LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL Y EL CINE. CAPITULO LXXXII. ANDOR
Aspectos socioculturalesLA PRIMERA REBELIÓN ES INTERIOR

(IA, mitología y el nacimiento de la conciencia heroica en el borde del imperio)
Y así comenzamos: En una galaxia no tan lejana —pero sí profundamente oscura en más de un sentido— los primeros siete episodios de Andor no nos cuentan solo una historia sino que nos hacen entrar en un trance transdimensional, arquetípico, ontológicamente fractal.
Aquí no hay sables de luz de ningún color, ni profecías milenarias, ni siquiera se nos aparece como asunto principal “la Fuerza” como tal.
Pero hay otra cosa mucho más humana: hay rabia. Hay cierta conciencia. Y hay máquina asesina por montones.

Andor, (la serie) como pieza narrativa, es talvez menos Star Wars y más una suerte de Blade Runner en su clima y su dinámica; menos opereta galáctica (dicho con todo respeto) y más 1984 como fragmentación pre historicista de la actualidad.
Pero entonces, por debajo de su asfixiante arquitectura imperial y belicista, se esconde algo más, algo del orden de la entelequia: una (o varias) alegorías. Es profunda, política y filosófica, y se conecta con los mitos más antiguos de los que tenemos memoria, y por ende, con nuestras pesadillas más actuales…
Sí, exacto, estamos hablando de la inteligencia artificial. Y hablamos también de la resistencia.
El imperio como algoritmo
Se nos hace que uno de los gestos más sutiles y brillantes de Andor es cómo y de qué manera se nos representa el imperio: ya no como una amenaza distante de peligros venideros, sino como una maquinaria burocrática casi perfecta, fuertemente opresiva, con una telaraña de sistemas que no necesita maldad porque tiene procesos de eficiencia como todo imperio.

No hay necesidad narrativa ni presencial de un Darth Vader en escena: basta con un burócrata, un protocolo, una directiva y todo eso es lo que se puede denominar “un sistema” y en este caso “el sistema”.
Ese imperio galáctico bajo las órdenes del Emperador Palpatine no es otra cosa que la representación perfecta del algoritmo: sin rostro alguno, sin pasión necesaria, pero y a la vez obsesionado con la eficiencia y el orden.
En otras palabras (o imágenes), un sistema que piensa como piensa una IA de agente operativo.
Como nos gusta citar a los grosos, acá va uno llamado Marshall McLuhan: “Primero construimos las herramientas, luego las herramientas nos construyen a nosotros”.
En la serie Andor, los personajes son pequeños en términos de poder personal y no luchan contra un emperador, luchan contra una lógica, esa lógica.

Van contra un sistema que ya no necesita pensar ni discutir porque ya fue pensado.
Cassian y el despertar de la subjetividad
El personaje principal es Cassian Andor y aquí claramente no es un elegido, al menos en el sentido tradicional, proto bíblico, Campbeliano del individuo salvador (y masculino)
No es de ninguna manera un “destinado”. Y aunque el termino refiere a destino, no es algo que se incluya como algo dado o natural, sino más bien como una forma potencial lejana.
Cassian es un hombre común, ambiguo y sin ninguna clase de certezas. Pero lo que hace su viaje profundamente simbólico y apasionante es cómo se convierte (casi contra su deseo), paso a paso, en sujeto del objeto de líder. Alguien que, entonces elige y lidera aunque se niegue a ello.

Y asi, en un mundo (el nuestro) dominado por algoritmos —ya sean imperiales o digitales—, la subjetividad (casi el capricho) es un acto de disidencia, de libertad.
Una insurrección.
“La rebelión empieza cuando uno decide no obedecer el ritmo de la máquina.” Esta frase bien podría haber salido de Hannah Arendt (aclaramos que no lo es…), pero quien sí nos advertía sobre la banalidad del mal como la obediencia automática.
Andor encarna pues lo contrario: el sujeto que empieza a hacer tambalear las estructuras desde el margen (como los locos), no porque tiene un plan definido, sino porque no puede respirar y eso le duele.

Mitología sin épica
Como un desafio interno hecho desde el centro del arquetipo starwariano, los primeros siete capítulos de Andor rehúyen de la mitología clásica de Star Wars.
Pero no necesariamente porque no crean en los mitos, sino porque los entienden y elabora desde otro lugar.
Este no es un relato de elegidos ni santos ni salvadores. Es, en cambio, un relato de marginados, de desplazados, marginación, de mujeres que espían desde las sombras, de ancianos que recuerdan el bosque (naturaleza), de niños que se enfrentan al fuego y lo desconocido sin saber si sobrevivirán.

Aquí en esta aventura, el viaje de la heroína no se da en una nave espacial a la velocidad de la luz, sino en un callejón sucio de barrios peligrosos.
Se da también en el cuerpo de una madre adoptiva (Maarva), y en la mirada de una espía (Bix), en el silencio de una niña que no es ya una niña...
Decimos que la mitología, entonces, no está ausente: porque se ha reprogramado. Ya no hay dragones (ni robots) que matar, sino sistemas que hackear tanto internos como externos.

IA, vigilancia y el ojo de Dios
Al igual que en la vida real, uno de los dispositivos centrales de esta narrativa es la vigilancia al mejor estilo de las observaciones de Foucault.
Porque el imperio no actúa con violencia desmedida ni torpeza, sino con observación constante y metódica.
Todo es control: las cámaras, las terminales, los informes, el papeleo. Todo está siendo leído, todo está siendo calculado, puesto en un proceso.

Pero la IA, como concepto, idea o tecnología, no aparece en el universo de Andor de manera explícita.
Pero su lógica intrínseca está en todas partes. Y eso es lo más inquietante pues ya no hace falta que el enemigo tenga rostro (carismático o aterrador), basta con que tenga acceso a los datos.
Aquí, en este punto, es donde la metáfora alcanza su punto álgido: la IA como Dios sin alma ni trascendencia.
Pero no un “Dios” que ve y todo lo observa, porque ama como creador, sino un “Dios” que observa porque puede… quiere.
Podemos imaginarlo como la omnisciencia algorítmica que reemplaza al oráculo antiguo. Y, así, en esa sustitución de valores, se deshumaniza la fe y se vuelve estadística fría y dura.

Lo femenino como grieta
Aquí en Andor, el poder femenino no se muestra con destellos de habilidades o acrobacias. Tampoco hay grandes discursos ni épicas venganzas.
Hay una presencia sutil, pero central y real, que quiebra la lógica del sistema como poder establecido. El personaje de Maarva, la madre adoptiva de Cassian, no lucha con armas al estilo jedi, sino con memoria.
Bix, por otro lado, atrapada entre el deseo y el espionaje, encarna la paradoja del vínculo como fragilidad y como fuerza generando empatía y humanidad.

Si lo estudiamos en clave simbólica, lo femenino (como arquetipo) en Andor representa lo que Donna Haraway llamó “resistencia cyborg”: es decir, cuerpos atravesados por sistemas, pero no definidos por ellos.
Mujeres que no se rinden a la maquinaria ni la destruyen… la infiltran.
La genial antropóloga argentina, Rita Segato, desde otro ángulo, lo plantea así: “El poder patriarcal se basa en el control del cuerpo y el espacio. Resistir es existir con otro ritmo.”
Y en Andor, las mujeres resisten sin espectáculo. Pero están en todas partes.

Filosofía del margen: la rebelión como pregunta
Entre mucho otros, uno de los mayores logros de Andor es que convierte la rebelión en una pregunta o en varias preguntas y no en una respuesta.
Algunas de ellas podrían ser: ¿Qué significa resistir en un mundo donde no se puede confiar en nadie? ¿Qué es o que puede ser libre cuando todas las elecciones están prediseñadas y planificadas?
Aquí la filosofía -quiérase o no- se cuela por los intersticios, se infiltra, drena y solivianta.
Hay, por supuesto, un dejo de los análisis de Foucault en la organización de los dispositivos de poder del imperio.
Pero a su vez, también hay un aire a Camus en la absurda burocracia imperial lo cual lo hace tragicómico.

Hay incluso -como no- un eco de Lacan, cuando los personajes de un lado y del otro, se enfrentan a una ley que no comprenden (porque está hecha para NO ser comprendida), pero que los atraviesa igual…
Andor finalmente, no ofrece salida.
No hay redención divina.
Pero hay ruptura, destrozo de cimientos conceptuales. Y eso es ya un gesto de liberación.

Conclusión (provisoria): la heroína aún no ha hablado
En estos primeros siete episodios (próximamente la segunda parte con más análisis y perlitas), Andor no nos ofrece una épica ni una batalla final por ahora...
Nos ofrece un zumbido lejano, un rumor, algo que tiembla. Un rugido sordo bajo tierra. Deja la sensación de que algo se está gestando, cocinando.
Si lo miramos en términos de mitología, estamos en el umbral, justo antes del salto.
El inframundo destapado. El lugar y el tiempo en donde las reglas se confunden y entrelazan y donde lo humano se vuelve, por fin (o comienzo), una elección.
Podemos pensar entonces que si la IA es la nueva deidad del siglo XXI —fría, perfecta, implacable, aparentemente creativa—, entonces la humanidad como la conocemos será aquello que escapa a sus cálculos de eficiencia: el amor sin lógica ni futuro, la rabia sin causa o con cella, el deseo sin función ni barandas.

Y en ese último gesto, en ese mínimo y espeluznante temblor es donde empieza toda rebelión.
























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