Crítica: La virgen roja (Paula Ortiz, 2024)

Reseñas generales

La virgen roja (Paula Ortiz, 2024) cuenta la trágica historia real de Hildegart Rodríguez, una chica prodigio que, desde muy pequeña, fue instruida por su madre, Aurora, en temas complejos de distintas ramas del saber, para convertirse en una intelectual, escritora y modelo a seguir para todas las mujeres de la España de los años 30 y el futuro.

 

Mientras la voz en off de Aurora (Najwa Nimri) habla acerca de la íntima relación entre la mujer y la maternidad, y del asesinato de Hildegart, la cámara enfoca en un plano detalle el delicado pétalo rosado de una flor. La imagen ―algo sensual, inclusive― va retrocediendo con lentitud y muestra las manos mortecinas de la joven que sostienen un ramo de estas flores a la altura de su pelvis; una alusión artística a la vagina y la pureza. Es así como, con el discurso de Aurora y la suave toma, la directora Paula Ortiz nos insinúa que esta historia versa sobre las mujeres a través del rol de la madre, la muerte, el sexo y la juventud.

 

Aurora planifica a Hildegart tal cual un proyecto eugenésico, como ella menciona al inicio y al final, por lo cual el drama de la chica comienza antes de nacer. Por lo mismo, si no conocemos de antemano el hecho real en que está basado el filme, igual podemos aventurar que la futura intelectual no solo no terminará bien, sino que tampoco tendrá una vida fácil. De esta forma, para los espectadores, más importante que saber si morirá o no, será conocer los motivos detrás de su muerte y, sobre todo, su peculiar vida.

Aurora es inteligente, culta, lleva su vida como mejor lo considera y sin ataduras, hasta el punto que razona que el padre de Hildegart debe ser un sacerdote, puesto que perdería cualquier derecho a reclamarla. Más que una hija, pues, lo que la futura madre desea es una copia mejorada de sí o una extensión suya, que tenga la capacidad de conducir a la sociedad por caminos más elevados, cosa que ella no ha podido lograr.

 

Poco tiempo después de nacer, Hildegart es educada primero en la lectura y la escritura, más adelante en deportes, luego en temas de psicología, filosofía y ciencias; su gran inteligencia y aptitudes excepcionales le permiten adaptarse a cualquier ámbito sin dificultades. Pero el plan de Aurora encuentra un serio problema: ella misma. Y es que, tanto por su idea de forjar a la mujer del futuro, como por su disciplina y mentalidad férreas, que la hacen ver más como una institutriz que una madre amorosa, Aurora está más cerca de construir un producto, una mujer-máquina, que no sienta, pero sea capaz de hablar sobre el sentir. Un plan utópico que desemboca en una suerte de distopía en la que, además, están pensados al detalle la alimentación, los horarios de sueño, la forma de vestir y peinar, y el rechazo a la intromisión de los hombres en la vida de Hildegart.

Por tanto, en su desconocimiento de otra vida, Hildegart crece pensando que esa es la existencia perfecta, una en la que pueda escribir, hablar y pensar, pero bajo el estricto control de Aurora; lo que todavía no sabe es que nadie que haya nacido en cautiverio ―mujer, hombre o animal― imagina lo que es la verdadera libertad hasta que la prueba. Hildegart conoce y promueve en ensayos exitosos la teoría de la reforma sexual (igual de derechos entre géneros, liberación sexual de la mujer, acceso a métodos anticonceptivos, etc.) o habla de las relaciones y el amor en su célebre escrito Sexo y amor, pero ignora la práctica, no importa qué tanto aparente lo contrario; a su edad no ha besado, conversado o bailado con ningún hombre y hasta el amor de Aurora es dudoso. Parece el arquetipo de una doncella de los cuentos de hadas, encerrada en una torre muy alta por su madre, esperando a ser rescatada. Y esto es lo que le ocurre de una forma u otra.

 

El despertar de Hildegart empieza a ocurrir con la llegada de Abel Velilla (Patrick Criado), no de golpe, sino de manera gradual. Por un lado, Abel la introduce en el Partido Obrero Socialista Español (PSOE) en cuyos mítines aprende a alzar la voz, aunque ambos se terminarán desencantando de él y los ideales marxistas. Por otro lado, Abel también representa la atracción, el deseo y la figura del hombre, y con eso viene el despertar sexual de la chica. Aurora presiente esto y, en una escena perturbadora, aunque filmada con discreción, le enseña su vagina a Hildegart para que aprenda a estimular el clítoris sin necesidad de nadie más; otra muestra de lo peligrosos que pueden ser los extremos.

¿Acaso no es paradójico que Aurora desee que su hija sea una erudita de la reforma sexual y el placer sin haber experimentado nada de esto? En efecto, lo es. El personaje de la madre es un manojo de contradicciones: quiere que Hildegart abogue por la emancipación de la mujer controlándola; desea que Hildegart produzca ensayos revolucionarios sin darle la oportunidad de nutrirse con otros tipos de obra, incluyendo las novelas rosas de Macarena (Aixa Villagrán); instruye a la chica en el sexo, pero le niega la oportunidad de conocerlo. 

 

En otras palabras, en la búsqueda de la perfección, Aurora se transforma en una tirana, una castradora que mutila a Hildegart. Y cuando ya no solo presiente, sino que comprende las intenciones entre aquella y su enamorado, establece en la casa un régimen totalitario en el cual duerme con su hija, la vigila en el baño, filtra la correspondencia que le llega, no la deja salir, despide a la fiel Macarena, es decir, controla con más ahínco cada aspecto de su ya reducida vida. A fin de cuentas, lo que Aurora busca negarle a Hildegart es precisamente lo que ella se ha negado por años. 

 

Similar a toda historia distópica, Hildegart se rebela no contra un sistema, sino hacia la madre. O, dicho de otra forma, contra el sistema que ha erigido Aurora; la confrontación de la joven con el mundo real le muestra que hay cosas que los libros no pueden enseñarle y eso es una experiencia definitoria. El mismo encierro de Abel, por culpa de Aurora, termina por empujar a Hildegart a su liberación, si bien significa su condenación.

Para los que desconocen la historia de nuestra protagonista, el final puede resultar intenso, más no inesperado, en parte porque sabemos que Hildegart morirá; en parte además porque Aurora es una mujer trastornada, frustrada y vengativa. La madre le dispara a la hija en la cabeza, el corazón y la vagina con el revólver que adquiere para defenderse. El primer disparo mata las ideas, el segundo los sentimientos y el último el placer. Una muerte física y asimismo extrañamente poética.

 

Con su trágica muerte, Hildegart se convierte en una virgen salpicada de rojo, acabada no por la mano de un hombre, sino por la de una mujer; vivió mucho, pero al mismo tiempo poco; buscó el conocimiento, pero perdió la vida por ello. Y con la triste procesión en la que la acompañan Abel, Macarena, Guzmán (Pepe Villuela), el editor, y sus seguidores, Hildegart deja detrás un legado literario prolífico y se une al recuerdo de tantas mujeres asesinadas por querer emanciparse. 

 

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