Beautiful Boy, una historia sobre el amor y la adicción (2018, Felix van Groeningen)
Reseñas generalesBeautiful Boy es una película de 2018 dirigida por el belga Felix van Groeningen y escrita junto a Luke Davies que adapta dos memorias complementarias: Beautiful Boy: A Father’s Journey Through His Son’s Addiction de David Sheff –periodista de San Francisco, colaborador en medios como el New York Times y la Rolling Stone–, y Tweak: Growing Up on Methamphetamines de Nic Sheff. El padre y el hijo, cada uno desde su propia voz, cuentan la experiencia de convivir con la adicción y la recaída.
Van Groeningen, conocido por The Broken Circle Breakdown (2012), ha dicho que lo que más le interesó del proyecto fue la perspectiva dual: “No es sólo la historia de una víctima de adicción. Es también la historia de los padres, que son las víctimas invisibles de esta enfermedad” (The Guardian, 2018). La película se estrenó en el Festival de Toronto de 2018 y recibió elogios por las actuaciones de Steve Carell (como David Sheff) y Timothée Chalamet (como Nic Sheff), quien declaró sobre su preparación para el personaje: “Era fundamental para mí que esto no se sintiera como una caricatura del adicto. Quería que fuera humano, porque Nic es humano. Hablamos muchas veces, y me dijo que lo más difícil era que la gente sólo veía su adicción y no todo lo demás” (Variety, 2018).
La película se inscribe en una tradición de dramas familiares estadounidenses sobre la desintegración del “hogar ideal”. En ese sentido, se acerca a películas como Ordinary People (1980) de Robert Redford o Affliction (1997) de Paul Schrader, donde los conflictos revelan las fisuras de la familia estadounidense. En Beautiful Boy, sin embargo, esa desintegración está atravesada por la especificidad contemporánea de la crisis de opiáceos y metanfetaminas que viene golpeando a Estados Unidos durante las últimas décadas, especialmente entre jóvenes de clase media y alta. Al centrarse en la historia de los Sheff —una familia californiana, blanca, culta y acomodada— la película ilustra cómo la adicción no discrimina, y cómo opera la negación social y familiar frente al consumo de drogas.
El relato tiene una estructura no lineal interesante, combinando fragmentos de la infancia y adolescencia de Nic –diferenciados visualmente con la imagen granulosa del fílmico– con los intentos de David por salvarlo, y con las internaciones, recaídas y huidas que componen el espiral de la adicción. La narración fragmentaria permite así dar cuenta de la imposibilidad de reconstruir un relato lineal cuando se trata de una enfermedad crónica y cíclica. Como dijo el propio Nic Sheff en una entrevista: “Para mi papá, cada recaída era un final. Para mí, cada recaída era simplemente otro día. Y lo más difícil fue que nunca estábamos en la misma página” (NPR, 2018).
David Sheff, interpretado por Steve Carell, es un periodista freelance que intenta entender y empatizar con su hijo mientras busca una explicación racional a la adicción. En una de las primeras escenas recurre a un especialista para que le explique cómo funciona la metanfetamina en el cerebro, en una especie de necesidad de encontrar una “cura” que le devuelva a su hijo anterior, su beautiful boy, con el que tenía una relación amorosa y cercana, como muestran los flashbacks. Esa escena resume la perspectiva que la película adopta respecto de la adicción: no como un fallo moral o una falta de carácter, sino como una enfermedad. En palabras de David en la vida real: “Pensaba que podía razonar con Nic, que podía convencerlo de parar. Me costó años aceptar que no se trataba de voluntad, sino de una enfermedad. Y las enfermedades no se convencen” (The New York Times, 2008).
Los personajes secundarios, como la madre de Nic, Vicki (interpretada por Amy Ryan) y la segunda esposa de David y madre de los dos hijos más pequeños de la familia (Maura Tierney), ocupan un lugar en el relato que permite reconstruir las tensiones familiares más amplias. La separación de los padres de Nic y la distancia geográfica entre San Francisco y Los Ángeles contribuyen a que cada uno cargue con una porción distinta de la culpa. Esta representación evita presentar una causa única y clara para la adicción: como explica el propio David Sheff, “No hay un porqué. La pregunta correcta no es por qué se drogó mi hijo, sino cómo lo ayudamos ahora” (NYT, 2008).
El soundtrack incluye canciones de John Lennon, Neil Young, Nirvana y Sigur Rós, y acompaña los recuerdos de conexión entre el padre y el hijo cuando era pequeño. Van Groeningen ha dicho sobre su trabajo con la música: “Quería que las canciones fueran como anclas emocionales, porque en una historia así es fácil perderse en la desesperación. La música era la manera de recordarnos que todavía hay belleza, incluso en el dolor” (The Guardian, 2018).
Las actuaciones son uno de los puntos más destacables de la película. Carell compone a David como un hombre que oscila entre la ternura y la desesperación, la comprensión y la impotencia, sin caer en excesos melodramáticos. Chalamet, da a Nic un carácter entre encantador y autodestructivo, hasta perverso por momentos. Para Chalamet, el desafío fue habitar esa contradicción: “Lo más difícil fue mostrar que Nic no era sólo un drogadicto, que seguía siendo un hijo, un hermano, alguien con aspiraciones, con amor por la literatura y la música. Porque los adictos son todo eso, pero el mundo sólo ve a los ‘drogadictos’” (Variety, 2018).
Es bueno destacar también que el guión de Davies y van Groeningen busca evitar una narrativa redentora clásica: las recaídas se presentan como inevitables, las internaciones como temporarias, y la resolución es tan sólo por ahora. En una entrevista, el director explicó: “Quisimos ser honestos. La recuperación es un proceso, no un final feliz. Muchas películas sobre adicción terminan con una rehabilitación y una reconciliación. Nosotros no podíamos mentir: Nic recayó muchas veces, incluso después de los libros” (IndieWire, 2018).
La recepción de la película, como cuentan los protagonistas reales, actores y director, ha sido positiva entre quienes sufren de estas problemáticas. La crisis de opioides y metanfetaminas ha sido calificada como una “epidemia” por los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades, con más de 100.000 muertes anuales por sobredosis en los últimos años. Van Groeningen reconoce que la película no pretende dar soluciones: “No es un panfleto ni un mensaje. Es una historia humana. Y si ayuda a que alguien se sienta menos solo, ya cumplió su función” (The Guardian, 2018).
Beautiful Boy resulta una película dura de ver pero medida, se agradece la minimización de golpes bajos. Van Groeningen despliega un relato centrado en los márgenes emocionales de una familia para contar una historia acerca de personajes arrojados a los límites de sí mismos. Las recaídas y los silencios marcan el compás de una relación que sobrevive a pesar de todo; es, como dijo Steve Carell, una historia sobre el amor:
Creo que esta es una historia sobre el amor. Y hay una escena en la que mi personaje tiene que, esencialmente, darle la espalda a su hijo porque se da cuenta de que es lo mejor para el resto de su familia. Y es lo único que le queda. Es lo único… es su único recurso en ese momento. Y fue una escena difícil porque va en contra de cada fibra de mi ser como padre, y me costó mucho entender la idea de darle la espalda a un hijo. Pero es cierto y creo que muy real. Y es un área tan gris. Esa es otra cosa que descubrí con este material y con esta historia: no hay respuestas fáciles. No hay… realmente no hay un final feliz. Tal vez un final esperanzador, pero, como ocurre la mayoría de las veces en estos casos, es obvio: es algo que sigue. (NPR, 2018)









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