Sinners (2025): De lo mejor del año hasta ahora.

Reseñas generales

Sinners, la nueva obra inclasificable de Ryan Coogler, se presenta desde su primera imagen como un trance: un muchacho irrumpe ensangrentado en una iglesia, guitarra rota en mano, ojos perdidos en algún horror que acaba de ocurrir. Todo lo que sigue —que es mucho— no busca explicarlo, sino expandir ese temblor inicial hasta volverlo mito. Porque esta no es solo una película sobre vampiros, ni sobre el racismo, ni sobre la música. Es una película sobre el poder de una voz cuando se atreve a cantar en medio de los fantasmas.

 

Coogler ya había demostrado, en obras tan disímiles como Fruitvale Station o Black Panther, que no le interesan las etiquetas: es un narrador profundamente político pero también un artesano de la puesta en escena, un estilista de la emoción que entiende el ritmo como una forma de discurso. En Sinners, con guion propio y una cámara que parece deslizarse entre el polvo y la sangre como si flotara, pone todo eso al servicio de una historia que se sabe clásica pero se niega a repetirse. La Mississippi de 1932, en plena era Jim Crow, se convierte en un terreno donde el realismo mágico, el cine negro y el horror gótico se mezclan sin pedir permiso.

 

La trama es, en apariencia, sencilla. Smoke y Stack —gemelos interpretados con milimétrica diferencia por Michael B. Jordan— regresan a su pueblo natal en el Delta tras años de crimen en Chicago. Llevan consigo dinero, experiencia, heridas y un plan: abrir un juke joint, ese espacio tan propio del sur afroamericano donde la música, el alcohol y el cuerpo son formas de supervivencia. Allí se suma Sammie (Miles Caton) , primo adolescente y aspirante a músico, con una voz que parece invocar siglos. También reaparecen viejos amores, amistades oxidadas, figuras medio míticas como Delta Slim, y una amenaza en forma de presencia extranjera: Remmick (Jack O'Connell) , irlandés encantador con modales suaves y dientes más filosos que su sonrisa.

Pero lo que hace que Sinners trascienda su argumento no es lo que cuenta, sino cómo. Hay un raro equilibrio en la manera en que la película alterna violencia y ternura, fuego y quietud. A lo largo de sus 137 minutos —y este es uno de sus secretos— no parece apresurarse jamás. La acción tarda casi noventa en aparecer, y sin embargo uno no se aburre. Porque Coogler se toma el tiempo de habitar a sus personajes, de permitirles respirar. Los filma en planos largos, con diálogos que no suenan a guion sino a conversación vivida. La cámara, a cargo de Autumn Durald, los sigue en 65mm con una textura que recuerda al celuloide antiguo, pero con una nitidez que delata el artificio contemporáneo. Es una película que se ve como un recuerdo pero se siente como algo que está pasando ahora mismo.

 

Quizás por eso su manejo del tiempo es tan particular. Lo que parece un flashback convencional se convierte pronto en un juego de capas, donde presente y pasado dialogan como si compartieran el mismo cuarto. Y si algo define a Sinners es precisamente eso: la idea de que todos los tiempos coexisten, que las voces de los esclavizados, de los sobrevivientes, de los músicos callejeros y de los amantes muertos siguen vibrando en cada rincón del Delta. En ese sentido, el film opera como una especie de loop cultural: un blues que no termina de resolverse nunca.

 

La música, claro, es central. Ludwig Göransson compone aquí una de sus partituras más ambiciosas, combinando blues tradicional, disonancias electrónicas, sonidos tribales y silencios cargados de amenaza. Pero más allá de su partitura incidental, Sinners entiende que la música no es fondo: es acción. Hay escenas enteras que se coreografían en torno al sonido, como una secuencia de danza en el segundo acto que parece filmada desde el punto de vista del ritmo. No hay un solo acorde que esté puesto para embellecer: cada canción, cada nota, construye sentido. Sammie no canta para entretener: canta para convocar, para despertar, para sobrevivir.

Sinners - Warner Bros. Pictures

Y si el sonido se impone como eje emocional, la puesta en escena no se queda atrás. Coogler compone cada cuadro como si fuera una pintura barroca del sur estadounidense: hay polvo, transpiración, lámparas de aceite, humo de cigarrillo, reflejos sobre botellas rotas. Pero también hay un despliegue digital elegante y casi invisible, especialmente en el trabajo de duplicación de Jordan. El juego entre Stack y Smoke —tan idénticos en cuerpo como opuestos en espíritu— funciona como reflejo de la dualidad moral que recorre toda la película. Uno quiere construir, el otro quiere escapar. Uno busca redención, el otro venganza. En el medio, el pueblo. Y el infierno.

 

El giro hacia lo sobrenatural, cuando llega, no sorprende: está anunciado desde el principio, sugerido en miradas, en símbolos, en esa guitarra que parece cargada con un pacto maldito. Los vampiros de Sinners no brillan ni seducen con clichés eróticos: prometen pertenencia, comunidad, orden. Son la encarnación del supremacismo desde una lógica inversa: no buscan eliminar, sino absorber. Convertir al otro en parte del mismo cuerpo. En ese juego de simbologías, Coogler eleva el relato a una lectura alegórica del poder, el control y la herencia. El Ku Klux Klan, los vampiros, los políticos blancos del sur: todos diferentes formas de la misma maquinaria de dominación.

 

Pero lejos de caer en el sermón o el panfleto, la película explota su dimensión política a través del placer visual. Porque Sinners es, también, un espectáculo. Un western sureño con sangre y cuero. Un cuento de hadas podrido con coreografías de estacas. Un musical sin número musical. Una historia de amor que termina a los tiros. Y en todo eso, encuentra belleza. Porque por más que haya muerte y horror, por más que los cuerpos ardan y los traumas se reactiven, hay algo profundamente vital en el modo en que Coogler filma el deseo, la danza, el encuentro. La cámara vibra, gira, se acerca. No hay distancia. Hay deseo.

Sinners - Warner Bros. Pictures

Eso se percibe especialmente en los vínculos. Smoke y Annie, Stack y Mary: relaciones fragmentadas, fallidas, pero nunca cínicas. Los reencuentros no son momentos de redención sino de apertura. Donde otra película daría besos y lágrimas, Sinners propone gestos secos, miradas tensas, diálogos con peso. Wunmi Mosaku, como Annie, aporta una densidad emocional que equilibra el exceso formal de varias secuencias. Y Hailee Steinfeld —acaso el eslabón más simbólico del elenco— compone a Mary como una figura ambigua, más idea que persona, que desafía constantemente el deseo de empatía del espectador.

 

En cuanto a Michael B. Jordan, su trabajo es digno de análisis por separado. No solo por la proeza técnica de interpretar dos roles con interacciones complejas, sino por el nivel de matiz que imprime en cada gesto. Stack sonríe con un filo que corta. Smoke arrastra las palabras como quien carga con una cruz. Son gemelos, sí, pero en su diferencia se cifra toda la tensión moral del relato. Y que Jordan logre ese efecto sin caer en la caricatura es mérito propio y también del director que mejor lo ha entendido desde hace una década.

 

¿Es Sinners una película perfecta? No. Hay pasajes donde la acumulación simbólica abruma, personajes que rozan lo arquetípico sin lograr completarse, un último acto que por momentos se deja llevar por el efectismo visual. Pero incluso en sus excesos, la película apuesta siempre por más: más estilo, más emoción, más historia. Y en esa desmesura, encuentra su verdad. Porque Sinners no quiere ser contenida, ni domesticada, ni medida en escalas de género. Quiere ser un canto, una misa, un estallido.

Sinners - Warner Bros. Pictures

Y quizás por eso, al terminar, uno siente que ha visto algo más que una película. Algo que resuena, como el eco de una nota sostenida más allá del silencio. Tal vez sea el fantasma de Robert Johnson sonriendo en la encrucijada. Tal vez sea el sonido de un cuerpo que decide no arrodillarse. O tal vez sea simplemente el cine, ese lugar donde todo lo imposible encuentra forma, si hay un director dispuesto a imaginarlo. Coogler lo está. Y esta vez, ha hecho algo que no solo se ve: se siente en la piel.

 

Luego de su estreno en cines en abril de este año, Sinners llegó recientemente a HBO Max, donde está disponible para ver en una experiencia quizás no tan agradable como en sala de cine, pero que aún denota la gran película que es.

Sinners - Warner Bros. Pictures


 

Comentarios 1

J
Jeroo Casco2 de agosto de 2025
Rescaté en su momento únicamente la escena del baile multigeneracional. Eso me pareció una locura. ¿El resto? Para mi es un meh. Está muy bien, si, entiendo la metáfora. Pero nunca entendí porque tanto revuelo con esta peli. Lo sé, es cuestión de gustos, pero son esos casos en los que trato de darle vueltas al asunto (la vi dos veces, una en Imax y otra en casa, más "relajado" pongámosle) y no logro conectar che. Una lástima para mí jejeje

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