En lo que se convirtió el mundo hoy. Bienvenidos al nuevo orden prehistórico.
NarrativaTodos somos conscientes de la innovación cinematográfica que llegó de la mano de Steven Spielberg con su fantástica visión de Jurassic Park. Fue y será siempre un clásico de la pantalla grande, una de esas icónicas películas que, por más de que ya estuviera empezada, vos te sentabas a verla y la devorabas hasta que llegaban los créditos, siendo abrazado por la música del gran compositor John Williams. La disfrutabas como aquel niño de 10 años que la vio por primera vez en el cine con sus padres, asombrándose de la misma manera que Alan Grant al contemplar a aquellos enormes braquiosaurios vivos.
Supongo que lo que sucedió después fue un desenlace lógico que habría llegado tarde o temprano.
La saga continuó durante años y con el tiempo la idea de reproducir genéticamente a estas míticas bestias, con su piel tan de reptil, y algunos de ellos con demasiados dientes afilados, se hizo realidad. El avance tecnológico logró posicionar la ciencia a la par de algo que solo había podido suceder dentro de la mente del escritor Michael Crichton.
Si ellos vieran en lo que se convirtió el mundo hoy.
El cambio fue tan paulatino que nadie se dio cuenta de que el logro científico del milenio, se transformaría en la bomba que nos haría retroceder a épocas donde la naturaleza prevalecía por sobre las urbes humanas.
Nunca sabremos cuál fue la chispa exacta que encendió la mecha. Quizá fue el impulso de querer jugar a ser Dios. O tal vez esa codicia insaciable de acumular éxitos lo que nos cegó. No comprendimos y no razonamos la situación a tiempo, a veces hay cosas con las que es mejor no meterse. Pero supongo que también hubo cierto grado de egoísmo narcisista, una vanidad casi enfermiza que fue nublando el juicio.
Los primeros saurios clonados mediante manipulación genética fueron, no todos esos experimentos fallidos de los que nos enteramos mucho tiempo después, sino los bellos, los que parecían pequeños caniches sin pelo que luego, cuando crecían se volvían tan grandes como un camión. Estos, los herbívoros, fueron el comienzo. Y cuando vieron que esas lindas criaturas, con ojos de tortuga y caminar tranquilo, eran dóciles y amables, pensaron que podían ir a más, que podían controlar algo aún mayor. Continuaron con los carnívoros pequeños y luego los de tamaño más considerable.
El ego también creció en sus corazones y no previeron lo que iba a suceder a continuación. Solo vieron un fin, ignorando las consecuencias.
Se armaron zonas de contención, llamadas “de crecimiento”, con grandes hectáreas para que pudieran correr a su gusto: una especie de reserva natural. Una pseudo libertad.
A veces, el ser humano se embelesa con un logro y lo convierte en un vicio.
Llegado el momento, luego de cinco años de crear a estos seres, uno tras otro, casi de manera industrializada, la sobrepoblación empezó a sentirse y las áreas verdes comenzaron a colapsar. El cuidado de estas criaturas se volvió cada vez más difícil, y la mortandad se elevó. Fue el inicio de la debacle.
El mercado negro se hizo presente, y como siempre, lo extraordinario terminó siendo parte de la mercancía.
Ahora que recuerdo, había varios grupos de gente que se oponían al programa de clonación, y algunos, incluyéndome, pensamos que estaban equivocados, que debían abrazar el avance.
Cómo me hubiera gustado haberles hecho caso. Pero en cuanto aparecieron los gobiernos solicitando su porción en el asunto, quedaron relegados al silencio. Para ellos, solo fue un negocio y un avance militar, una oportunidad de tener una nueva “arma” para someter al resto.
El tiempo borró las líneas de la moralidad y también deterioró el mantenimiento de las vallas de contención de las zonas de crecimiento. Hay teorías de que fueron grupos anti clonación quienes los liberaron. Pero, a ciencia cierta, aún no se sabe si realmente fue la mano del hombre o algún problema técnico no resuelto lo que permitió su escape.
Los primeros avistamientos se dieron en la península ibérica, varias bandadas de pterosaurios surcaron el amanecer español y la gente fue presa del pánico. Algunos creyeron que eran rumores infundados. Luego comenzaron las masacres provocadas por manadas de velociraptores, ataques de tiranosaurios rex, peligrosos mosasaurios surcando las costas en busca de presas indefensas como turistas desprevenidos en sus vacaciones soñadas. Ahí nos dimos cuenta de que las barreras entre humanos y saurios habían caído definitivamente.
Se buscaron soluciones. Algunos propusieron un virus, otros querían algo más radical, como usar armas nucleares. Se demoró tanto que, un día, simplemente dejamos de usar nuestros eficientes vehículos eléctricos por temor a colisionar con un triceratops descarriado en plena avenida. Volvimos a la ya conocida tracción a sangre, a cabalgar hacia el horizonte y entre pastizales como si fuera lo más natural del mundo. Dejamos de viajar en aviones enormes por miedo a que algún saurio volador quedara atrapado en las turbinas, cosa que en un inicio sucedió varias veces, provocando tragedias irreparables.
Y la vida cambió. Las ciudades se redujeron a zonas seguras. La industria se paró y lentamente colapsó.
Cuando todo esto sucedió, la electricidad, nuestra gran compañera, también nos abandonó. Y al final, los que terminamos en una pseudo libertad fuimos nosotros. Reducidos y con miedo, nos encerramos para escapar de nuestro Frankenstein.
Continuamos acá, quizá porque podemos adaptarnos, aunque fue una transición muy compleja y dolorosa, difícil para quien estaba muy adecuado a las tecnologías del siglo 21.
Las balas se volvieron reliquias del pasado, y volvimos a cazar como lo hacían nuestros antepasados. Esta tarea es la más peligrosa, ya que debemos dejar nuestra seguridad y hay que tener mucho entrenamiento y conocimiento del terreno. También creamos granjas y comenzamos a cultivar las pequeñas porciones de tierra que habitábamos.
Nos transformamos en comunidades autoabastecidas, separadas por bloques de edificios y avenidas derrotadas que, en la guerra contra la naturaleza, cayeron presas de pastizales y demás hierbas. Las calles se resquebrajaron dando paso a la vida verde que, habiendo sido desplazada una vez, ahora recuperaba su reino.
Si viste la película Soy Leyenda, lograrás entender cómo son visualmente en la actualidad.

Cuando era chico, me fascinaba leer sobre distopías. Pero vivir realmente en una hace que me replantee mi gusto literario.
También, después de recordar cómo comenzó todo esto, lo que debimos dejar atrás y de intentar acostumbrarnos a convivir con algo más grande que nosotros, surge una pregunta que martillea mi cerebro cada noche cuando me recuesto en el catre: ¿Realmente valió la pena haberlos traído de vuelta a la vida?











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