A partir de esa adquisición, Disney pretendió entrar al mercado de películas independientes, un mercado que le interesaba copar, ya que con sus otras subsidiarias cubría la porción del cine blockbuster gracias a películas como La roca (The Rock, 1996) o Con Air: Riesgo en el aire (Con Air, 1997). Por supuesto, el direccionamiento principal era la animación, algunas live action y el todavía por entonces vigente VHS, formato aprovechado para distribuir muchas secuelas de sus grandes éxitos infantiles. 

 

La libertad otorgada por Disney les permitió a los Weinstein mantener el control de la compañía que habían fundado en 1979 y -también- explorar otras zonas de interés. Así aparece Dimension Films, otra firma fundamental del cine de los 90, que se ocupó de producir gran parte del renacimiento del slasher, principalmente con Scream: Vigila quien llama (Scream, 1996), aunque si lo miramos desde una una mayor distancia, lo que hacían era ocupar esos espacios con películas demandadas por una nueva generación ávidas de ver una renovación en el cine de terror. No es casualidad que en el mismo año en el que se estrena Scream: Vigila quien llama haya aparecido Del crepúsculo al amanecer (From Dusk Till Down, 1996) de Robert Rodriguez, este nombre tampoco surge por azar porque es un ahijado -malo o bueno, después lo discutimos- de Quentin Tarantino, personal de planta permanente en ese momento de Miramax. 

 

Entre 1993 y 2003, Miramax era un gran potentado con la capacidad de producir, distribuir y comprar películas. En el camino de una diversificación peligrosamente ambiciosa comenzaron a erosionar ciertos problemas, muchos de ellos convertidos en conflicto, uno de ellos fue la fundación de la revista “Talk”, en asociación con la periodista Tina Brown, sin el permiso del jefe de Disney en ese momento, Michael Eisner, lo cual generó una serie de rispideces. Ese malestar con Disney creció y nunca se detuvo, en el medio los Weinstein habían adquirido los derechos de los libros de “El señor de los anillos”, asociados financieramente al neocelandés Peter Jackson. Las diferencias creativas con el estudio para hacer las películas derivaron en la venta de esos derechos a New Line Cinema. Mientras Jackson quería hacer dos películas, Disney creía que era un riesgo mayor planificar con un presupuesto alto un díptico, sin saber si la primera parte podía alcanzar un éxito o no. Una estrategia que hoy está ubicada en las antípodas de lo que fue la “época de oro de los superhéroes” y las secuelas infinitas. 

¿Dónde entra Tierra de policías en este mapa del cine de la década de 1990? Miramax, con los Weinstein, tenía una debilidad por los laureles en festivales europeos y -principalmente- por el Oscar. El esquema de producción controlado por un bajo presupuesto les permitía apuntar a que sus películas tuvieran un reconocimiento de la industria, es así que El paciente inglés (The English Patient, 1996) es el summum de lo aspiracional, en términos de premiaciones y status, que quedó congelado en ese período porque casi nadie revisita esa película de Anthony Minghella, ni tampoco se la señala como un ícono de Miramax, más que para analizar el fenómeno de la época, en términos de premiaciones, aunque no por cuestiones cinematográficas. Otro caso similar del catálogo de Miramax es el de Shakespeare apasionado (Shakespeare in Love, 1998), la película de John Madden que se ubicó por encima de Rescatando al soldado Ryan (Saving Private Ryan, 1998), al día de hoy -más allá de los gustos- la película sobre la que se vuelve, de esas dos, es la de Spielberg.

 

Tierra de policías es un buen caso testigo para verle los hilos de las intenciones de los Weinstein con una película que no llegó a ese puerto soñado de los premios y la lluvia de laureles. Para quienes no la vieron, tenemos al sheriff Freddy Heflin (un Sylvester Stallone con evidente sobrepeso) de un pueblo en Nueva Jersey, donde casi todos los habitantes son policías en la ciudad de Nueva York y que encontraron en ese lugar una posibilidad de vivir alejados del alboroto generado por la gran ciudad. Todo mediante un tecnicismo, ya que los policías de NYPD no pueden vivir en otro estado que no sea el de Nueva York. Ese sheriff es una simple figura nominal de autoridad, solo se ocupa de pequeñas situaciones porque el manejo del pueblo está a cargo de Ray Donlan (Harvey Keitel), el ideólogo y factótum de la idea de fundar una localidad como paraíso utópico donde la fuerza de seguridad vive alejada de la delincuencia que combate durante el día. Debajo de una calma aparente, en el pueblo hay un tejido entre los habitantes dispuesto a romperse con el más inofensivo de los filos. 

Comentarios 3

C
Carlofrost19 de agosto de 2025
Esta película supuso un cambio de registro para Sylvester Stallone. No será lo más valorado de su carrera pero aquí Sly demostró que está en una liga diferente a Schwarzeneger y los demás héroes de acción de esa época
L
La Dimensión Desconocida16 de agosto de 2025
Diría que es el mejor "director de encargo" actual. El tipo te hace Logan con clasificación mega R, te hace la biopic de Dylan y te puede hacer un thriller psicológico enredadísimo como lo es Identity. Tiene lo mejor de Spielberg pero no la suficiente autoría como para reconocer patrones en sus películas. Es el tipo que siempre cumple. Supe que iba a ser el director de Swamp Thing para el nuevo Universo de CD comandado por Gunn pero se bajó, ahora va a estar con Disney para hacer una de Star Wars. En definitivas, un tipo que sabe que siempre va a tener laburo
M
Mari Stocco16 de agosto de 2025
Lo que más me atrae de Copland es que, aunque hable de policías corruptos y un sheriff atrapado entre la ley y la lealtad, en el fondo es una historia sobre alguien que se da cuenta demasiado tarde de que ha estado mirando para otro lado. Y esa sensación de “ya es casi tarde, pero igual voy a actuar” me golpea fuerte. Quizá no sea perfecta, pero tiene un corazón enorme detrás de toda esa niebla gris que cubre el pueblo.

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