Dos trenes sueltos en Hollywood: Imparable - Escape en tren (segunda parte)
Reseñas generalesEn la primera parte nos habíamos quedado con Escape en tren (Runaway Train, 1985) de Andrei Konchalovski, la trepidante de aventura de unos reclusos que huyen gracias al poder de una gran máquina. Ahora nos metemos con Imparable (Unstoppable, 2010) de Tony Scott, un especialista en el cine de acción, género en el que incursionó desde diferentes puntos, siempre en una búsqueda de renovarse en intereses temáticos, al mismo tiempo con la capacidad de probar nuevas estéticas, y hasta acoplarse al estilo de los diferentes guionistas con los que trabajó. Uno de ellos fue nada menos que Quentin Tarantino, quien escribió Escape salvaje (True Romance, 1993), el primero de sus escritos llevados a la pantalla grande por otro director, otro caso fue el de Asesinos por naturaleza (Natural Born Killers, 1994) de Oliver Stone, con quien tuvo rencillas por diferencias creativas y por decisiones puntuales tomadas por el realizador de Pelotón (Platoon, 1986).
Tras Rescate del metro 1 2 3 (The Taking of Pelham 123, 2009), la remake de aquella obra maestra de Joseph Sargent, de la cual salió airoso el bueno de Tony, él no dudo en regresar al año siguiente con otra película de trenes. Lo que en un plano superficial sugiere que merodea la misma zona, se disipa cuando en Imparable vemos que la acción pasa por un accionar torpe de dos humanos frente a una máquina construida para no fallar que se mueve hacía delante sin pensar en una finitud de un recorrido. A esa altura, con semejante filmografía, Tony podía permitirse realizar el proyecto que quisiera. Al momento del estreno todavía se desconocía la enfermedad padecida que derivó en la decisión tomada por Scott al quitarse la vida tirándose con su auto desde un puente, un desenlace consecuente con su ideología profesional y estética.

Imparable tiene una premisa muy sencilla y efectiva, una locomotora se lanza sin control a la vía principal de un recorrido por el estado de Pennsylvania como consecuencia de una serie de actos imprudentes por parte de un maquinista. La máquina lleva consigo unos vagones, cuyo contenido son unas sustancias químicas potables de generar un desastre si la locomotora descarrila. La historia tiene la membrana de la clase obrera que recubre una historia de acción sin villanos porque los dos personajes principales son ferroviarios, ambos llamados por el destino a ser los héroes menos pensados, de una situación todavía menos pensada. Uno de ellos es un maquinista novato, Will Colson (Chris Pine), con pocos meses en el puesto y con una crisis marital intensa que incluye una orden de restricción contra él. El otro es un laborioso de casi 30 años de experiencia llamado Frank Barnes (Denzel Washington), algo enojado por la política actual de la empresa de despedir a los trabajadores con más antigüedad para darle esos empleos a los más jóvenes, lo que amplifica la tensión entre ambos es que el joven es un “nepo baby” (lo que se conoce como hijo de un famoso del medio) del sector con varios contactos, convirtiéndolo en un blanco para el “viejo” durante esa jornada que los reúne circunstancialmente en una cabina de una locomotora.
De la misma forma en que el accidente escala a un potencial desastre con el tren sin control a máxima potencia, también hay un intento de Frank por acercarse a Will ya sin el cliché del experimentado que atormenta al nuevo. Es ahí cuando se desenfunda la situación matrimonial de Will, atravesada por una demanda judicial contra él. Como sucede en muchas historias, él deberá resolver el problema impensado que se le presenta para poder solucionar su conflicto personal. Es, sin dudas, el protagonista porque también la película lo presenta para ubicar un punto de vista de su personaje, el cual luego se cruza con Frank, quien no tiene la densidad conflictiva de Will, solo conocemos de él que tiene dos hijas jóvenes, y que con una de ellas está peleado por un pequeño olvido, algo menor en comparación a la situación de su compañero del día.

En Sully: Hazaña en el Hudson (Sully, 2016) de Clint Eastwood -quizá la mejor del período de biografías que filmó Clint Eastwood- el protagonista era un piloto que amerizó en el rio Hudson después de que su avión expusiera fallas en dos turbinas, cuando abordo iban 155 pasajeros, los cuales todos salieron ilesos. No obstante, la compañía aérea le abrió un sumario por considerar que su criterio estuvo equivocado y que podría haber optado por dirigir la nave hacia un par de aeropuertos cercanos sin tener que recurrir al amerizaje. La tesis de la empresa se basaba en el cálculo de probabilidades extraído de una serie de simulaciones por computadora cargada con las variables del incidente. El gran drama de Sully estaba en señalar la carga de la culpa, a pesar de la acción heroica de salvar a todas las almas del avión, porque la duda inoculada estaba puesta en un piloto experimentado, al borde del retiro. Más allá del subtexto posible que pueda interpretarse, la revelación para romper la cuerda tirada por la compañía y la decisión tomada por Sully se da cuando el factor humano surge a modo de revelación, una variable intangible e inmedible, pero fundamental. Es decir, las simulaciones no contemplaban que la situación presentada por la que los dos pilotos debieron tomar una decisión era lisa y llanamente extraordinaria, la cual requería tomar una decisión rápida en cuestión de segundos. Mientras que en el simulador los pilotos ya sabían lo que había sucedido, motivo por el cual la presión era inexistente y por ende la capacidad de respuesta era otra, completamente ajena a la vivida por Sully y su copiloto.
¿Introduje un pequeño texto de Sully: Hazaña en el Hudson en el medio de dos películas de trenes? Es muy probable, de todos modos lo importante está en la idea del factor humano frente a la inmensidad, las cualidades y la importancia de las máquinas. Mucho más en estos tiempos donde todo parece querer destinarse a la voluntad de lo artificial. En Imparable el conflicto se desata por una falla humana y se resuelve de la misma manera, por la intervención de dos hombres de carne y hueso. Frank y Will son dos maquinistas en los extremos, uno casi jubilado y el otro recién empezado en el gremio, ambos están desgarrados y más allá de que tienen mucho por perder deciden encaminarse en una misión suicida que nadie les pidió, al contrario, que la propia empresa les ordenó que desistieran de ir tras el tren sin control. Ahí entran un vicepresidente inoperante (el maravilloso Kevin Dunn) y una jefa de tránsito (Rosario Dawson), heroína a su modo desde un escritorio, pero con la inteligencia suficiente para guiar a estos dos salvadores accidentales.
Tanto en la desesperación de dos presos por escapar como en la de dos hombres destinados a un día normal, la misma máquina puede ser el vehículo hacía la salvación o hacía al desastre. En ambas películas nada podría movilizarse sin la mano del hombre, un concepto todavía lejano de erradicar en la carrera por otorgarle todos los mandos a la inteligencia artificial. Mientras tanto podés tomar la decisión de descubrir estas películas, reverlas o dejarlas pasar…depende de vos.
















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