La cinefilia no murió: cómo la pandemia, el streaming y la generación Z reencendieron el amor por el cine
Aspectos socioculturalesDurante años, los pronósticos sobre el futuro del cine fueron volviéndose cada vez más sombríos: salas vacías, plataformas omnipresentes, jóvenes que preferían TikTok a Tarkovski, y una pandemia que parecía dar el golpe de gracia definitivo. Sin embargo, contra todo pronóstico, algo insólito ocurrió en medio del confinamiento global: lejos de sepultar la cinefilia, el encierro y el streaming ayudaron a que una nueva generación se volcara con entusiasmo a explorar el cine del pasado. Y lo que empezó como un pasatiempo casero terminó llevándolos de vuelta a las salas.
Aunque los niveles de asistencia al cine todavía no recuperan del todo sus cifras prepandémicas y quizás no lo hagan por mucho tiempo más, los reestrenos de películas clásicas viven un auge inesperado. Lo curioso no es solo el éxito de títulos como París, Texas o Con ánimo de amar (In the Mood for Love) sino el perfil del público que asiste: jóvenes de entre 18 y 25 años, una franja etaria que, en teoría, debería estar más interesada en reels de 15 segundos para ver en redes sociales que en películas de tres horas. Y sin embargo, ahí están: colmando funciones de Barry Lyndon un sábado a la noche, agotando entradas para ver Farewell My Concubine en pantalla grande, o transformando Stop Making Sense, el clásico documental en vivo de los Talking Heads, un fenómeno de taquilla 40 años después de su estreno.
A tal punto el fenómeno ha crecido que semana a semana la cartelera se renueva con una combinación de estrenos y clásicos restaurados en 4K, ya que los primeros se pueden ver en plataformas apenas unas semanas después de su paso por los cines mientras que los otros son, exclusivamente, un fenómeno cinematográfico para disfrutar en una sala, sensación que no se puede replicar de modo hogareño. Por supuesto que uno puede ver Taxi Driver en una plataforma, pero su reestreno en una sala de cine y restaurado en calidad 4K es una experiencia diferente, inigualable. El hecho, además, de que las plataformas más conocidas tengan poquísima cantidad de películas clásicas o cine de autor europeo disponible, hace crecer aún más la necesidad de ir a buscarlas a las salas de cine.
En la Argentina, la Sala Lugones y el MALBA han logrado ser parte y hacer crecer ese fenómeno. Programando ciclos retrospectivos de cineastas clásicos (y no tanto), cambiaron al tradicional público que solía concurrir a esas funciones --una mezcla de jubilados, cinéfilos duros e intelectuales desocupados-- por uno más joven y entusiasta. Lo mismo pasa con el éxito de estos ciclos: es habitual que estas salas agoten su capacidad en horarios (una tarde de un día de semana) en los que antes era imposible hacerlo. Los cambios de hábitos laborales --menos horarios fijos, más home office-- también permiten a los jóvenes hacerse una escapada para ver un film restaurado de Jean Eustache de tres horas y volver a sus casas para trabajar de noche.

En una reciente visita al Festival de Shanghai, las salas más grandes eran las que exhibían películas clásicas restauradas. Y también las más llenas. Films como Fuego contra fuego, de Michael Mann o Blue Velvet, de David Lynch, estaban llenas de público entusiasta en su mayoría joven y universitario. A tal punto llegaba el fanatismo que algunos espectadores repartían de forma gratuita “entradas” o souvenirs hechos con sus propias manos de las películas que estaban por ver.
Detrás de esta resurrección hay varios factores. Uno de ellos fue el efecto mismo del confinamiento que obligó a buena parte de la juventud global a explorar más allá del catálogo habitual de Netflix. Plataformas como Mubi, Filmin, Criterion Channel, los links compartidos vía Vimeo o incluso YouTube --de modo legal o no tanto-- se convirtieron en verdaderas cinematecas accesibles y muchas de esas exploraciones se compartieron, discutieron y viralizaron en redes sociales en las que se van creando, algoritmos mediantes, comunidades cinéfilas que comparten entusiasmos, descubrimientos y hasta simpáticas peleas entre #teams o bandos opuestos.
Para muchas salas independientes, este fenómeno es bastante tangible. En el Reino Unido, el mercado de cine clásico creció más de un 130% desde 2019, y el número de cines que programan ciclos retrospectivos aumentó notablemente. En ciudades como Londres, películas que antes se relegaban a funciones marginales o de medianoche ahora ocupan las principales salas. En lugar de exhibir comedias de los 2000, muchos programadores recurren a Wong Kar Wai, Béla Tarr o Eric Rohmer como garantías de éxito entre un público ávido una cierta mirada autoral.
El canon también empieza a reformularse. Si durante décadas las listas de "las mejores películas de la historia" estaban dominadas por el cine europeo de los años 50 y 60 —con Francia como epicentro gracias a Godard, Truffaut y la Nouvelle Vague—, hoy la brújula cultural parece desplazarse hacia Asia, pero sin abandonar del todo los clásicos. En el ranking de películas más valoradas por la nueva cinefilia aparecen nombres como Akira Kurosawa, Masaki Kobayashi, Bong Joon-ho, Hayao Miyazaki o Edward Yang. La épica visual, el melodrama contenido, la experimentación formal y la sensibilidad poética de muchos cineastas de esa región parecen dialogar de forma más directa que antes con los gustos de una generación que vive con la cabeza metida en pantallas pero anhela un poco de profundidad.

Lo que distingue a esta nueva cinefilia de la de épocas pasadas, si se quiere, es su falta de solemnidad. Ya no se trata de acumular títulos vistos como medallas ni de imponer a los otros jerarquías incuestionables. La comunidad cinéfila actual es un tanto menos jerárquica y más entusiasta, más abierta al descubrimiento que a la corrección canónica. En lugar del viejo gesto de superioridad de unos sobre otros (“¿Cómo no viste Gertrud?”), hoy predomina el deseo de compartir conocimiento: “Tenés que ver esto, te paso el link.”
Esa apertura también se refleja en una relectura del canon. Películas que antes eran consideradas menores o fallidas, como la propia Barry Lyndon --antes considerado un Kubrick menor y para algunos fallido--, son reevaluadas con nuevos ojos. Incluso productos pop convencionales, como comedias adolescentes de los '90 o 2000, se cuelan en conversaciones en las que se mezclan Bresson, Tarkovsky y Rivette con films de Pixar o sagas tipo Misión: imposible.
Claro que esta diversidad también presenta sus desafíos: para los programadores de este tipo de salas de cine, captar la atención de una audiencia tan impredecible implica seguir de cerca los pequeños “picos” de interés que surgen de una lista que se vuelve viral o una recomendación online que se hace popular. No hay fórmulas, pero hay pistas a las que prestar atención. Las salas que logran conectar con estos intereses suelen hacerlo con propuestas flexibles, buenas restauraciones y una estrategia afinada para escuchar y dialogar con su público. Una retrospectiva de Rainer W. Fassbinder o Roberto Rossellini puede funcionar muy bien, pero otras de autores que aún no han aparecido en el mapa de la Gen Z es muy probable que fracasen.
Lo que parecía, tan solo uno años atrás, una crisis bastante terminal se convirtió en una oportunidad inesperada. La cinefilia no solo no murió sino que encontró nuevas formas de manifestarse. Y si hoy algunos jóvenes que crecieron entre algoritmos y redes sociales llenan funciones de Yi Yi o Sorcerer, no es necesariamente por nostalgia sino por el deseo genuino de vivir el cine como una experiencia colectiva. Sentarse en la penumbra de una sala frente a una pantalla luminosa y dejar que ese viejo milagro vuelva a ocurrir.
D.L.















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