El presidente querido y letal. Menem (2025) de Ariel Winograd

Reseñas generales

 

Ficciones históricas

El legado histórico es atracción inevitable para el terreno de la ficción; esto se sabe, pero, parece que hay que recordarlo, varias veces. El gran ejemplo, claro, es la narrativa norteamericana, con el cine -y el comic- como uno de sus baluartes. No hay episodio y personaje histórico que Hollywood no haya retratado, y desde el género narrativo que se quiera; como botón de muestra, Abraham Lincoln ha sido, además de presidente, cazador de vampiros. No es que el cine argentino no haya practicado ejercicios similares; allí están, entre muchos títulos, La guerra gaucha (1942), Yo maté a Facundo (1975), Asesinato en el Senado de la Nación (1984); hay mucho más. 

En todo caso, del cine argentino lo que se desprende es el dilema mismo de una tradición rota, descontinuada, a la que hay que suturar de maneras reiteradas. Nada diferente a lo que sucede en otras instancias del entramado social; el cine, en todo caso, no es más que una de sus muchas instancias. La reciente Argentina, 1985 (2022) actualizó un interés evidente, que se manifiesta en la adhesión del público a la gran pantalla; es decir, fue mucha la gente que acudió a las salas, aun cuando las posibilidades tecnológicas ya permitían el disfrute hogareño del film. Puede permanecer en un estado larvario, pero la necesidad del encuentro sigue intacta, y el cine es el medio que la activa.

Dicho esto, lo que me surge como duda, es qué contenidos de la historia argentina reciente se enseñan en la escuela. ¿Qué lugar ocupan la última dictadura militar y los gobiernos democráticos? En lo personal, recuerdo ver en el colegio el documental La República Perdida (1983), figurita repetida en muchas aulas, todo hay que decirlo, pero gracias al cine pude desandar un poco los hechos vividos por quienes me precedían. 

Ahora bien, tiendo a suponer que el cine y las series han pasado a ser el receptáculo donde dar cabida a muchos capítulos históricos que, tal vez, aparecen como huecos raros o espacios en blanco en el ámbito áulico. Desde luego, lo dicho no es más que un prejuicio, porque con seguridad, son muchas y muchos los docentes que activan la memoria y el ejercicio crítico; a ellos, mis respetos.

 

 

Una línea de tiempo audiovisual

La miniserie Menem bien podría ser vista en relación a otros contenidos audiovisuales, con los cuales trazar una especie de reconstrucción puzzle de la historia argentina reciente. A través de tales producciones sería posible, al menos, recopilar miradas sobre los hechos relevantes más recientes, y al menos, paliar la vacuidad mental sobre lo que ha sucedido, en un momento donde la posverdad amenaza con desbaratar la tarea intelectual. Menos mal que, todavía, hay cine. Todavía.

Esta línea de tiempo (audiovisual) podría armarse del modo siguiente: Argentina, 1985 (2022, Santiago Mitre) – Menem (2025, Ariel Winograd) - Diciembre 2001 (2023, Benjamín Ávila) - Néstor Kirchner, la película (hay dos cortes: el de Paula Luque de 2012; y el de Israel Adrián Caetano, director original del proyecto, de 2013). Hay más series, que tocan de manera tangencial estas épocas, pero las más cercanas en cuanto a los hechos referidos, serían las antedichas. Motivo por el cual, si la desmemoria acciona -como lo hace- en estos días, tales series y películas permiten, al menos, una referencia sobre lo sucedido. Algunas más logradas que otras, pero todas de valía. Y más vale que no debieran ser las únicas; es decir, sobre Carlos Saúl Menem debieran haber muchas series y películas, siempre. Tantas como sobre la última dictadura. O sobre Macri, Milei o quien sea. A propósito, ¿el cine argentino dijo algo sobre el macrismo?, ¿cuáles películas?

 

 

Caudillo de patillas recortadas

Creada por Mariano Varela, la miniserie Menem -o serie, de una ¿única? temporada- conjuga seis episodios a los que la dirección de Ariel Winograd aporta una puesta en escena distintiva. Además de director cinematográfico de títulos como Vino para robar (2013) y El robo del siglo (2020), Winograd cuenta con el antecedente de la serie Coppola, el representante (2024). Su estilo humorístico, el abordaje un tanto desenfadado, logran en Menem un cauce diferencial. Es decir, las humoradas de Winograd saben funcionar con mayor o menor tino; pero el vínculo con la trama histórica logra una combustión inusitada. También porque los hechos y personajes referidos en Menem, cruzan aspectos con tales cuestiones: la farándula, la política televisiva, la Ferrari, el “caudillismo”, etc. Hay toda una retahíla que el menemismo trae aparejada, que Winograd relee desde su propuesta. Y logra una comedia política que, desde el asidero en hechos estrictamente ciertos, logra de un sainete de aspectos delirantes. El resultado, es notable.

De esta manera, cada episodio de Menem se articula desde la proyección política imposible de un candidato al que el propio peronismo no tiene en estima. Desde el ascenso y victoria dentro de las propias filas, al sillón presidencial; de las traiciones al movimiento obrero y las privatizaciones, al plan de la convertibilidad; sin obviar otros hechos no menos trágicos: la muerte de Carlitos Jr., y el atentado a la AMIA. De hecho, la serie inicia desde el ¿accidente? trágico del hijo del presidente; para remontar, desde el racconto, el trayecto de quien será presidente durante dos mandatos seguidos.

La construcción narrativa permite recordar algunos de los sucesos ocurridos durante la década de 1990, en la vida económica y política del país, narrados desde la interna de un grupo cerrado, que decide puertas adentro las maneras a través de las cuales hacer equilibrio fiscal y mediático. Hay periodistas afines -Bernardo Neustadt, obviamente-, hay complicidad sindical, y hay también ceguera social: en síntesis, Menem es el presidente que la propia sociedad elige, y dos veces. No es esto algo que la serie enuncie de manera elocuente, no lo necesita; antes bien, juega su narrativa de manera atractiva, por momentos risible y no menos patética. 

Para ello, logra un tono algo bufón, siempre al límite, no menos serio. Escapa, eso sí y afortunadamente, a la solemnidad de tantos otros registros. De manera tal que logra ser atractiva, y por igual, para distintos públicos. Quien no sepa sobre el menemismo, no se sentirá al margen de una propuesta preocupada, además, por informar sobre los principales personajes en escena y los hechos más acuciantes e insoslayables. Hay un afán de didactismo que, por momentos, se torna innecesario; pero se trata de una serie de plataforma, tiene que acceder a muchos públicos, algo que respeta desde una temática que, al menos, ilustra a quienes, justamente, no saben. (También para muchos adultos que ya “no recuerdan”).

Al mismo tiempo, el vértigo del relato está logrado desde la superposición de registros, que emulan el Super 8 y el VHS, como rasgos estéticos de época, texturas que rompen con la imagen única y alteran el modelo representacional, para señalar que lo visto no es otra cosa más que una puesta en escena. (De paso: nunca falta quien empieza a gritar sobre “lo que muestra la serie no es como pasó”, etc.; siempre hay “doctores en Historia” para acusar al cine).

Lo dicho se relaciona con la elección misma del personaje guía, la del fotógrafo que interpreta Juan Minujín, inventado para la ficción, pero que oficia como llave de ingreso al momento histórico, a la intimidad de los personajes, a los diálogos que nunca nadie escuchó. Esos momentos son el lugar ideal para la ficción, porque permiten poner en tensión lo que los hechos conocidos despiertan, y abren, así, un mundo imaginario del que es necesario abrevar para entender, mejor, lo que sucedió (y sucede).

En este sentido, si el Olegario Salas de Minujín es una invención, no lo es menos la Zulema Yoma de Griselda Siciliani (excelente), el Domingo Cavallo de Martín Campilongo (¡también excelente!) o el Menem de Leonardo Sabaraglia, recreado, este último, desde la mímesis exagerada, impostada, como un grotesco que no lo es del todo. Es un gran trabajo el del actor; sabe tomar las marcas de referencias suficientes para la elaboración del personaje que la ficción necesita. Ver a este Menem es quedarse atrapado por el encanto que profesa -nada ajeno al del político riojano-, teñido de una ruindad escondida, a la que no hace falta evidenciar de maneras malévolas; antes bien, son los propios hechos y medidas de gobierno los que hablan por sí solos; y eso es algo que la serie deja bien en claro.

Menem es una serie, además, hábil en la resolución y su cliffhanger. ¿Habrá segunda temporada? Aún no hay confirmación, pero hay dos hechos que ayudan a pensar que esto será así: por un lado, porque solo cubre la primera de las presidencias (el desenlace con el llanto y la sonrisa de Sbaraglia es un hallazgo); por el otro, la respuesta entusiasta del público.

Que ocurra, que haya segunda temporada. Luego de verla, y antes también, vale revisar Diciembre 2001 de Benjamín Ávila, seguramente más impostada y nada lúdica, pero oficia como un corolario fatal sobre los hechos alumbrados por quien fuera uno de los presidentes más queridos y letales del país.

 

 

Leandro Arteaga

 

Comentarios 1

J
Jeroo Casco2 de agosto de 2025
Que interesante todo lo que escribiste a pesar de mi casi nulo entusiasmo con este pequeño fenómeno sociohistórico/audiovisual que existe en nuestro país. Sinceramente no me llama para nada la atención la serie y eso que ya lei varios artículos mencionándola. No sé, quizás son mis ansias de ver algo nuevo e innovador en la ficción argentina. Algo que rompa con todo lo establecido, algo que arriesgue.

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