Yo también “sé lo que hicieron el verano pasado”: copiar la fórmula y arruinarla | Migue Calabria | Sentido Critico
Reseñas generalesUno puede soportar la existencia de productos olvidables, incluso puede perdonar la mediocridad, cuando al menos se siente cierta honestidad detrás de un proyecto. Lo que resulta difícil de digerir es la pereza narrativa disfrazada de homenaje, la explotación de una nostalgia que no se gana sino que se exige, y la sensación incómoda de estar viendo una idea reciclada en loop, sin sorpresa ni convicción. Así se siente esta nueva entrega de Sé lo que hicieron el verano pasado, un intento fallido (otro) de revivir una franquicia que ya estaba en coma desde hace años. La película, estrenada recientemente (y que no tardará en perderse en el algoritmo de alguna plataforma), se enmarca dentro de un concepto que ya viene dando vueltas en Hollywood y que conviene detenernos a explicar: la recuela.
El término recuela (en inglés legacyquel o requel) nace de la conjunción entre reboot y secuela. Es decir: no es un reinicio total de una saga, pero tampoco una continuación directa que respete completamente la cronología o el espíritu original. Toma elementos de las películas anteriores, como personajes, ambientaciones, eventos clave, para atraer a los fans originales, mientras introduce nuevos personajes y una narrativa que pretende, en teoría, enganchar a una nueva generación. Ejemplos recientes y exitosos hay pocos. Scream (2022) lo intentó con mayor dignidad, Halloween (2018) lo hizo con fuerza inicial aunque se desinfló rápido, y esta nueva entrega de la franquicia que hoy toca analizar directamente se tropieza desde el vamos, cayendo en una trampa de lugares comunes, clichés de manual y un guión que parece no tener ni el más mínimo interés en desarrollar tensión real.

La dirección de Jennifer Kaytin Robinson, más funcional que creativa, no logra establecer ningún tipo de atmósfera inquietante, y ni hablar de generar suspenso. La fotografía es genérica, los planos parecen salidos de un catálogo de stock de terror adolescente, y el montaje ni siquiera consigue esconder la torpeza con la que se desarrolla la historia. Es todo muy de fórmula: grupo de jóvenes (diversos pero arquetípicos), crimen del pasado, amenazas misteriosas, una muerte, otra más, una revelación forzada, un giro que busca ser sorpresivo pero que resulta absurdo, y créditos finales que llegan como un alivio. Pero más allá de la estructura repetitiva, lo que resulta alarmante es la desconexión emocional y dramática de los personajes, interpretados por un elenco que nunca parece convencido del material que tiene entre manos. Ni siquiera la vuelta de Jennifer Love Hewitt, Freddie Prinze Jr. y Sarah Michelle Gellar ni las buenas intenciones de Chase Sui Wonders, Madelyn Cline, Sarah Pidgeon, Tyriq Withers y Jonah Hauer-King generan un nivel mínimo de interés durante las casi dos horas de metraje.

Ataquemos ese problema más directamente. Los personajes son estereotipos ambulantes: está la influencer insoportable, el chico sensible, el deportista medio violento, la chica buena que sospecha de todos, el outsider que oculta un secreto… casi un calco de la película original de 1997, pero sin el carisma ni la capacidad de generar simpatía. En su momento, la cinta dirigida por Jim Gillespie y escrita por Kevin Williamson se colgó del boom slasher que revivió gracias a Scream, pero al menos lo hizo con cierta habilidad. Tenía escenas que funcionaban, un asesino icónico con su gancho, y una sensación de amenaza que, aunque básica, cumplía su cometido. Esta nueva entrega ni siquiera logra eso porque la amenaza no asusta, las muertes carecen de impacto y hasta el diseño de sonido parece de teleserie barata.
Peor aún, cuando la película decide conectarse con los eventos pasados, lo hace de manera forzada, contradiciendo incluso elementos clave del canon original. El giro final (del cual no hablaremos en detalle para evitar spoilers, aunque sinceramente no lo merece) pretende sorprender con una reinterpretación de los hechos de hace casi tres décadas, pero lo único que logra es dinamitar lo poco que quedaba en pie de esa historia. No es un giro inteligente ni retorcido: es simplemente una traición al “espíritu” de la saga.

Hay una especie de ironía amarga en ver cómo el cine de terror, un género históricamente asociado a la creatividad con recursos limitados, se convierte cada vez más en terreno de repetición vacía. No porque no existan buenas películas, de hecho, el terror actual tiene una de las camadas más ricas y potentes en décadas, los que ya me conocen lo saben, sino porque los estudios insisten en desenterrar cadáveres narrativos, pensando que un nombre conocido garantiza audiencia. Esta nueva cinta es el resultado de esa lógica empresarial donde importa más la propiedad intelectual que la historia, donde lo reconocible vale más que lo interesante. El resultado es algo que nadie pidió, que nadie va a recordar, y que probablemente ni siquiera funcione como contenido de fondo mientras uno revisa el celular.
Técnicamente, es una producción estándar, sin vuelo visual ni propuesta estética. El montaje abusa de transiciones rápidas para disimular la falta de tensión, la música genérica intenta inflar escenas vacías y el guión, probablemente escrito por un comité más preocupado por referencias que por lógica, tropieza una y otra vez con incoherencias internas. La sensación final es la de haber visto un piloto de serie cancelada, alargado sin sentido para cumplir con los 90 minutos reglamentarios.

Uno termina esta película con la misma expresión que al ver una remake olvidable de los 2000: cejas arqueadas, un leve suspiro y la pregunta inevitable: ¿era necesario?: La respuesta es no. Ni para los fans de la saga, ni para los amantes del terror, ni para el público adolescente que tiene mil mejores opciones para descubrir el género. Esta “recuela” no recuela nada, solo retrocede.
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