Kill Bill: o al menos cómo yo la hubiera narrado
Reseñas generales
El sol de Texas caía a plomo sobre la capilla Two Pines, convirtiendo el polvo del camino en un espejismo sediento. Las puertas se abrieron de golpe, y ella apareció tambaleándose, su vestido blanco manchado de rojo, como si alguien hubiera derramado pintura sobre un lienzo sagrado. La Novia. O lo que quedaba de ella. Cayó de rodillas, luego de bruces, la mejilla pegada a la tierra caliente. Las últimas cosas que registró antes de que el mundo se apagara fueron el olor a pólvora, el sabor del hierro en su boca y las botas de Bill acercándose con esa tranquilidad de hombre que ya ha firmado una sentencia.
—Lo siento, cariño —susurró él, agachándose lo justo para que sus palabras le rozaran el oído como un cuchillo sin filo—. Pero los asesinos no se jubilan. Solo se retrasan.
Luego, el disparo.
Y después, la nada.

Cuatro años más tarde, en un hospital de El Paso, una mosca caminó sobre el globo ocular inmóvil de la Novia. La enfermera Fran ni siquiera la notó; para ella, la paciente de la habitación 42 era solo un cuerpo más, un saco de carne y huesos que la guerra había escupido de vuelta al mundo civilizado. Pero entonces, sin previo aviso, el ojo de la Novia parpadeó.
Fran se quedó paralizada, la taza de café a medio servir temblando en su mano.
La Novia la miró.
Y sonrió.
Esa sonrisa no era de alivio, ni de gratitud. Era la sonrisa de alguien que acaba de recordar una lista de nombres escritos con sangre.
—Fran —dijo la Novia, su voz áspera por años de silencio—. ¿Qué año es?
La enfermera no respondió. Se le escapó un gemido, el café se derramó en el suelo. Pero no hizo falta que hablara. La Novia ya lo sabía. Había dormido demasiado tiempo.
Y ahora iba a despertar al infierno.
***
Los días siguientes fueron un borrón de dolor y rabia. Sus músculos, atrofiados por años de inactividad, se negaban a obedecerla. Se cayó la primera vez que intentó ponerse de pie, luego la segunda, luego la tercera. Pero la cuarta vez, se agarró al borde de la cama y se obligó a mantenerse erguida, aunque cada centímetro de su cuerpo le gritara que se rindiera.
No había tiempo para eso.
Robó un escalpelo de una bandeja de instrumental. El ordenista que intentó detenerla acabó con tres dedos menos y un chillido que atravesó todo el pasillo. Escapó arrastrándose al principio, luego gateando, luego caminando como un muerto viviente hasta la salida de emergencia. Afuera, el sol de la mañana la golpeó como un puñetazo.
Respiró hondo.
Y empezó a caminar.
La lista estaba arrugada, manchada de sudor y algo que podría haber sido sangre o tal vez solo café barato. Los primeros nombres ya estaban tachados: Buck, Verita Green.
Verita.
Ese nombre le pesaba más que los otros.
Recordaba la cocina de Verita, los azulejos blancos salpicados de rojo, el modo en que su cuerpo se había desplomado sobre la mesa del desayuno. Y luego, la niña. Nikki. Esa mirada que no era de miedo, sino de comprensión. Como si ya supiera, con sus cuatro años de vida, que esto no terminaba aquí.
—Te vi matarla —diría Nikki años después, en algún lugar oscuro de la mente de la Novia—. Y después me miraste como si pudieras arrepentirte.
Pero no había arrepentimiento que valiera. Solo quedaban nombres en la lista.
El siguiente era Budd.
El trailer de Budd olía a whisky derramado y derrota. Él estaba sentado en su sofá destartalado, una botella de Jack Daniels en una mano y una serpiente en un tarro de vidrio en la otra. Le hablaba al reptil como si fuera el único ser en el mundo que podía entenderlo.
—Bill siempre dijo que ella era la mejor de nosotros —murmuró, mirando el líquido ámbar de su vaso como si allí estuvieran todas las respuestas—. Por eso le disparó, ¿sabes? No por traición. Sino porque no podía soportar que alguien tan jodidamente buena se fuera.
La puerta se abrió. Elle Driver entró con la elegancia de un depredador, su ojo bueno brillando con algo que podía ser diversión o simplemente locura.
—Bill manda saludos —dijo Elle, la jeringa ya en su mano antes de que Budd pudiera reaccionar—.
Desde el infierno.
Budd no luchó. Sonrió, como si hubiera estado esperando esto desde hace años, y dejó que el veneno hiciera su trabajo. Mientras la oscuridad lo arrastraba, su mano rozó una foto vieja en la mesa: los Deadly Vipers, todos jóvenes, todos sonriendo. La Novia estaba allí, en el centro, con una sonrisa que ya no existía.
Bill la esperaba en México, como ella sabía que haría.
Estaba sentado en el porche de su villa, una guitarra en las manos, como si este fuera un día cualquiera y no el último de su vida. Cuando la vio acercarse, no se inmutó. Solo dejó la guitarra a un lado y tomó un trago de whisky.
—Sabía que vendrías —dijo, y esta vez no había reproche en su voz, solo cansancio—. Pero dime, ¿realmente crees que matarme te hará libre?
La Novia no respondió. No hacía falta.
Atacó.
Los movimientos eran rápidos, precisos, el resultado de años de entrenamiento y una sed de venganza que no se saciaba con nada menos que esto. Bill luchó, pero no como el hombre que alguna vez fue. Luchó como alguien que ya había aceptado su final.
Cuando el golpe de cinco puntos lo alcanzó, se llevó una mano al pecho, sintió su corazón revolverse como un animal herido y sonrió.
—Ah —murmuró—. El poema.
La Novia se dio la vuelta y empezó a caminar.
Uno.
Dos.
Tres pasos.
Detrás de ella, Bill cayó al suelo.
No hubo dramáticos últimos suspiros, ni palabras de despedida. Solo el silencio del desierto, el viento acariciando la hierba seca y el sonido de sus propios pasos alejándose.
Al final, no sintió alivio.
Solo el peso de todos los nombres tachados en su lista.
Y el presentimiento de que, en algún lugar, una niña de ojos fríos estaba aprendiendo a sostener un cuchillo.







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