The dark and the wicked | La fragilidad de lo cotidiano: corporeidad y culpa en el cine de terror contemporáneo
Reseñas generalesTítulo internacional: Demoníaca - La oscuridad y la maldad
Título original: The Dark and the Wicked
Año: 2020
País: Estados Unidos
Duración: 94 min.
Dirección: Bryan Bertino
Guion: Bryan Bertino
Sinopsis: Sigue los pasos de dos hermanos que regresan a la granja de su familia para esperar a la inevitable muerte de su padre. Lo que en un principio parece ser un ritual ancestral relacionado con la pérdida y el recuerdo acaba convirtiéndose en algo muy distinto.

The Dark and the Wicked (2020), dirigida por Bryan Bertino, es una gran olvidada dentro del género de terror. Allá por 2020 su estreno pasó bajo la mirada de unos pocos espectadores, dejando en mí una impresión duradera hasta el día de hoy. Esta película no apuesta tanto por la historia en sí, sino por lo que hay debajo: una atmósfera densa, insidiosa. Y en ese clima opresivo, se gesta un terror íntimo y demoledor. Vamos por partes.
El aislamiento y la desolación son dos elementos que el director utiliza como cimiento del miedo. La historia de los hermanos se sitúa en una granja remota, donde el aislamiento físico refleja el emocional. La desconexión entre los hermanos (están distanciados, el padre está moribundo) refuerza la sensación de abandono. La presencia de la soledad no es solo un contexto, es el verdadero monstruo de la historia, es la amenaza real. Por otro lado, hay una marcada ambigüedad narrativa. Bertino no se detiene en dar explicaciones sobre la entidad maligna. No hay reglas claras ni un origen para ella. Esta falta de explicación genera un terror existencial. Los personajes no entienden qué están enfrentando y el espectador tampoco. Esta ambigüedad potencia la paranoia y la sensación de que lo sobrenatural quizás pueda ser el resultado del duelo o la culpa.
Otro eje importante y a la vez incómodo es el uso del cuerpo como espacio de horror. El daño autoinfligido aparece como una constante: cortes, suicidios, visiones que inducen al dolor físico. El cuerpo se convierte en el campo de batalla entre lo interno (emociones, traumas) y lo externo (la entidad). Estas escenas no buscan el gore gratuito, sino incomodar desde lo íntimo. El dolor no llega de afuera, viene desde adentro. Las actuaciones son contenidas, pero al mismo tiempo expresivas. La actriz Marin Ireland (Louise) transmite el duelo, la culpa y el terror con una intensidad silenciosa. La contención emocional de los personajes contrasta con la violencia de lo que los rodea, generando un efecto de disonancia inquietante. Ella y su hermano Michael (Michael Abbott Jr.) están devastados, pero no lo dicen. Lo muestran en cada pausa, en cada respiración. Lo que no se ve también duele.

El diseño sonoro y visual es otro protagonista. Hay crujidos, susurros, silencios prolongados que tensan cada escena. La fotografía oscura y los encuadres cerrados refuerzan la sensación de encierro y vigilancia constante. La granja, con su quietud rural, se transforma en un espacio opresivo y hostil. Como si algo muy antiguo habitara ahí desde antes que llegaran. El dolor que atraviesa todo el relato no viene (solo) de lo sobrenatural, sino de lo no dicho: la culpa por haber dejado solos a los padres, la pérdida de fe, el abandono que no se dice pero que pesa en cada objeto de la casa. Hay un sacerdote. Hay símbolos. Pero nada redime. Pero Bertino no moraliza: deja que el espectador decida si el mal es externo o nace del interior de los personajes. Y eso es lo perturbador: que el mal acá no siempre tiene cara. A veces solo es una ausencia que lo devora todo.

The Dark and the Wicked no busca asustar con jumpscares, sino con una angustia que se mete lentamente bajo la piel. Es un terror para sentir más que para obtener respuestas y que toca fibras humanas muy profundas: el miedo a la soledad, al abandono y a que el dolor y la muerte no tengan sentido. Se trata de lo que duele cuando nadie mira.
Por Evelyn.
Saludos desde la oscuridad.








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